El exilio interior en el siglo XXI seguramente no difiere mucho de aquellos del siglo XVIII, fines. Siglo en el que pareciera haber aparecido como un estado que terminó siendo verbalizado y al serlo, se volvió toda clase de formas de las expresiones del arte. Y fue bautizado, oleado, y sacramentado.
Sacramentar, como la acción de hacer algo sagrado. No se trató, claro, de animismo, no se trató de hacer sagrados a los animales, a la tierra o a las plantas, sino de hacer sagrado un estado, ese estado de exilio interior, emparentado con la melancolía. Esta última, definida como el hecho de “me vengaré de ti, en mí”.
El romanticismo alojó a los estados interiores más tormentosos en personas con distintas capacidades para expresarse. Pintores, músicos, escritores, dramaturgias, entre hombres y mujeres, indagando hacia el interior de las mentes, preguntando a los corazones sobre la naturaleza del amor, de la vida, de la muerte. Recuperando a la contemplación como una necesaria inacción y también cuestionando la ferviente necesidad del racionalismo de hacer de todo, utilidad.
Para librar una batalla en el campo de las ideas, que sublimaba la utilidad de la inutilidad, cosa vigente, importante, candente. Quizás como una respuesta al racionalismo y a un amplio envolvente académico en la Europa de finales del siglo XVIII, impulsado por el movimiento germánico “tormenta e ímpetu”, se empezaron a multiplicar las reacciones contra las estructuras y reglas rígidas de lo clásico, con respuestas adoptadas como libertad, en las formas, en las técnicas pero sobre todo, en cómo relacionarse con el mundo.
Desde un yo más profundo, más individual, introspectivo. Desde la duda sobre el ser, sobre el tiempo, la rutina. Rilke escribió magistralmente sobre este estado sagrado de los exilios interiores, otros los pintaron, una chica lo escribió, un pianista lo hizo sonar. Ese tiempo, el del romanticismo, dio lugar, no se sabe a ciencia cierta, a una serie de versiones contemporáneas que a lo mejor sin comprender ese período ni a sus exponentes, convirtió lo romántico en un concepto ligado a la complacencia ante actitudes, costumbres, razonamientos, que básicamente asumen como normales, cosas que no debieran serlas.
Así, abundan frases de cómo se romantiza esto y aquello, se romantiza el arroz con huevo, las reservas morales del mundo, las precariedades de las ciudades en ruina, sin haber mediado guerra alguna. Se dice, romantizar a todo lo que no se comparta, a las ideas, a los discursos salidos de cerebros por los que hubo pasado un tifón y se ha llevado a todos sus habitantes, que habrán sido dos o tres sinapsis.
Se romantiza, también, se dice, al vestuario exótico, al cine y al teatro que transcurren siempre entre la pobreza y la imperiosa necesidad de seducir a jurados europeos, que han aprendido, también, a romantizar a los simpáticos y exóticos latinos, que tienen el valor de mostrar, no de mostrarse, al otro, al que funciona como anzuelo, al que se le da, de cuando en cuando, la oportunidad de aparecer, romantizado, en la pantalla, en un libro, en un poema, en una carta sesuda y póstuma, en una obra musical con título en una lengua que no se habla, en una exposición con técnica mixta para, idealmente, ser expuesta en galerías que suelen funcionar como el nuevo circo de los nuevos y tormentosos exilios interiores (falsos y recién planchados) del siglo XXI.
Los hay, los exilios interiores terribles, sin astro, sin allende los mares, sin pertenencia alguna, ni casa, ni piedra negra sobre piedra blanca. De esos, los de ahora, no se habla, o muy poco.
















































































