La semana que acaba de terminar fue intensa en el espectro político boliviano. La inscripción de las candidaturas para las próximas elecciones presidenciales/parlamentarias fue la razón para este remolino mediático y político. Uno de los hechos más significativo fue la renuncia del actual mandatario, Luis Arce Catacora, a una nueva postulación presidencial arguyendo por la “unidad del bloque popular”, para evitar que la “derecha fascista” gane las elecciones. Obviamente, esta decisión fue orientada por su escasa expectativa electoral reflejaba en las distintas encuestas difundidas.
Después de idas y venidas que se reflejaban en sendas manifestaciones de allegados arcistas en la histórica plaza Murillo, que le coreaban que decline su decisión de no presentarse a una reelección. Desde el balcón viejo del Palacio Quemado, Arce, al día siguiente de su declinación, tenía un un baño de popularidad que le tentaba retroceder en su decisión. Esa vacilación se alimentaba con sendos comunicados de los actuales dirigentes del Movimiento Al Socialismo (MAS) y de un fragmento del Pacto de Unidad articulado a ala arcista. Finalmente, ratificó su declinación electoral.
Resulta que después del anuncio de Arce, removió las entrañas internas de aquellos sectores sociales vinculados al actual presidente que no vislumbraron en un primer momento ninguna alternativa viable, aunque, posteriormente, al no encontrar eco en Andrónico Rodríguez para aceptar la candidatura oficialista, eligieron al ministro de Gobierno, Eduardo Castillo, para la disputa presidencial por el MAS.
La reyerta fratricida en el MAS provocó que los principales actores se vean afectados. El nudo gordiano de esa disputa se centraba en quedarse con la sigla. Los arcistas, según los evistas, le arrebataron la sigla, y, obviamente, se presumía que el voto duro, casi, por efecto automático, pasaría al ganador de la pelea interna. Pero, a esta altura, esos cálculos previos no tienen el mayor sentido.
En la lógica de la suma cero, o sea, en esa apuesta al juego de eliminarse mutuamente que ambos perdieron. Por un lado, arcistas con escasa posibilidad electoral y evistas sin tener partido político por el cual inscribirse. Además, Evo Morales fue inhabilitado para postularse a la Presidencia de Bolivia. Hay un riesgo inminente de la pérdida de la personería jurídica de la sigla del MAS.
Esa pelea interna afectó inclusive a la propia imagen partidaria del MAS que hoy se la asocia, por ejemplo, con la crisis económica en curso. Si nos atenemos a las encuestas, si el actual presidente volvería a postularse había el riesgo que la sigla del MAS legalmente desaparecería, pero, el riesgo persiste con la candidatura de Del Castillo, que, además, es el rostro represivo del gobierno de Arce. La normativa electoral establece mínimo el 3% en las elecciones para salvar la sigla.
Esa sigla que cobijó legalmente a la movilización social surgida en el ciclo de protestas de inicios del siglo XXI para arribar al poder que se condensaba en esa frase “No somos del MAS, el MAS es nuestro” que acompañó al bloque nacional-popular hoy existe un riesgo legal de evaporarse del espectro electoral.
Quizás, esa posibilidad sea una de las consecuencias de esa pelea sin cuartel sostenida a lo largo de tres años entre los partidarios del actual presidente Arce y los correligionarios del exmandatario Morales. O sea: esa querella interna en el MAS se asemeja a una trama/drama griego donde los personajes guiados por un empecinamiento y una ceguera están condenando al MAS (y a su sigla) a la hecatombe política.
*Es sociólogo.





















































































