En tiempos donde la intimidad es escenificada y la hipervigilancia forma parte del paisaje cotidiano, surge Porcelana, una novela que convierte los hogares en laboratorios de lo inconfesable y la mirada en un arma. La más reciente obra de Adrián Nieve, presentada en la Feria Internacional del Libro (FIL) La Paz 2025, propone una lectura feroz sobre la perversión cotidiana y los resquicios más oscuros de la vida privada, utilizando el thriller como vehículo narrativo para explorar los síntomas ocultos de una sociedad atravesada por las pantallas y la vigilancia constante.
Adrián Nieve, psicólogo renegado convertido en escritor de ficción de riesgo, periodista cultural, crítico de cine y director de la revista 88 Grados, se ha consolidado como una voz que no teme adentrarse en territorios incómodos; siempre desde una escritura que privilegia la intensidad y la provocación intelectual.
En esta conversación exclusiva con Escape, de La Razón, el autor revela la construcción de Michelle Panoptes, una protagonista compleja que funciona como «espejo oscuro de nuestra cultura hipervigilante». Nieve también reflexiona sobre el equilibrio entre horror y humor negro, la articulación de referentes teóricos como Lacan y Foucault con el ritmo del thriller.
– En Porcelana, la intimidad se convierte en un escenario de crimen y vigilancia. ¿Qué lo llevó a explorar estos temas desde la ficción y qué lo motivó a usar el thriller como vehículo narrativo?
Todo comenzó con mi tesis de licenciatura en psicoanálisis; se titula «El abordaje de la noción de perversión desde la perspectiva psicoanalítica freudolacaniana», y ahí noté que la perversión es algo más que un simple vicio o anomalía sexual. La perversión, desde el psicoanálisis, es una forma válida, específica e incluso necesaria de relacionarse con las reglas y con los demás. Es una temática llena de nociones y casos clínicos impresionantes y, como yo siempre he sido más escritor que psicólogo o periodista, me di cuenta de que había una historia ahí y tenía que aprovecharla. Fue entonces que me puse a escribir y, a medida que se desarrollaba la historia, ella misma se revelaba sola como un thriller.
– Michelle Panoptes es una protagonista compleja: fotógrafa, diseñadora gráfica, voyeur. ¿Cómo fue el proceso de construcción de este personaje y qué representa ella en relación con nuestra cultura de la hipervigilancia y el consumo de lo íntimo?
Cuando Michelle nació era más una caricatura, al menos en cómo estaba planteada. Su apellido viene de una criatura mitológica, el Argos Panoptes, un gigante de varios ojos famoso por estar siempre vigilante, pero a medida que avanzaba en la trama fui descubriendo cuál era el pasado de Mish, por qué era como era, especialmente cómo era su familia, y ahí fue que ganó dimensiones hasta convertirse en la protagonista que ahora es. Ella es una suerte de santa impía, una soldado de Dios y la belleza y el horror, y su manera de mirar es el espejo oscuro de nuestra cultura hipervigilante donde incluso la intimidad se ha vuelto performática. Todos tenemos algo de Mish, pero muy poca gente conoce a alguien como ella.
– La novela incluye guiños a Lacan, Foucault y al universo de las redes sociales. ¿Cómo articuló estos referentes teóricos con el ritmo narrativo del thriller sin perder intensidad ni claridad?
La novela tiene un narrador que no es Mish, pero que sabe y cuenta todo lo que pasa dentro de su cabeza. Eso ya nos expone a una psique particular, de una persona que ve el mundo en términos macro y cuya obsesión siempre es buscar algo para mirar que sea sublime, sin importar el costo. En una cabeza así, es fácil meter referencias a Lacan y Foucault. Pero como una novela solo con esa perspectiva sería demasiado intensa y agobiante, intercalé los capítulos con fragmentos mediáticos, sean de televisión, periódicos, podcast, entrevistas, en los que se desarrollan tanto la subtrama como los contextos en los que se mueve Mish. Y eso significó apelar a un montón de voces y criterios para simular la cantidad de opiniones y pensamientos con los que nos encontramos en redes sociales, dándole un ritmo e intensidad diferentes a los de Mish. Si los capítulos de Mish pueden llegar a ser escabrosos, los fragmentos de redes sociales se sienten como scrollear por TikTok.
– La historia se mueve entre lo cotidiano y los recodos de lo perverso. ¿Cómo encuentra el equilibrio entre crítica social y entretenimiento en una novela de estas características?
El equilibrio está entre el horror que sientes mientras acompañas a Mish y el humor negro que encuentras en los fragmentos de redes sociales. Pero también en la indignación que se puede llegar a sentir por la subtrama de la novela y la descripción del ámbito boliviano, y los pocos momentos de ternura que logran abrirse paso hacia el final de la novela. Creo que ahí está el entretenimiento: estabas horrorizado y, de pronto, no esperabas sentir ternura. Te estabas riendo de algún chiste de humor negro y, de pronto, te estás indignando porque algo se sintió muy cercano a lo que conoces. Quienes la han leído hasta ahora destacan justamente la intensidad de la experiencia de leer Porcelana.
– Después del éxito de Matasueños, su libro anterior de cuentos de terror, ¿qué desafíos encontró al pasar nuevamente a la novela? ¿Cómo dialogan ambos libros desde el imaginario del horror?
Porcelana es horror, es decir, se ampara en lo real para horrorizar, mientras que Matasueños es terror, o sea, se vale de magia, fantasía y lo paranormal para hablar de la realidad. En cuanto al diálogo… creo que ambas dan miedo, pero es más sencillo afrontar los miedos dentro de Matasueños que los de Porcelana. Siempre lo ilustro recordando a un jefe que tenía y que me dijo que para la gente es más fácil indignarse con los grafitis de las feministas en las estatuas que indignarse por la enésima niña violada y asesinada en el año. El grafiti es fácil de imaginar y subsanar, no así el pensar en la violencia que se lleva la vida de una niña.
Por otro lado, Matasueños nace como un descanso a Porcelana. Llegó un punto en que la intensidad de la novela me pateó mientras escribía el capítulo cinco, donde conocemos el pasado de Mish, y, para descansar, comencé a escribir cuentos de terror que, poco a poco, se fueron convirtiendo en el libro que publiqué el año pasado.
– Usted ha transitado entre el periodismo cultural, la crítica de cine, los medios alternativos y la ficción. ¿Qué huellas de esas experiencias pueden encontrarse en Porcelana?
Mi paso por el periodismo es el más obvio por los fragmentos de medios televisivos y de periódicos que hay en la novela. De hecho, en esta novela y en la que ya estoy escribiendo hay varios personajes periodistas. Lo mismo con el cine y la música, siempre hay referencias a ello en mi literatura, porque son formas de la ficción que adoro. Es más, para mí el mejor invento de la humanidad, la única contribución real de los humanos al mundo, es la ficción. Lo cual puede significar un libro bueno de verdad, pero también una religión. La ficción es así de poderosa.
Y en cuanto a los medios alternativos, eso es algo que nos pasa a todos. Estamos atravesados por los celulares y los videos de un minuto a tal punto que nuestra química cerebral se ha visto afectada y ya no podemos mantener la atención como antes. Y al entrar en un terreno tan escabroso como el de Porcelana y la perversión, me pareció interesante incluir también fragmentos escritos para parecer esos formatos, a manera de descanso y espacio seguro, pero escritos de tal forma que se pueda notar que sucede más de lo que uno imagina en ellos.
– En su opinión, ¿qué tipo de literatura necesita hoy Bolivia para narrar los síntomas más ocultos —y quizás los más inquietantes— de su complejo entramado social?
La mía (ríe). Bueno, sí, la mía, porque todos mis libros hablan de esos síntomas ocultos o de las cosas que quizás no queremos mirar de frente. Al menos eso intento. Pero, más que eso, yo ahí rescataría mucho lo que hace Editorial 3600 porque es de las pocas editoriales bolivianas que busca darles voz a los bolivianos. Pero no están buscando voces convencionales, sino que se dan el trabajo de encontrar autores con algo para decir. Junto a Porcelana salieron libros como Inframundos de Fernanda Verdesoto, La jaula se ha vuelto pájaro de Ariadne Ávila, ambos poderosos y memorables, tal como otros libros, ya en su catálogo, que ya son clásicos como El hombre tocado de viento de Guillermo Ruiz Plaza, Hasta que el río aclare de Diego Mattos y Manqapacha delight de Camila Urioste, o incluso novelas que seguro serán nuevos clásicos como una aún no publicada de la autora Isabel Antelo que ya quiero que sea leída por el mundo.
– ¿Qué se viene en el futuro póximo?
Por ahora estoy escribiendo otra novela que estará ambientada en la actual época electoral, un thriller político para burlarme de los políticos, muy al estilo Veep. Pero, y esto me llama mucho la atención, hay un montón de gente en la FIL y en charlas que me han estado pidiendo que escriba la continuación de Matasueños y, a decir verdad, siempre se me están ocurriendo historias con esta hechicera, la Matasueños, que aparece en todos los cuentos de ese libro. Entonces, mientras espero a ver qué sucede con las elecciones y pienso en chistes para reírme del pobre diablo que asuma la terrible tarea de mandar nuestro querido país, voy a ir escribiendo cuentos de terror y, si salen bien, creo que me animaría a sacar otro tomo de Matasueños.























































































