Ya inmersos en la campaña rumbo a un inédito balotaje, el descarte parece ser el principal factor que determinará la decisión de muchos electores. Algunos votarán asustados por el radicalismo restaurador de las derechas, otros en rechazo a los poderosos o más de uno aterrado ante el fantasma de un “populismo” renovado. Elegiremos pues un presidente que expresará sobre todo nuestros más íntimos temores y desconfianzas. Así se ganan elecciones en estos tiempos, el problema es que después hay que gobernar.
Tampoco había que esperar milagros, esta situación es un fiel reflejo de la implosión del sistema partidario, la exacerbada desconfianza en las instituciones y los liderazgos y la notable fragmentación del poder, todos rasgos casi estructurales que ya se venían observando desde hace varios años.
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Características de un tiempo que yo llamo interregno, en el que lo único cierto es que algo acabó, mientras lo que viene sigue siendo difuso e incierto. Un tiempo de desórdenes varios, pero también de potenciales (re)construcciones de los equilibrios políticos y sociales.
El resultado del 17 de agosto fue una expresión bastante evidente de ese mundo descompuesto: ningún candidato por encima del 25% de votos emitidos, al menos cinco fuerzas con representación parlamentaria, mucha volatilidad en la decisión electoral, una asamblea en la que una fracción importante de la sociedad no está representada, por decisión propia y grandes debilidades programáticas que expresan la ausencia de un proyecto político mayoritario.
En cierto sentido, la primera vuelta ya fue un primer gran descarte, el del MAS y de sus varias facciones que perdieron gran parte de su poder. Y la propia candidatura que quedó en primer lugar parece haber sido también el resultado de otro doble descarte, tanto de las élites de izquierda como de derecha tradicionales, esa fue la virtud primigenia del binomio Paz y Lara.
En ese sentido, parece obvio que el balotaje se haya vuelto un ejercicio de identificación de quien nos desagrada más y contra quien tenemos entonces que votar. Hay que precisar que eso no está pasando solo en Bolivia, las segundas vueltas electorales ya no sirven en ningún lado para construir coaliciones que generen mayorías en torno a ideas o liderazgos.
Por esa razón, la principal estrategia que se está desplegando en los dos bandos clasificados para los comicios de octubre, aunque con mayor sistematicidad y organización en el caso de Quiroga, es la contrastación y el intento de reconstruir algún tipo de polarización.
Basta ver los resultados de la primera vuelta para entender que el voto potencial por Quiroga es de 40%, considerando todos los votos de las derechas, y de 50% para Paz y Lara suponiendo que los electores de las diversas izquierdas se decidan por ese binomio. Y el principal instrumento para atraer a ambas fracciones es el rechazo al contrincante, en un caso azuzando el temor al populismo, la improvisación o el masismo encubierto, y en el otro el temor a la derecha radical y el rechazo a los poderosos y ricos.
Hay que decir que, por lo pronto, Quiroga parece tener más efectividad porque ha identificado claramente a Lara como el aspecto débil de su oponente, aunque paradójicamente, desde mi punto de vista, sea al mismo tiempo la mayor fortaleza de Paz, y en consecuencia está transformando la elección en un referendo por o contra Lara. De ahí, los ataques incesantes contra el excapitán y su transformación en pocas semanas en buena parte de los medios tradicionales en un “peligro para la democracia y el país”.
La respuesta de Lara es algo más desordenada y casi intuitiva, pero quizás por eso también más auténtica a la vista de las mayorías, y consiste en recrear el poderoso clivaje social entre pueblo y élites corruptas. A punta de lives tiktokeros casi cotidianos, el excapitán responde y define quién es el enemigo principal, acompañado en eso con escaso entusiasmo por Paz que aún parece creer que puede quedar bien con dios y con el diablo en esta furiosa campaña.
Es muy pronto para cantar la misa, suele ser riesgoso convertir a tu contrincante en el eje de todas las conversaciones, aunque sea a punta de campañas negativas, que es lo que está haciendo Quiroga con Lara: aumenta su conocimiento, le puede permitir reconstruir un campo político polarizado a su favor si le da la vuelta a tus argumentos y le puede dar incluso ventaja en el control de la narrativa predominante.
En algún momento, el miedo a la incertidumbre y a lo “anormal” se puede quedar minoritario frente al rechazo al abuso y la prepotencia del poderoso, sentimientos que comparten en diversos grados las mayorías sociales del país. Lo que le falta a Lara es terminar de identificar a Quiroga con ese prejuicio. Si lo logra, me parece que la elección estará ya definida.
Así pues, queridos ciudadanos, tendremos presidente en octubre, sin enamoramientos ni grandes ilusiones, por descarte, por malos sentimientos. Los problemas empezarán al día siguiente cuando el pobre ciudadano que salga elegido tenga que gobernar con muy poquitos apoyos reales, escasa adhesión a su programa, suponiendo que lo tenga. Empezará casi de cero, no es imposible, pero da algo de vértigo.
(*) Armando Ortuño Yáñez es investigador social















































































