Reflexionando sobre la crisis (económica y política) que sufre el país, hemos criticado las opciones neoliberales que piensan que para salir adelante es ineludible ofrecer al país en remate y esperar que las soluciones vengan de afuera, remachando nuestra condición de país periférico-dependiente.
En un artículo anterior, «La Argentina como espejo», advertíamos del riesgo de la propuesta «libertaria» que venden los ultras Bolsonaro (Brasil), Kast (Chile) y Milei. Los resultados son que el expresidente brasileño está a punto de cumplir una condena de 27 años de prisión por intento de golpe de estado. El candidato Kast debió morigerar su libertarismo y ni hablar de su conservadurismo, empezando por la misoginia que le costó la anterior elección por el voto de las mujeres. Milei, de anarco libertario dispuesto a desaparecer al Estado, tiene al Banco Central Argentino como sostén de su gobierno y, para mayor incoherencia, implora auxilio al Tesoro norteamericano antes de unas definitorias elecciones de medio término. En su delirio, Milei hace de roquero en un extravagante espectáculo musical para promocionar su libro «La construcción del milagro» mientras la situación política y económica argentina está al límite y, antes que a milagro, todo apunta a una tragedia.
Este es un recuento básico de la línea conservadora por impedir que se gobierne con un mínimo de racionalidad, sentido común, humanismo y empatía social. Les resulta inconcebible un gobierno que modere la angurria por la acumulación, que no apueste al capital transnacional como la tabla de salvación o que enfrente la creciente desigualdad económica y social. Tampoco toleran la idea de participar de la lucha internacional por enfrentar el hambre y la pobreza que millones de personas sufren en tantos lugares del mundo. En su paroxismo individualista y odiador en el que viven, niegan el cambio climático y rechazan la causa ambiental a pesar del riesgo planetario de un colapso climático.
Hasta acá la cara neoliberal de la luna. Ahora intentamos confrontar con la otra, la progresista. Se trata de analizar el esfuerzo contrario a los conservadores ultramontanos y adoradores del becerro de oro que, en términos generales, es la causa por un mundo humanizado que modere el insostenible y suicida desarrollo y sea, correlativamente, respetuoso de la naturaleza que acoge a la humanidad.
Es la posición política que, genéricamente, denominamos progresismo. Nos referimos a la amalgama de ideas que tienen que ver con la ilustración que derribó los absolutismos europeos, la radical Revolución Francesa, el marxismo crítico del capitalismo como matriz ideológica y la izquierda revolucionaria emergente de la Revolución Rusa. Y que hoy, a contar del siglo XX y esa amplia base discursiva, articula la lucha social que empezó con los obreros peleando la reducción de la jornada laboral o los campesinos-indígenas disputando las tierras. Un conjunto de procesos que alcanzan escala continental con la descolonización africana, árabe y asiática o que detonó en América Latina con la revolución socialista cubana y que alcanzó alturas poéticas en el mayo francés del 68. A partir de entonces, el progresismo global no dejó de ampliarse y enriquecerse con las luchas contra el apartheid en Sudáfrica o el genocidio sionista en Palestina y el de las minorías como los LGBTTTIQ+, etc.
Así contextualizamos el tema respecto del debate político contemporáneo y podemos aproximarnos a lo que nos toca. En dos escalas: en dimensión latinoamericana, el «Socialismo del Siglo XXI» y, en nuestro país, el «Proceso de cambio» y la «Revolución democrática y cultural». Un complejo e intenso proceso político latinoamericano desarrollado en el primer cuarto de siglo y que empezó con la elección de Hugo Chávez en Venezuela (1998), al que se sumaron Lula da Silva en Brasil (2003), Néstor Kirchner en Argentina (2003), Evo Morales (2006) y Rafael Correa en Ecuador (2007).
Cada país tuvo su camino y vicisitudes propias en función de sus historias particulares. A estas alturas, lo evidente es que este ciclo del progresismo latinoamericano terminó, en unos casos con más o menos brillo y distintas herencias. En Venezuela queda en pie la articulación política que sostuvo a Chávez (PSUV), en medio de una cuestionada legitimidad política (como reclaman Brasil o Colombia) y un prometedor desempeño económico. Brasil, con Lula, se mantiene firme y probablemente sea reelegido el próximo año con un modelo sin mayores novedades internas, pero que adquiere trascendencia por el triunfo sobre los golpistas y ultras y, todavía más, en lo externo, por la participación en la alianza BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).
Entre las bajas del progresismo del Siglo XXI se encuentra Argentina, que con el cambio no ha ganado porque está perdida en su laberinto y crisis cada vez más pesada, al mando de un presidente que prefiere pasar por loco pero no corrupto, y un peronismo sobrellevando su crisis luego de cinco gobiernos kirchneristas, a la espera del desastre para reivindicarse. Algo parecido sucede con Ecuador, al mando de un imberbe liberal que ha desatado la resistencia social al liberar los precios de los combustibles, que arrastra la pesada herencia de una economía dolarizada y paga con violencia la accesibilidad del narcotráfico a los dólares. El correísmo fuera de competencia luego de perder dos elecciones al hilo; quizás fraudulenta la última.
Bolivia, en el extremo del desastre y la derrota política. Luego de dos décadas de hegemonía política del MAS, las últimas elecciones generales lo borraron del mapa político institucional. Es el caso de los países progresistas que pasaron de la gloria a un derrumbe catastrófico. El caso del MAS es, al mismo tiempo, una muestra de los peores rasgos de los gobiernos progresistas: el caudillismo que, en nuestro caso, se acerca a un culto a la personalidad, con la consecuencia de un creciente rechazo fuera del entorno social fiel. La corrupción que superó a la ideología como argamasa y trasminó al estado y a las organizaciones sociales que sostenían al proceso como la «reserva moral», provocando el hastío y la repulsa de los sectores sociales periurbanos, campesinos, indígenas y de la clase media. La desinstitucionalización pública, que antes de cualificar los puestos para asumir los cambios y las transformaciones, fueron moneda de cambio y retribución de la lealtad política. Finalmente, el programa de transformaciones nunca se desarrolló —aparte de la recuperación de las principales empresas estatales y la nueva Constitución Política— y menos se profundizó.
El gobierno no llegó a los sectores sociales que sostenían el proceso y que, legítimamente, reclamaban ser parte de la nueva economía con una inversión pública que cambiara la vida del pequeño productor campesino y rural, de los artesanos, de una industria que aumentara el valor agregado de la producción primaria, al mismo tiempo que universalizara los servicios básicos, la vivienda social, etc. Antes que esas transformaciones de una gestión revolucionaria, el cambio resultó ser una incontinente verborragia que trataba de marear la perdiz ante la falta de resultados concretos.
Sin embargo, más allá de lo evidente, en nuestra opinión, lo que marca el cambio de ciclo progresista es el desempeño de los gobiernos de Morena en México, con Claudia Sheinbaum, y del Pacto Histórico liderado por Gustavo Petro en Colombia. Lo de México no se entiende sin las décadas de lucha de Andrés Manuel López Obrador, pero, sobre todo, la ejecución de un programa de transformación y la ejemplar honestidad de irse luego de un mandato. Estos cambios son igual de evidentes en Colombia, cuando por primera vez en la historia del país hay un gobierno de izquierda y el liderazgo de Petro es capaz de desarrollar un programa y dar lugar a una renovación terminante.
Viendo estos dos ejemplos, queda claro que el fracaso del MAS no solo fue el resultado de la autodestrucción por la lucha intestina sino, sobre todo, de la incapacidad de asumir un programa de transformación y la ausencia de una férrea capacidad ética.
Salud.






















































































