En tiempos de decadencia de las grandes narrativas políticas, las elecciones se ganan cada vez más entendiendo y gestionando las emociones de la ciudadanía. Por lo general, esos sentimientos no suelen ser socialmente homogéneos. En ese sentido, la actual campaña electoral parece estar asumiendo hipótesis sobre el malestar social basadas casi exclusivamente en las percepciones de las clases medias tradicionales y de las elites mediáticas y partidarias, desatendiendo e ignorando los sentimientos y preocupaciones de los mayoritarios segmentos populares.
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Si la referencia fueran las conversaciones de los políticos, los comentaristas televisivos y buena parte de las redes sociales, el tema central de la campaña electoral parecería ser la crisis económica, traducida mecánicamente a preguntas sobre el inevitable ajuste, el precio futuro del dólar o el grado de radicalidad en la reducción del Estado. El propio oficialismo arcista ha decidido construir su principal argumento en torno a esa misma agenda, asumiéndose como el único que puede evitar el retorno del neoliberalismo.
Ese es un punto a favor de la derecha considerando que, en política, la fuerza que logra definir el contenido de la agenda principal sobre la que se construyen las conversaciones y decisiones públicas suele tener mayores ventajas y oportunidades estratégicas. Habrá que ver si en las siguientes semanas, emergen otras narrativas que cuestionen esta situación.
Lo interesante es que esta preponderancia tiende a privilegiar los sentimientos de insatisfacción, molestia, casi existencial, y pesimismo que caracterizan a buena parte de las clases medias tradicionales desde hace más de un decenio. Son una expresión natural y casi automática de su anti-masismo y su angustia frente al rumbo que el país decidió asumir desde el 2006.
Desde esa perspectiva, la actual crisis es solo la confirmación de que siempre tuvieron la razón en su rechazo a casi todos los cambios que Bolivia está experimentando desde hace quince años. De ahí, el fuerte talante reaccionario de sus emociones coyunturales y su apoyo entusiasta a los candidatos que les ratifican en su convicción que esos años fueron un paréntesis molestoso y que ahora se puede volver a algún lugar allá por la década de los 90 del anterior siglo donde todos éramos felices sin saberlo.
El problema es que no se puede negar o intentar aminorar el cambio social que se ha producido en el país, para bien y para mal, en este primer cuarto de nuevo siglo. Aún más, considerando que una gran mayoría de la población tuvo y tiene percepciones y experiencias de vida diferentes frente a ese proceso histórico.
Es evidente, por ejemplo, que millones mejoraron sus condiciones de vida, sintieron que progresaron y apoyaron intensamente muchas de las propuestas políticas que se ejecutaron en esos años. En algún momento, dos tercios de los bolivianos y bolivianas le dieron su confianza a Evo Morales. Esa gente no ha desaparecido, sigue ahí, tiene sus opiniones y argumentos, igual que el tercio que siempre fue crítico.
Eso no quiere decir que no haya malestares en esa población o que no sientan que la crisis económica les está afectando. Tampoco eso implica que sean rehenes electorales del MAS, la gran mayoría ha tomado sus distancias de ese partido desde hace años, es escéptica sobre sus dirigencias y se mantiene en la expectativa.
Sospecho que muchos de ellos no comulgan con discursos que solo prometen el ajuste, la revancha y el retorno a un pasado, que no conocen o que tampoco les fue satisfactorio. Tampoco consideran que todo en el país es un desastre y qué somos una colección de fracasos, porque ellos consiguieron avanzar en estos años, vieron a sus hijos desarrollarse y siguen laburando para construir una sociedad mejor incluso frente a las adversidades.
La sociedad boliviana, en sus segmentos populares, no es un mundo decadente. Al contrario, su rasgo sigue siendo la presencia de fuertes expectativas por mayor movilidad social, lo dicen varias encuestas desde hace años. Por tanto, las pulsiones reaccionarias y los discursos apocalípticos no les hacen mucho sentido.
Por eso, no adhieren masivamente a las fuerzas políticas que solo proponen el retorno al pasado o el desconocimiento de su rol protagónico en las políticas y la vida social y económica. Por eso, hay tanta indecisión, volatilidad y poco entusiasmo por los candidatos del oficialismo y de las oposiciones que expresan en el primer caso la inoperancia y falta de liderazgo, y en el otro la desconexión con sus sentimientos y cultura.
A unas pocas semanas de la inscripción de candidaturas, el escenario político-electoral se está configurando con una gran anomalía: la incapacidad de la oferta política para responder adecuadamente a las expectativas de las mayorías populares que habitan las grandes conurbaciones urbanas, las ciudades intermedias y los territorios rurales. Ante la descomposición del masismo, el desastre gubernamental y una derecha que ofrece más de lo mismo, ese es el electorado que espera y que aún no ha dicho su última palabra.
(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social















































































