En México hay un comediante llamado Franco Escamilla que en su primera juventud recibió de sus amigos el apodo de El diablo. No porque fuera travieso o maldoso, sino porque tenía un problema con su forma de hablar: no pensaba en lo que decía y respondía con lo primero que llegaba a su boca. Esto le trajo muchos problemas, pues cuando reflexionaba en lo que había dicho ya era muy tarde. Él mismo explicaba que era como si su lengua se adelantara a su cerebro. Él hablaba primero y su cerebro brincaba alarmado después preguntando ¿qué dijo este estúpido?
No hay una palabra que describa este problema y conceptos como logorrea, verborrea o hiperlalia no lo describen con exactitud. Lo más que se sabe es que podría tener su origen en la amígdala, una pequeña estructura cerebral del sistema límbico, que, entre otras cosas, se encarga de procesar las emociones y preparar al cuerpo para una respuesta adecuada. Lo malo es que, en determinadas situaciones de estrés, la amígdala se adelanta con una reacción que otras áreas del cerebro ni siquiera han procesado.
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No sé si ese sea el problema del excapitán de policía y candidato a vicepresidente Edmand Lara, pero de que su boca lo mete en problemas, ya lo hemos visto. Primero fue lo de elevar la Renta Dignidad de 350 a dos mil bolivianos eliminando la renta vitalicia de los ex presidentes. Hizo después las cuentas: 2.000 x 1.296.543 viejitos… son ocho ex presidentes, cada uno con una renta de 20.000 bolivianos…ah, no, no alcanza; una disculpa. Luego fue lo de El Alto, cuando en un mitin se fue contra todos: al candidato opositor, Jorge Quiroga, lo llamó maricón y a su compañero de fórmula, Rodrigo Paz, lo amenazó con rebelarse: “Yo voy a estar con ustedes y soy la garantía, yo no voy a permitir que ningún mentiroso quiera usurpar al pueblo, yo les he dicho, yo soy la garantía y si Rodrigo Paz no cumple yo lo enfrento, yo no voy a engañar a la gente”, dijo al calor del discurso que, enfriado luego, lo llevó a disculparse con su candidato a presidente.
Después llamó “vendidos” a los periodistas y comparó la situación del país con un enfermo de cáncer: los aludidos se dijeron ofendidos. Nuevas disculpas. Y así. Pero este problema con la boca no sólo es del capitán; también es, en menor medida porque aprendió de sus errores, de Jorge Tuto Quiroga. Él también fue víctima de ese descontrol. Recuerdo, por ejemplo, sus declaraciones respecto del antiguo Bonosol, el antecedente de la Renta Dignidad de los ancianos, establecido en 1996 en compensación por la privatización de las empresas estatales. Cuando Quiroga fue vicepresidente de Hugo Banzer, en 1998, decidió suspenderlo y despectivamente dijo: “el Bonosol a mí me sirve sólo para llenar el tanque de mi vagoneta” y, claro, le llovieron críticas que lo enmudecieron por varios meses.
En 2015 y 2016 se le fue a la yugular a Donald Trump, que candidateaba para su primera gestión: “Trump es racista, xenófobo y demagogo y el peligro más grande para la integración en América… hace declaraciones trogloditas; es un señor profundamente racista y absolutamente equivocado». Trump ganó la elección y Tuto regresó de Estados Unidos calladito, calladito.
En 2019, ex funcionario de Jeanine Añez, se lanzó contra el entonces presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador: “Usted es un cobarde matoncito, porque lo hemos visto pasar vergüenza arrodillado ante Trump, que lo obliga a deportar a centroamericanos, que le está metiendo inspectores laborales hasta el baño de su departamento…tan servil con los abusivos y autoritarios y tan matoncito y abusivo con Bolivia porque nos crees pequeñitos”. Un mes después, renunció “para evitar comprometer al actual gobierno de Bolivia por mis declaraciones”.
En 2021 volvió a criticar a Trump, que se negaba a aceptar su derrota: “Escenas escandalosas y surrealistas en el Congreso de EEUU, bajo asedio de turbas…esta instigación y acción inconstitucional, raya en golpismo”. Hoy que Trump es de nuevo presidente, Quiroga fue a Estados Unidos, donde fue recibido sólo por funcionarios menores. Y así. La diferencia entre Jorge y el Capitán es que éste pide, con humildad, perdón, rasgo inconfundible de los que conocieron la pobreza. Y Jorge, no. Él prefiere la soberbia de los que siempre se sienten ganadores, aunque la realidad esté por decir otra cosa.
(*) Javier Bustillos Zamorano es periodista
















































































