Los ángeles caídos son huérfanos, despreciados, desterrados, desairados. Son huérfanos de palabra y también de piel. Desgraciados, desastrados. Como ellos, tantos otros, tantos huérfanos de toda pertenencia, de toda protección. Tantos, exilados de su propio cuerpo y de sus ideas y de sus almas. Exilados de sus cotidianas cosas, de sus deseados abrazos en las mañanas de niebla y en las del silbar de las calderas, en los finales del día, parecidos siempre a la hora del Cristo, cinematográfica, explotada, una postal con eficiencia. Tantas gentes que, habiendo llegado al estado de orfandad, fueron despojadas, además, de sus esperanzas y de su identidad hecha de cosas, de cantos, de tejidos, de figuras geométricas, de simbologías, sean o no legítimas o únicas o recreadas de otras mentes, de otras tierras, de otros ríos profundos, de otras realidades de humo o de platino en bruto, o de cadmio o de oro. Tantas gentes con las manos a medio extender, con el paso en falso, con la maleta miserable, lista, en las puertas abiertas hacia la nada. Tantas gentes repitiendo, desde su escueto medio metro de tierra prometida, que donde se ve cuatro dedos, “veo cinco, patrón; veo cinco, amo; veo cinco, papá; veo cinco”. Tanta gente despojada de lo que aquí primero se pierde, la esperanza, y librada a su suerte que no es suerte, sino con suerte una suerte de zombismo en busca del tiempo perdido. Tanta gente sin norte, ni sur ni cardinalidad alguna, porque fue primero el objeto del discurso, luego bulto, más tarde, estorbo y, finalmente, orfandad.
Así, ahora, el huérfano debe pelear por su raíz, porque también le ha sido arrebatada, para todo uso, decorativo, discursivo, concursable, premiable, comestible, fusionable, exportable, canjeable. No le pertenece el viento, sino el polvo que levanta, no el agua ni las ruinas ni la cosmovisión antigua, hoy, una suma de menjunjes para toda clase de sanaciones para enfermedades inventadas. Los huérfanos deambulan, se chocan, ofrecen sus huesos en medio de toda clase de empanadas subidas de precio y de tono; ofrecen una mandarina, un huevo de codorniz, otra costilla, tres caramelos desiguales. Se ofrecen, también, para todo uso. Eso también les ha sido arrebatado con el nombre de trabajo digno, trabajo generado, inserción laboral masiva. Y hubieran querido mojar los pies en el mar, en las playas de agua sucia y contaminada, y desconocida, hubieran querido poner unos puestos de ceviches con salchicha en las inmediaciones de las olas que acompasadas revientan haciendo un patrón obstinado, hace unos 200 millones de años, desde antes de la irrupción de humanos en los alrededores. Pero no. Cuando, además de las raíces, se arrebatan las ilusiones, el vacío se hace más profundo. O el abismo, o la sensación del vértigo.
Se podría recurrir a varias ucronías para aminorar los duelos, variados y duraderos. Hablar de, por ejemplo, de que en verdad no hubo abandono alguno, que hubo otra clase de violencias hacia las figuras paternales. Que las aguas saladas están esperando, en una pausa nada más. Que hay mejores y más grandes edificios, que no arden ni la flora ni la fauna, que hay pensadores que piensan y que todo lo que brilla es un maravilloso logro del amo, para el esclavo. Como si se mostrara un paisaje miserable, maquillado para Instagram. Pero no. Los huérfanos, una multitud de seres, humanos y mejores que lo humano, deambulan como flotando, en busca de un mundo feliz.
(*) Óscar García es compositor y escritor















































































