Una vez que finaliza la dura y despiadada guerra militar usando un ejército avanzado, tanques, aviones, bombarderos, cohetes, drones, hambre, sed, asedio, enfermedades y desplazamiento forzoso y causando miles de víctimas, comienza “la guerra de poder blando”, una guerra sin manifestaciones, más tranquila y más peligrosa que se mueve sigilosa como la brisa y deja huellas como un huracán.
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¿Cuál es el poder blando que se ha convertido hoy día en la contraseña de la política internacional? El norteamericano Joseph Nye, que ocupó altos cargos en la administración Clinton, en 1990 estableció el concepto (que influyó en la era Obama), lo presentó como la capacidad de “hacer que los demás quieran lo que tú quieres” a través de herramientas no militares, como son la cultura, el cine, la educación, los medios de comunicación, la economía, valores e incluso la gastronomía. Es el poder que no te asusta, sino que te tienta; no te obliga, te convence; no viene con un látigo, viene con una rosa. Con un cambio del patrón de intervención militar a una estrategia más sutil como es la influencia desde dentro, ya no es necesario cambiar un sistema por la fuerza, basta con cambiar la sociedad misma para que ésta demande el cambio. La gente debe aceptar lo que el imperio quiere, sin sentir que se lo ha impuesto. En otras palabras, poner a la gente de tu lado, que la gente te quiera y te siga.
El poder blando no cambia el comportamiento directamente, sino que cambia el “entorno en el que se desarrolla el comportamiento”. Actúa bajo la piel de la sociedad, remodelando su estructura cognitiva, su identidad cultural y su sistema de valores. Las encuestas, los resultados electorales y los estudios psicológicos se han convertido en herramientas para medir su éxito, aunque medirlos, como dice Nye, sigue siendo difícil porque su impacto es intangible y depende de las percepciones de otros.
El poder blando por sí solo no es suficiente, pero es necesario. Debido a que las sociedades no pueden separarse fácilmente de su cultura, es una batalla psicológica a largo plazo y sólo tiene éxito cuando se basa en una comunidad cultural común entre el perpetrador y la víctima.
Si el poder inteligente es la combinación de dureza y suavidad, una vez realizada la primera fase (fase dura) debe seguir con la segunda (fase blanda) para dominar el escenario. Quien no entiende que una canción puede derrocar a un gobernante y que una idea puede desencadenar una revolución, vive en un mundo que ya no existe.
La guerra del poder blando no es una guerra dormida; es ruidosa sin ser ruido, atractiva sin ser forzada. Cuando sus herramientas son el arte, el teatro, la educación y la diplomacia, sus victorias no se miden por el número de muertos, sino por el número de mentes cambiadas, incluso creyendo que la elección ha sido por voluntad propia. ¿Quién nos liberará de la suavidad que nos puede matar en silencio?
(*) Mahmoud Elalwani es embajador del Estado de Palestina en Bolivia














































































