Era la primavera de 1985. Un grupo de bolivianos visitaba la renombrada universidad de Harvard para participar de un seminario sobre hiperinflación expuesto por el profesor Jeffrey Sachs. Meses más tarde, Sachs viajaría a La Paz para formar parte del equipo que diseñó un plan de ajuste económico conocido como 21060.
Con voz quebradiza y mirada perdida, el presidente Víctor Paz Estenssoro promulgaba un 29 de agosto de 1985 este decreto, advirtiendo a sus congéneres que Bolivia se moría y era preciso no eludir ningún recurso para evitarlo. Estas palabras calaron en lo profundo de nuestra historia, no tanto por lo conmovedoras, sino por marcar, años más tarde, el inicio de una serie de políticas privatizadoras, de desregulación de mercados y achicamiento del Estado, que golpearon con dureza a los sectores más vulnerables, quienes recordaron las frases de Paz Estensoro sin ser consciente que terminarían pagando el costo de los ajustes.
Desde entonces, han pasado 480 meses para que otro grupo de bolivianos vuelva a tocar las puertas de esa universidad en busca de respuestas. Esta vez, la comitiva estuvo nutrida por candidatos presidenciales, empresarios, líderes de opinión y uno que otro rostro indígena para cuidar las apariencias. La crema inmaculada de la sociedad boliviana reunida en Boston para definir el futuro del país. ¿El objetivo? Diagnosticar los desafíos económicos y proponer políticas para un desarrollo inclusivo.
El cónclave neoliberal estuvo repleto de elogios mutuos, principalmente al anfitrión y arquitecto de la unidad nacional, quien gentilmente había costeado los pasajes y estadía para un seminario que prometía mucho. El evento comenzó con una descarga de desahogos y condenas en contra de los gobiernos socialistas culpables de la situación actual. El vitoreo por el agotamiento del modelo económico no se hizo esperar. Varios recordaron que el paraíso neoliberal se había construido con esmero dos décadas atrás y que fue destrozado por culpa de unos indignos y analfabetos que llegaron al poder casi por casualidad hace cerca de 20 años. Pero era hora de recuperar la patria.
El retumbar de los aplausos hizo temblar la fina cristalería que venía incluida como parte de un suculento almuerzo preparado para la hora de la comida. La unidad parecía renacer a pesar de las fallidas encuestas. Desde el centro del escenario, el filantrópico anfitrión recordaba a sus invitados que, por encima de sus diferencias individuales, tienen un enemigo común.
No fue sino hasta que comenzó la ronda de oradores que los bien atendidos huéspedes recordaron sus enemistades. Sonrisas partidas, seños fruncidos y miradas retorcidas, cada uno a su turno trató de mostrar ante los ojos de los demás por qué fueron escogidos. Al final de las tertulias quedó un común denominador: 1) ninguno de los que había asistido sabía con exactitud cómo salir de la crisis, 2) la salida implicaría un grave costo social y 3) quien gane las elecciones tendrá que negociar con las huestes masistas y grupos corporativos para garantizar gobernabilidad. En resumen, para algunos de los asistentes, ¡estamos jodidos!
La sensación a fracaso comenzó a recorrer las venas de los espectadores y comenzaron a hilvanar el motivo real de su visita y cómo justificarlo. Para unos, éste era un acto puramente académico, a pesar de que la mayoría de los asistentes no lo fueran. Otros trataron de autocomplacerse como la oportunidad de hacer amigos y, ¿por qué no?, pensar en futuros aliados. Otros se contentaron con el “don del aprendizaje de pasillos”, que era la mejor manera de entablar negociaciones. También hubo quienes aprobaron su estancia convencidos de ¿a quién no le viene bien un viaje todo pagado? ¡Que levante la mano!
Lo desdeñable de esta convocatoria no es su carácter excluyente para quienes se sienten ricos o famosos con capacidad de influir sobre los no adinerados e invisibles de la sociedad boliviana, sino de lo baratero que puede llegar a ser la política boliviana de ponerse a disposición de un millonario a cambio de unos cuantos dólares, de dejarse deslumbrar por el dinero ajeno y la poca claridad de sus ideas.
El proyecto Bolivia 360 es, en realidad, Harvard 480. Es el intento de retorno del neoliberalismo a la Bolivia. Ésta es la forma tradicional de cómo el imperio organiza a la oposición local que es incapaz de aliarse por sí sola; les financia campañas y hasta encuestas para participar de justas electorales escondidos a través de rostros bolivianos. Su verdadero propósito va más allá del interés de formar un movimiento al neoliberalismo (MAN), es apropiarse de los recursos naturales, así como lo hacen con Ucrania.
De vuelta al salón. En la mente de los comensales comenzaba a tejerse muchas intrigas, pues “ninguno mostraba la capacidad de resolver la crisis”. Hubo incluso quienes abandonaron prematuramente demostrando falta de unidad. El anfitrión atestiguaba con rostro taciturno y desanimado lo que sucedía. Tomó un sorbo de vino importado mientras meditaba los siguientes pasos. Esta historia continuará…
Omar Rilver Velasco
es habitante del Kollasuyo, Yatiri económico y promotor del Vivir Bien

















































































