¡Bolivianos! el hado propicio, coronó nuestros votos y anhelo, es ya libre, ya libre este suelo, ya cesó su servil condición. Ésta es la primera estrofa del Himno Nacional, escrito por José Ignacio de Sanjinés y Leopoldo Benedetto Vincenti que simboliza el amor profundo de nuestros antepasados por la construcción de un nuevo Estado boliviano. ¿Cuántos de nosotros no lo hemos cantado a viva voz y por cientos de veces?
La primera estrofa es una convocatoria a todos los bolivianos, sin distinción de clases sociales, regiones o color de piel, para que sean testigos de lo que estaba a punto de suceder: el nacimiento de la joven república de Bolivia. Esta frase le dice al mundo que Bolivia ha dejado de ser un territorio oprimido y se ha liberado del yugo español. El hado propicio es una prosopopeya sobre el destino benigno que al cual nos dirigimos. A una semana del aniversario del Bicentenario de su fundación, quiero dedicarle esta columna para rendirle un justo homenaje a nuestra amada Bolivia.
A pocos días de celebrar su Bicentenario, Bolivia se encuentra en una encrucijada histórica. Lo que debiera ser un tiempo de conmemoración y festejos, se ha ensombrecido por una marcada polarización político-electoral, conflictividad social y una crisis económica que golpea con fuerza nuestro sentimiento nacionalista.
Nuestro país, que hace 200 años proclamó su independencia al unísono, hoy parece más dividido que nunca, no solo en sus sindéresis de lo que cada uno entiende como construcción de Estado, sino en su sentido de adherencia y sueños compartidos. La razón se debe a que la proclama de la independencia no provino de las entrañas del pueblo profundo, sino por unas élites locales que tomar el poder y a nombre de la libertad reprodujeron el mismo modelo colonial por otros 180 años más. Los 200 años no fueron suficientes para construir un sentido de nación unificado.
Sin embargo, a pesar de los desencuentros, Bolivia ha logrado avances sociales innegables: se ha ampliado el acceso a la educación, se ha fortalecido la participación política de las mujeres e indígenas, y se ha reconocido la diversidad cultural como fundamento del Estado. Son conquistas que costaron generaciones de lucha y que hoy están en riesgo de desmoronarse por la intolerancia y los extremismos.
La desconfianza ha reemplazado al diálogo y el interés partidario ha desplazado al interés común. Mientras no recuperemos el verdadero espíritu de la patria, no lograremos encaminar un proceso de desarrollo inclusivo y duradero.
Hoy, más que nunca, necesitamos retomar el camino de la unidad, no como consigna partidaria, sino como forma de convivencia entre diferentes. Dejemos de reeditar viejos conflictos pasados. Superar las barreras del racismo, el centralismo y la exclusión histórica requiere una nueva visión de nación: una Bolivia donde lo diverso no sea motivo de insulto, sino de orgullo nacional compartido.
El Bicentenario es una oportunidad para redimirnos de nuestras mirarnos con honestidad y tender puentes. Los legítimos llamados a la unidad no van a venir desde las élites políticas y las autoridades de turno, sino desde la propia población organizada y comprometida. La historia nos interpela, ¿queremos seguir repitiendo ciclos de división y polarización o estamos preparados para fundar una nueva etapa de construcción nacional?
Que este Bicentenario no sea solo una fecha simbólica, sino el punto de partida para una nación unificada y cohesionada, que reconozca que sus mayores riquezas no están en sus recursos naturales, sino en la dignidad, resiliencia y diversidad de su gente. Bolivia puede y debe renacer de la mano de su pueblo. Y depende de cada uno de nosotros que ese renacimiento sea justo, inclusivo y verdaderamente duradero.
















































































