A medida que Bolivia se acerca a su crucial elección, este domingo, muchos en la izquierda se sienten dominados por el miedo y la desilusión. Dos candidatos de derecha, Samuel Doria Medina y Tuto Quiroga, lideran en las encuestas, una realidad confirmada una vez más por los últimos sondeos publicados este domingo.
Esta ansiedad se refleja también en la fuerza creciente de la coalición de voto nulo y voto blanco, junto con la candidatura fragmentada del MAS, que prácticamente está disparándose en el pie a solo una semana de la jornada electoral.
Por primera vez en 20 años, la izquierda debe enfrentar la dura realidad de que haya dos candidatos de derecha en la segunda vuelta.
Y con ella llegan miedos concretos y muy probables: la reversión de avances en salud pública, educación pública, derechos de las mujeres, derechos indígenas, reducción del hambre, la defensa de una política exterior independiente, y la protección de los recursos naturales y tierras.
Sin embargo, lo que la izquierda suele olvidar es que los gobiernos de derecha siempre se autodestruyen. Por definición, no pueden ofrecer una visión positiva y progresista que mejore la vida de la mayoría —y esto es aún más cierto en América Latina, donde los partidos de extrema derecha son aún más corruptos, racistas, militaristas, misóginos y autoritarios.
En el caso de Bolivia, ese colapso probablemente llegue más temprano que tarde. Bolivia sigue siendo un país con una mayoría indígena y de izquierda muy fuerte. Un ciclo electoral no cambiará esa verdad fundamental. La derecha simplemente no sabe gobernar para esta mayoría. En su lugar, aplicará políticas de austeridad agresivas y desmantelará décadas de progreso social y económico.
La riqueza y los recursos del país serán vendidos a inversionistas, dueños y entidades financieras extranjeras. Con la inseguridad en aumento, podría reactivarse la presencia de la DEA estadounidense, con una nueva “guerra contra las drogas”. La derecha se excederá y perderá.
Ya la derecha se pusó confiante y declara abiertamente que Bolivia es un “país de propietarios, no de proletarios.” Pero esta no es la “libertad” que los bolivianos quieren ni merecen. Son el pueblo, los trabajadores, la mayoría, quienes hacen un país. Bolivia es una democracia; no puede ser comprada ni manejada solo por intereses especiales políticos.
Cuando la derecha finalmente muestre su verdadero rostro, los votantes despertarán de este sueño febril. Se enfrentarán a la realidad de que las crisis no serán atendidas con humanidad y dignidad, sino con más austeridad y crueldad. Por instante, van a cortar las subvenciones energéticas solo para pagar una baja de impuestos a los más privilegiados.
Ya sabemos que la austeridad no funciona. La experiencia argentina con la motosierra de Milei es una lección clara: servicios públicos desmantelados, pobreza en aumento (la mayoría de argentinos ahora vive en pobreza), miles más de personas sin hogar, hambre generalizada y conflicto social — todo en nombre de promover estafas con criptomonedas, atraer inversionistas extranjeros y beneficiar a grandes exportadores. Este camino no es sostenible ni beneficioso para la mayoría.
En Bolivia, la brecha entre ricos y pobres se ampliará bajo un próximo gobierno de derecha, y la mayoría perderá representación y voz.
Sin embargo, el voto de derecha de hoy no es realmente un voto pro-conservador ni pro-austeridad. Es un voto pro-cambio, anti-MAS. Es un voto de protesta; el resultado de un gobierno MAS históricamente caótico y autocomplaciente, que no ha respondido a las crisis actuales con soluciones progresistas y audaces.
Perder la elección puede darle a la izquierda la oportunidad de reorganizarse; de repensar y priorizar políticas centradas en las personas, y de renovar su energía. La izquierda puede volver a ser la fuerza audaz y humanista lista para enfrentar las crisis de frente, y no un viejo aparato estatal agotado por la carga y el desprecio popular.
Este patrón es familiar en toda América Latina, donde los vaivenes políticos son comunes. En Colombia, décadas de corrupción, mala gestión, autoritarismo y violencia bajo gobiernos neoliberales y fascistas fueron condiciones necesarias para que surgiera un gobierno verdaderamente de izquierda, a pesar de la presión constante del estado de seguridad de derecha, los medios y las élites capitalistas.
En Brasil, el circo autoritario de Bolsonaro fue suficiente para resucitar la carrera política de Lula y al Partido de los Trabajadores. En Uruguay, de manera similar a lo que ocurrirá en Bolivia, luego de dos décadas de avances socialistas, bastó un solo gobierno neoliberal y pro-corporativo (bajo Luis Lacalle Pou) para que los ciudadanos despertaran y eligieran a un maestro rural de izquierda.
Si la derecha gana esta elección, el sufrimiento en Bolivia casi con seguridad aumentará. Pero también podría otorgarle a la izquierda un momento vital; la oportunidad de renovarse, de unirse nuevamente contra la oscuridad, y de preparar un regreso fuerte que beneficie a las mayorías y no a unos pocos.
*Es periodista canadiense con experiencia de reporteo en Bolivia, Colombia y Brasil. Es estudiante de doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Virginia.





















































































