La situación económica y la conducción errática de parte del gobierno son los argumentos que usan muchos analistas y políticos para afirmar el fin de un ciclo histórico, un ciclo político.
Al contrario, considero que un ciclo concluye cuando el propósito de una sociedad se logra o la práctica demuestra su inviabilidad. El modelo productivo, soberano y distributivo del proceso de cambio surge del clamor de la sociedad boliviana para superar un modelo basado en el entronque del país a la economía mundial como proveedor de materias primas. Alternativamente se plantea la necesidad de dar valor agregado a las materias primas con la industrialización; la concentración de la riqueza por una minoría en el modelo neoliberal se cambia por la distribución del excedente entre los sectores marginados en el circuito económico extractivista. Esta visión aprobada en referéndum por el pueblo boliviano y consagrada en la Constitución es un ideario de época; la Asamblea Constituyente fue el gran espacio democrático de nuestra vida republicana y su mandato es obligatorio. Esta visión se mantiene.
Por otro lado, la conducción del Estado ha perdido coherencia a partir de la disociación entre el sujeto histórico y la burocracia estatal. El sujeto histórico —indígenas, campesinos, obreros, clase media empobrecida e intelectuales— no sólo es la fuerza que contribuyó en el combate, sino que dio las orientaciones para que el proceso de cambio, la lucha contra la exclusión, el saqueo y la explotación capitalista, la degradación de la naturaleza, el manoseo de las instituciones como la justicia, las fuerzas armadas y la policía para fines antinacionales, se resumiera en el pedido de Asamblea Constituyente, en el paradigma del vivir bien con nuestros semejantes y la naturaleza. Sin embargo, su orientación se diluyó cuando pasó a ejercer funciones burocráticas y se olvidara de la esencia democrática de las asambleas con su crítica y autocrítica, para superar errores, enmendar conductas y enrumbar la brújula.
No hay otra manera de existir en un momento de crisis civilizatoria, donde la acumulación y la explotación de la naturaleza generan problemas como el cambio climático, la migración como respuesta a la pobreza insostenible, el surgimiento de nacionalismos que provocan genocidios, señales que ponen en peligro la existencia de la especie humana: se trata de cambiar el paradigma de acumular riqueza, por el de la convivencia y el vivir bien.
Sobre la actual situación económica es preciso puntualizar que ésta se debe a la escasez de divisas, no sólo dólares, y su efecto sobre las ramas comerciales y productivas, al ser el aparato productivo dependiente en un 70% de los insumos importados; por eso es necesario plantearse la soberanía productiva. El modelo falla cuando se da un cambio cualitativo del comercio exterior y no se cambian las normas; así hasta el 2019 el sector estatal era el predomínate en las exportaciones, particularmente el gas, asumiendo la obligación de garantizar las importaciones; hoy el sector privado exporta más que el Estado, sin embargo, éste sigue cargando el peso de las importaciones, mientras las divisas que generan los privados se las guardan afuera o las usan en la especulación del mercado paralelo. Los parámetros son explícitos; la inflación llega al 17%, mientras el tipo de cambio sube al 100%, no hay disminución de la producción —la que se duplicó en 14 años— al contrario, hoy mantiene un leve crecimiento.
Si el problema de conducción son las debilidades humanas: corrupción, ineficiencia, flojera, la solución no es desechar el modelo, sino cambiar a los burócratas ineficientes por otros más probos e imponer una cogestión popular.
El cambio de ciclos económicos no se dio en el país por cuartelazos, fue producto de eclosiones sociales. El ciclo liberal se impuso después de la guerra federal, 1899 hasta 1952, la insurrección de abril introdujo el capitalismo de estado hasta 1985, cuando se impuso el modelo neoliberal que sólo duró hasta 2005, derrotado por la emergencia de las masas insurrectas del 2000 y 2003, que instituyeron la Asamblea Constituyente. El crecimiento económico y la redistribución de la riqueza que generó el proceso de cambio (2006-2019) está en la memoria y se reafirma señalando los errores. No sirve botar la fruta sana con la podrida.
(*) José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero
















































































