La aparición del Movimiento Al Socialismo-Instrumento Político por la Soberanía Popular (MAS-IPSP) en el espectro político boliviano suscitó, a la vez, un remezón en el campo intelectual ya que las características adquiridas por esta estructura partidaria complejizaban su definición. De allí la interrogante: ¿es un partido político o, en su defecto, es un movimiento social? Muchos coincidían en señalar, por los rasgos sociológicos y su estructura organizativa, el MAS-IPSP, al fin y al cabo, es un movimiento político.
Obviamente, esta novedad no solo fue conceptual, sino, también, política que, paulatinamente, se fue tensionando merced a la presencia del MAS-IPSP en la esfera gubernamental. En un inicio, este dilema en torno a esta cuestión se pensó que con la denominación “gobierno de los movimientos sociales” se zanjaba el asunto. No fue así. Sea como fuera, el MAS-IPSP claramente tiene dos brazos: por un lado, el partido como tal, y, por otro lado, las organizaciones sociales que se erigieron, desde el nacimiento del MAS-IPSP, en su instrumento político.
Esta tensión de sus dos brazos se acentuó hoy por las trifulcas al interior del MAS-IPSP. Quizás, esa disputa simboliza esa tensión del MAS-IPSP como movimiento político. Por un lado, los allegados al actual presidente, Luis Arce Catacora, en alianza con determinadas organizaciones sociales se “apoderaron” de la sigla con el consentimiento de otros órganos del Estado Plurinacional (Tribunal Constitucional y Órgano Electoral Plurinacional) y, por otra parte, el grueso de las organizaciones sociales, sobre todo campesinas e indígenas, son fieles al exmandatario Evo Morales.
La decisión del propio Morales de renunciar a la militancia en el MAS-IPSP para buscar ir por una nueva postulación presidencial con otra estructura partidaria, Frente Para la Victoria (FPV) —a pesar del fallo constitucional que impide a Morales a ir a una nueva reelección—, abre nuevamente el debate. El acto de los evistas de dimitir al MAS-IPSP es un indicador inequívoco de esa tensión no solamente en el partido, sino, muestra en los hechos, esa tirantez entre el partido y las organizaciones sociales en el seno mismo del movimiento político. Otra tensión, además, es aquella asociada a la exacerbación del liderazgo de Morales, incluso, sobre la propia dimensión organizativa del MAS-IPSP.
Una de las columnas de las victorias consecutivas del MAS-IPSP en el campo electoral fue la imbricación del control gubernamental con el control de la mayoría de las organizaciones sociales, especialmente indígenas/campesinas. Hoy esa imbricación está fracturada. En consecuencia, el éxito electoral del MAS-IPSP, e incluso si participa Morales con otra sigla, en los próximos comicios presidenciales, está en duda.
Aquí empieza a flotar otro debate ligado a la relevancia entre el liderazgo y el sentido político del accionar de los movimientos sociales. En este sentido, negar la importancia del potencial político del MAS-IPSP detrás del liderazgo de Evo Morales, es mermar esa energía y potencialidad del bloque nacional-popular para encarar procesos de transformación estatal que en su momento se denominó “proceso de cambio” y para ello el MAS-IPSP, a ser parte de ese instrumento político de los sectores campesinos/indígenas, fue clave para conducir a Bolivia, por ejemplo, hacia un Estado Plurinacional que implicó reconocimiento constitucional de la diversidad social. Entonces, ¿qué pasa cuando toda esa potencialidad del bloque nacional-popular es reducida a liderazgos sobredimensionados? ¿qué deberíamos hacer? Nada, o quizás mucho.















































































