La reconfiguración política devenida de los resultados de las elecciones generales comienza a mostrar sus señales. No es tiempo de campaña electoral, es la oportunidad para develar el verdadero rostro.
La llegada al poder de Rodrigo Paz y Edmand Lara, en vísperas de su asunción, había sido definida por una sorpresiva votación atribuible a sectores populares renegados con las descarnadas disputas del Movimiento Al Socialismo (MAS), sin más opción que el candidato del Partido Demócrata Cristiano (PDC). Se trata del mal menor, porque arropar a Jorge Quiroga, el ahora candidato derrotado, implicaba respaldar el radicalismo de derecha incompatible con sus fines.
Ese apoyo electoral no siempre estuvo motivado por una adhesión ideológica ni programática al PDC, sino por un mínimo de coincidencias respecto de las necesidades de las mayorías debido a la cercanía de uno de sus candidatos.
Fue un voto contrario a la alianza Libertad y Democracia (Libre), a Quiroga y al candidato vicepresidencial Juan Pablo Velasco, quien fue puesto en evidencia con una serie de mensajes racistas a través de la red Twitter (ahora X) en los que desafiaba a «matar» collas o desahuciaba la wiphala, el símbolo de los pueblos indígenas. Nunca pudo explicar lo que prometió.
Al contrario, se empeñó en mostrarse con mujeres y hombres campesinos, especialmente del altiplano, e incluso compartir vivencias, comida, vestimenta y hasta el falso discurso de «todos somos hijos de la Pachamama».
Con esa puesta en escena, parecía garantizar la plena vigencia del Estado Plurinacional y sus instituciones establecidas. Que se atreva a desmontarlo una vez elegido, era su acabose o, siquiera, una rendición de cuentas acerca de por qué usó ponchos o flameó la wiphala.
Sin embargo, a juzgar por la recurrencia de los discursos de recuperación de la condición de república del país, los avances de las luchas indígena originario campesinas siempre estuvieron en vilo. Era inminente la vuelta de las instituciones republicanas o conservadoras.
«El lobo pierde el pelo, pero no las mañas», se suele decir en la oralidad popular. En cualquier momento, los cuadros o las fuerzas de derecha iban a reponer sus viejas instituciones, y esta vez atribuible a la fuerza política de Paz.
En su primera sesión preparatoria, los diputados de PDC, Libre y Unidad, especialmente, se juntaron para votar por la restitución de los símbolos católicos que habían sido desplazados en los gobiernos del MAS al constituirse Bolivia, bajo la Constitución de 2009, en Estado laico.
«El Estado respeta y garantiza la libertad de religión y de creencias espirituales, de acuerdo con sus cosmovisiones. El Estado es independiente de la religión», establece la Constitución.
Al reponer la Biblia y el crucifijo como símbolos para los juramentos, los nuevos diputados violan la Constitución. Lo que es peor, ultrajan las distintas creencias ajenas a la religión católica que, con la vieja Carta Magna, tenía preponderancia al constituirse en «religión oficial».
¿Dónde queda la pluralidad religiosa? ¿Acaso los cristianos, los mormones o los adventistas no quisieran que, en el juramento de las autoridades, sus símbolos sean los oficiales?
Sin embargo, no se trata de una casual reposición, porque a algún diputado fanático se le haya ocurrido la idea, sino de una peligrosa señal de desmontaje del Estado Plurinacional y una vuelta al pasado luego de años de lucha por la emancipación contemporánea.
Ya quedaron desplazados los símbolos indígenas de la marca del nuevo gobierno. Si bien el escudo de Bolivia es un elemento unificador, no siempre fueron un factor de ese propósito para los pueblos indígena originario campesinos.
Su reivindicación va más allá. Carga un espíritu racista. Y ayer, con la Biblia y el crucifijo, las señales resultaron también comprometedoras.




















































































