La izquierda popular boliviana está frente a dos grandes tentaciones: sumergirse en una tristeza melancólica sobre lo que no pudo ser que la paralice durablemente u optar por un incierto boicot electoral que acabe en su autoexclusión del juego político institucional. En ambos casos, le estaría haciendo un flavo favor a sus votantes y estaría mostrando la deriva de sus dirigencias, enceguecidas por la vanidad y la desconexión con la realidad.
En medio de los escombros, emerge el fatalismo, la parálisis y la falta de voluntad, el tiempo de los reproches más que de la acción, la búsqueda de los culpables, el vicio de buscar las razones metafísicas del fracaso y la búsqueda de refundaciones idealizadas.
Parte de la izquierda parece encerrarse en una melancolía paralizante, sin saber como procesar sus derrotas, encerrada en el lamento por el tiempo pasado, con poca capacidad para aprender de sus errores y reivindicar sus logros. Está dejando de hacer política y se dedica a comentar y quejarse sobre una coyuntura que le desagrada. Eso quizás es lo más fácil.
Al mismo tiempo, en otra parte de la casa quemada emerge la pulsión suicida de autoexcluirse del proceso electoral, llamando a un boicot de las urnas, apostando a su deslegitimación. Se trata de promover, ya no solo sufrir, el peor escenario porque así el retorno al poder sería más expedito. Por tanto, mejor si las fuerzas de derecha consiguen todo el poder en agosto, así se acelera el ajuste y la revuelta popular se vuelve la única opción para las mayorías. Esa es la idea.
La historia ha mostrado ampliamente que ninguna de esas dos vías lleva a buen puerto. Durante casi dos decenios, entre 1980 y 2000, la izquierda fue un espacio fragmentado, de egoísmos personales y partidarios, de radicalismo sectarios y oportunismos cuando el poder les daba algunas dadivas, de desconexión con las mayorías, mucha charla y poca acción.
Por eso el MAS-IPSP fue una gran innovación, porque le aportó a la izquierda un poderoso aparato institucional para hacer política, que articulaba múltiples dimensiones, que podía contener a todas sus expresiones, que era al mismo tiempo una criatura con una potente ideología práctica pero también con un pragmatismo y una voluntad de poder que movían montañas. Eso es lo que dinamitaron Arce y Morales en estos años.
En el otro frente, paradójicamente, Evo Morales parece estar a punto de remedar la fallida estrategia de la oposición venezolana que a fuerza de boicotear casi todas las elecciones desde 2005, acabó regalándole grandes victorias y mayorías parlamentarias artificiales al chavismo que le permitieron gobernar sin ningún contrapeso. Cuando esas fuerzas participaron, pese al radicalismo de algunos de sus dirigentes, consiguieron incluso ganar las elecciones parlamentarias de 2015.
Durante esos años, las razones de los radicales eran siempre las mismas: ¿porqué participar en un proceso sin condiciones? ¿para qué “legitimar” un régimen que aborrecían? Sin entrar en la validez de esas razones, acabaron aislados, sin mecanismos para incidir, fuera del juego institucional. Su premisa de que una baja participación debilitaría al ganador de esos comicios, nunca se cumplió, la institucionalidad funcionó, las autoridades electas asumieron, las mayorías amplificadas por la abstención de más de un tercio de los votantes se instalaron y el chavismo amplificó su poder.
Esa experiencia tampoco es única, la literatura de ciencia política dice que esas estrategias son ineficaces. En un estudio exhaustivo realizado por Matthew Frankel en 2010, en el cual se analizaron 171 boicots entre 1990 y 2009, se encontró que solo el 4% tuvieron algún resultado. Al contrario, muchas veces fortalecieron a los regímenes que buscaban deslegitimar, desmotivaron y desmovilizaron a sus adherentes y no pudieron generar cambios. Al punto, que varios años después, tuvieron que retornar a estrategias de participación y negociación, pero en peores condiciones.
Así pues, la apuesta por la deslegitimación de los comicios y del siguiente gobierno, es muy incierta y podría seguir debilitando a los sectores afines al ex presidente. Precisemos que este razonamiento no implica negar la injusticia que implica su exclusión del proceso mediante manipulaciones judiciales. Las dudas son de naturaleza estratégica, se refieren a qué hacer frente a un escenario hostil, no a negarlo o subestimarlo.
Se ha dicho hasta el cansancio que la lógica de la confrontación al interior del MAS-IPSP era autodestructiva. Basta ver el actual escenario para darse cuenta de que no era una exageración. Lo terrible es que las dirigencias partidarias, intelectuales y sociales de las facciones masistas no asuman esa realidad en toda su intensidad, que sigan jugando a la piromanía, atacándose sañudamente entre sí o se paralicen quejándose del mal momento que les está tocando enfrentar.
Al final, la verdad, el destino de esas dirigencias importa un rábano, eso sí, tendrán que asumir en algún momento su irresponsabilidad histórica. Lo triste es su olvido de los millones de hombres y mujeres que creyeron en ellos, que los acompañaron impulsando un cambio sustantivo y que se merecen algo mejor que el triste espectáculo actual. Sin embargo, nunca es tarde, hay que seguir adelante, no es el momento de retirarse del campo.
*Es investigador social.





















































































