En el siglo XIX, la cultura fue concebida como un componente unificado de la estructura social, funcionando como una base de identidad que llevó a afirmar que la cultura formaba parte del ámbito de la sensibilidad y la emoción, desde una perspectiva estética.
La historia nos cuenta que la cultura clásica buscó la unidad y fusión entre la razón y la voluntad. Sin embargo, con el tiempo se adentró en la comprensión del sentido mismo de la cultura. Los filósofos del siglo XIX entendieron a la cultura como parte de la estructura social, en un contexto en el que aún no era autónoma, ya que reflejaba una subestructura social.
Además, en esos tiempos, la cultura estuvo estrechamente vinculada a la economía. Por esta razón, los estudiosos del arte aseguraban que la cultura se estaba convirtiendo en una mercancía, evaluada por el mercado. Esta realidad propició que su adquisición se volviera esencial para la vida de los artistas, cuyas obras sorprendían por su originalidad.
Pensadores como Weber afirmaban que esta situación presentaba un doble sentido, ya que, según él, las obras de arte reflejaban aspectos cosmológicos del pensamiento, y la cultura occidental se caracterizaba por la eliminación de la magia: un proceso de “desencantamiento” de lo bello.
Es importante recordar que, durante este periodo, hubo diversas concepciones sobre el arte pictórico. Algunas de ellas sostenían que el arte vivió una separación entre la estructura social y la cultura, con la economía determinando el valor del arte.
Durante la etapa de los impresionistas, los artistas decidieron presentar sus obras por primera vez en el Salón de los Rechazados (1863), como un acto de protesta contra el gusto dominante de la época. No obstante, este acto los llevó a esperar 20 años para poder exhibir sus propias obras.
Esa actitud de los artistas vanguardistas también reflejaba su rechazo a la falta de libertad. Según algunos escritos, este enfrentamiento tensó al público, lo que a su vez limitó la presentación y apreciación del arte, una condición inherente al arte moderno.
Lo peculiar es que, a mediados y finales de la década de 1950, surgió la pintura en acción, un movimiento en el que los artistas utilizaron la materia pictórica como tema de su arte, implicando al propio artista en el proceso creativo.
A pesar de ello, la transformación del arte no fue tan abrupta como sugieren estudiosos como Ackerman, quien señalaba que el arte de la pintura en París ya había experimentado cambios previos. Lo cierto es que, en décadas anteriores, Picasso y Matisse comenzaron a moldear el gusto del público, según textos de ese entonces.
Sin embargo, el arte de esa época era tan complejo que muchos críticos profesionales, que inicialmente lo aprobaron, se equivocaron, ya que lo elogiaron “por razones ajenas al caso”. La respuesta del público incrédulo fue calificada como una “impostura”.
No obstante, en ese periodo, la cultura se sumergió en la corriente del modernismo, que triunfó sobre la sociedad. La leyenda del espíritu creador libre entró en conflicto, no solo con la sociedad burguesa, sino también con la victoria indiscutible de la cultura en la etapa moderna, como refieren diversos escritos.
Es evidente que el arte moderno llevó a los artistas, pintores, escritores y cineastas a avanzar con los tiempos, logrando con ello una evolución del arte mismo.
Así, se puede afirmar que la continuidad del radicalismo artístico en la década de 1950 no fue impulsada por la política, sino por la misma cultura, como sostienen los estudiosos de esa época.
*Es arquitecta
















































































