Aún faltan varios actos a la obra, el proceso electoral recién se inicia. Pero su primera parte está acabando crepuscularmente. Algunos actores han insistido en llegar a su previsible destino y otros andan por ahí esperando que la diosa fortuna les sea benigna. Sin embargo, el sentido del drama ya no tiene misterios, estamos ante la implosión estructural del sistema de partidos y la enésima demostración que las dirigencias políticas han perdido su alma y divagan confundidas en el escenario.
El rápido recuento de daños, heridos y muertos políticos a la hora en que escribo esta columna no es sinceramente demasiada novedosa. Muchas de las cosas bizarras que estamos viendo en estos agitados días ya habían sido descritas desde, al menos, mediados del anterior año. Quizás faltaban los detalles barrocos y exhibicionistas que estamos observando en estas jornadas, pero grosso modo los desenlaces se intuían.
En la destructiva pelea interna del bloque masista, era evidente que el mayor problema de Luis Arce nunca fue Evo Morales, sino la incompetencia, autoritarismo y escasa transparencia de su gobierno, reflejados en una economía abandonada a su suerte, una mórbida negación de los problemas y el consiguiente colapso de su aprobación. Arce era ya un zombie ambulante a fines del año pasado, solo que no parecía darse cuenta.
Su gran contrincante, Evo Morales, tampoco fue capaz de entender todas las señales que indicaban que su fortuna política estaba en horas bajas, que el poder y la suerte lo estaban abandonando. Hasta ahora, me sorprende el nivel de ceguera e ingenuidad de semejante líder que fue incapaz de comprender que debido a los cambios en la correlación de fuerzas institucionales y políticas estaba contra la pared desde el año pasado.
En claro, era casi imposible que lo habilitaran y después que permitieran que tuviera un partido, porque hay, en este momento, demasiados factores que no iban a permitirlo. Ahí, el problema no es si eso era justo o injusto, legal o ilegal o si él es el candidato con mayor intención de voto, sino que en el balance de poder estaba en franca desventaja. Evo podía enviar a mil abogados a explicar sus razones y a decir que ellos tenían la verdad, no iba a servir de nada. Eso está pasando y el hombre llega sin plan alternativo, es decir, en malas condiciones al momento culmen del primer acto.
Casi de igual modo, en el frente opositor, desde hace dos años, se insistía que su rueda de Sísifo era su fragmentación y particularmente su incapacidad casi congénita de vincularse con el país popular y plebeyo que emergió en estos decenios. Al final, van cuatro o cinco candidatos por el sector, todos buscando ser el mejor antimasista y para rematar con binomios presidenciales endogámicos y autorreferentes.
Mucho Duran Barba y otros brujos para acabar en una repetición conceptual del binomio Tuto con María René Duchen de 2005, solo que esa vez estaba de moda hacer rupturismo marketinero con una periodista de élite como vicepresidenta y ahora con un empresario tecnológico. Está bien buscar la juventud y la antipolítica, para maquillar la vieja política noventera, pero al menos habría que tomarse el tiempo de leer algo sobre la nueva sociología del país, ayudaría a ser más eficaz.
Parecido en el otro frente, y conste que no tengo nada contra la presencia de tecnócratas o empresarios en la política que pueden tener méritos profesionales o habilidades valorables. El problema es que nadie los conoce, para empezar. Es decir, son decisiones que puede que no aporten a mejorar el desempeño electoral de sus fuerzas y que además pueden resultar un problema en un futuro gobierno que no solo deberá equilibrar la economía, sino construir poder político y consenso ciudadano para hacerlo viable. Francamente, no creo que el principal problema de gobernabilidad sea el “estado digital” o la motivación de los jóvenes.
En resumen, aunque quizás esos personajes demuestren en los próximos meses sus virtudes políticas y nos sorprendan, esas decisiones, por lo pronto, nos revelan cierta frivolidad y desconexión social de las dirigencias opositoras.
Y todo ese baile de máscaras y conspiraciones de medio pelo en medio de una crisis económicos que se sigue exacerbando y de una sociedad que en su gran mayoría no parece muy entusiasta con el fantasmagórico espectáculo.
Esto me lleva, finalmente, a validar que el problema es estructural: tenemos un grave problema de oferta política y de capacidad dirigencial. Esa colección impresionante de cegueras, frivolidades y ocurrencias muestra la debilidad de las estructuras partidarias y de representación. Llenar ese vacío de alguna manera, reconstruyendo poder y autoridad democrática serán también grandes temas de la elección, no se equivoquen. Por lo pronto, parecemos condenados lamentablemente a la fragmentación electoral y quizás a la ingobernabilidad, nos vamos acercando al escenario peruano, salvo una gran sorpresa.





















































































