Luis Arce y David Choquehuanca llegaron a la presidencia y vicepresidencia de Bolivia, respectivamente, en circunstancias bastante particulares, logrando el 55,1% de los votos en octubre de 2020. Entonces se produjo la rearticulación de diferentes sectores en torno al Movimiento Al Socialismo (MAS) frente a quienes no solo representaban un retroceso, sino que, por medio de un “gobierno de transición”, pusieron en marcha su proyecto de “reconstitución del Estado q’ara”. Hoy, Arce y Choquehuanca viven el derrumbe de su legitimidad, tras priorizar, aun a costa de su propia gestión, la “guerra interna” con Evo Morales.
Podría pensarse que el Gobierno, bajo una comprensión no solo limitada de los procesos políticos, sino incluso idiota, se desgastó en la disputa por la sigla del partido y en la cooptación de dirigentes. No trabajó en el fortalecimiento de la rearticulación que se dio en 2020 ni en la priorización de problemas o definición de objetivos, dejando así desatendida su propia gestión gubernamental. Pero también podría pensarse que todo ello fue premeditado, en tanto Arce y Choquehuanca asumieron, por encargo o voluntad propia, la tarea que no pudo realizar la oposición: desarmar al MAS.
Lo cierto es que, con el derrocamiento de Evo, en noviembre de 2019, la oposición se embriagó “hasta las patas”. En ese estado asumió, a ojo cerrado, que no solo se había sacado a Morales del poder, sino que ello significaba a la vez el “descanse en paz” para MAS. Dando por hecho que este partido no se levantaría de la lona y tras el repartimiento de espacios de gobierno (con pugnas de por medio), la unidad antimasista se quebró. Los caudillos vieron eufóricos la oportunidad de “gárranle al muerto” y lanzaron sus candidaturas. Empero, el MAS ganó las elecciones de 2020 sin su dupla histórica: Evo Morales y Álvaro García.
La llegada del MAS al gobierno en 2006 y su permanencia en él no respondían a las virtudes o miserias de Evo. En unas condiciones históricas de alta politización y la formación de una voluntad de cambio, la sigla de MAS pudo funcionar como un paraguas bajo el cual se desarrollaron una serie de articulaciones y la persona que en su momento expresó esa situación fue Morales. En 2020, con pandemia de por medio y un “gobierno transitorio” que buscaba prorrogarse a toda costa, protagonizando escándalos de corrupción y una desastrosa gestión, se dio, hasta cierto punto, una rearticulación en torno al MAS, en la que operaron tanto organizaciones sociales como el rechazo a quienes cogobernaron con Añez. Ahí se vio que el MAS no se reducía a Evo.
Hoy, tras la “guerra interna” del MAS, esa articulación, que ya venía desgastada, se ha resquebrajado y no solo entre organizaciones nacionales o departamentales, sino que esto ha llegado a niveles locales. En ese sentido, se puede decir que Arce y Choquehuanca están logrando lo que no pudo la oposición en 2019 ni en 2020: desarmar las articulaciones que daban cuerpo al MAS. Claro que está hazaña del arcismo se desarrolla en ciertas condiciones favorables. En las dos últimas décadas, los procesos de individualización se aceleraron entre los “sectores populares”, entre los que el MAS tuvo un gran respaldo electoral. En buena medida, el MAS ya no expresa las expectativas de estos sectores.
En todo este desarme, Arce y Choquehuanca han sembrado rechazo entre el propio electorado que los puso donde están. Se trata de un rechazo pasivo que implica la idea de que el gobierno no tiene la capacidad de enfrentar la situación por la que atraviesa el país.
*Es miembro del grupo Jichha.















































































