A una semana del día de votación, la principal conclusión es que estamos en un proceso electoral totalmente atípico, con algunas pocas certezas y varias incertidumbres de fuste. Las encuestas esclarecen poco sobre el desenlace, las campañas no parecen motivar demasiado y es perceptible un sentimiento de cansancio y duda en parte importante de la población frente a este panorama.
Puntos más o menos, el escenario descrito por las encuestas ha realmente variado muy poco desde mayo como si las campañas y todos los tejes y menejes de la dirigencia sirvieran de muy poco. Salvo la reducción de unos cinco puntos de intención de voto de Andrónico que en gran medida alimentaron el porcentaje de los que no revelan su decisión o dicen que votaran en blanco o nulo, no hay otras tendencias claras de cambio.
Lo que realmente debería llamar la atención es la persistencia de casi un tercio de entrevistados que no revelen una preferencia electoral positiva, fenómeno que se adiciona además a niveles elevados y atípicos de rechazo a todas las encuestas como lo revelan los documentos técnicos que el TSE está publicando. Ese dato es demasiado elevado a estas alturas del partido, introduciendo un signo de interrogación sobre lo que puede pasar el 17 de agosto.
Para rematar, hay que precisar que realmente nadie sabe demasiado sobre ese enorme bolsón de votantes salvo que, por su perfil sociológico y de lugar de residencia, serían mayoritariamente exelectores del MAS y que quieren “un cambio”, con pocas especificaciones sobre el sentido de esa opinión.
Por esas razones, las variaciones coyunturales de algunos puntos en favor o en desmedro de algún candidato en encuestas con márgenes de error de +/- 2% que alborotan tanto a comentaristas, periodistas y políticos son más ruido que otra cosa. En muchos casos, hablar de “subidas”, “bajadas” o “adelantos” con esos datos es francamente surrealista, peor encontrarles vínculos con no sé qué evento de la campaña. Entretienen por un rato, pero no informan de nada muy relevante.
Por lo pronto, hay, sin embargo, un par de certezas entre tanta bruma. La primera es la inminencia de una segunda vuelta, pues tendría que pasar algo realmente revolucionario para que algún candidato se acerque al 40%. En segundo lugar, parece evidente que la centro derecha tiene grandes posibilidades de lograr la alternancia después de casi 20 años de derrotas. No tanto por que haya convencido a una gran mayoría o que sea una fuerza unificada con un programa cohesionador, sino principalmente por la implosión de la izquierda.
En ciertas circunstancias, las fuerzas políticas que logran, al menos, movilizar a sus votantes más cercanos son las que ganan e incluso pueden arrasar, sin, por lo tanto, convencer o seducir a una gran mayoría. Ése es el caso de ese conglomerado que podemos calificar de “centro derecha” en estos días. A la vista del desorden de las izquierdas, entretenidas en su canibalismo interno, y el desastroso gobierno de Arce que sigue haciendo daño hasta el último día de su gestión, sería extraño que eso no suceda.
Ahora bien, todo el resto, que no es menor para pensar los escenarios políticos futuros sigue abierto: ¿Entre quienes será definitivamente la segunda vuelta? ¿Quién de Samuel o Tuto tendrá la primera opción para ser presidente? ¿Podrá Andrónico pasar al balotaje? ¿Evo se transformará de facto en el gran líder residual de una izquierda en ruinas, con un MAS desaparecido y un Andrónico en su mínima expresión? ¿Habrá mayorías calificadas “artificiales” para la centroderecha en la Asamblea gracias a un voto nulo y blanco por encima del 20%, es decir un escenario en que el evismo termine viabilizando el control de “todo el poder” a sus adversarios históricos? Y así una larga lista de cuestiones.
Lo cierto es que esta elección no parece que podrá generar un gran mandato para nadie, de ahí la llamativa intrascendencia de todas las campañas. Es el fin de la hegemonía del MAS, pero sin que haya atisbo del nacimiento de nada muy agregador, motivador o que genere nuevas expectativas. Entramos pues, ahora de lleno, en el tiempo del gran interregno, donde lo prioritario será solucionar lo contingente, con escasas condiciones para pensar un nuevo momento de largo plazo, pues no hay proyecto ni capacidad de proponerlo en este momento.
A este paso, tendremos quizás un presidente y un gobierno casi por defecto, por que no había otro, el mal menor a la enésima potencia. Alguien que solo saldrá adelante si entiende justamente la fragilidad política con la que está entrando, que no se deje llevar por la ilusión de cualquier restauración en semejante contexto y que no caiga en la ingenuidad de creer que tendrá algo parecido a una luna de miel. En síntesis, me temo que el voto no aportará demasiada legitimidad en cualquier escenario y, por tanto, habrá que ir (re)construyendo potencia política con heterodoxia, modestia, resultados concretos y habilidad comunicativa, desde el primer día.
*Es investigador social




















































































