Es opinión corriente que más del 85% de la economía boliviana es informal. Entonces, si es cierto lo que los estudios marxistas dicen que lo estructural influye de modo determinante en lo superestructural, lo mismo debe pasar en otros espacios de la sociedad. En este periodo de elecciones permite hacer un recorrido por la política y, efectivamente, rápidamente se constata la prevalencia de la informalidad.
Ha empezado la etapa de inscripción de alianzas y luego de candidatos. Y el debate en lo que queda del sistema de medios y en las redes es “quién se alía con quién” o “con qué sigla va tal o cual candidato”. Se compran, se alquilan, se prestan siglas. Por ahí anda el debate.
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La informalidad es tanta que, a días de empezar las inscripciones, no se sabe cuántas siglas están habilitadas. Todo es especulación y rumor, FPV, PAN BOL, MTS y otras más, no se sabe si están o no legalmente habilitadas. Otras siglas, UCS, Morena, ADN, MNR, FRI, Demócratas y alguna más que seguramente olvido, están habilitadas, pero no se sabe si corren con candidato propio o serán prestadas o “alquiladas” a los varios candidatos que ya se postularon, pero no tienen ni partido ni sigla. En cuanto al MAS, están habilitados, claro, pero esta es una larga y complicada historia distinta a las demás de la que ya he hablado muchas veces en esta columna.
Bien, la informalidad se hace más alarmante cuando pensamos en los precandidatos: Amparo Ballivián, Tuto Quiroga, Andrés Gómez, Edman Lara, Jaime Dunn, Rodrigo Paz, Jaime Soliz, Chi Hyun Chung, etc. Todos ellos se proyectaron como candidatos sin tener ni partido ni sigla y eso implica, naturalmente, que deben “alquilar”, “comprar” o prestarse una sigla.
Y, precisamente, eso podría ser el primer escalón de una futura imposibilidad de una gestión transparente y eficaz, porque presumiblemente el “alquiler” de una sigla para un presidenciable suma varios cientos de miles de dólares y eso excede el patrimonio de muchos de los precandidatos; entonces, si finalmente se lograran inscribir habría que contabilizar ahí una deuda a algún padrino, que se pagará, obviamente, con cargos y contratos. Todo tan pulcro, democrático e institucionalista, y es que a esos extremos conduce la informalidad en la política.
El “alquiler” y “compra/venta” de siglas está a la orden del día y juega con las mismas reglas de cualquier negocio informal: hoy se pacta el “alquiler” o préstamo, pero nada es seguro hasta el último momento. Eso lo está viviendo Evo Morales, luego de que le quitaron la sigla, logró convencer a los directivos de FPV de ir como candidato “inquilino” de esa sigla, pero hoy literalmente está en la calle y, se sabe que otras siglas no le quieren “alquilar”. Prefieren cuidar el “negocio” antes que vivir situaciones épicas. Se rumorea que el MTS podría darle su sigla al evismo, pero que puso como condición que Evo no sea el candidato.
Hay otras situaciones más pintorescas, como por ejemplo que Tuto, conocido por su posición de derecha radical, haya conseguido una sigla que tiene antecedentes y filiación de izquierda… ¿qué dirá María Corina?
En suma, la Constitución establece que la representación política se ejerce a través de los partidos y existe una estructura con instituciones y normas para que eso ocurra. Eso es precisamente lo que debería velar el Órgano Electoral Plurinacional. Pero la informalidad política es tan alta que la casi totalidad de precandidatos —que además moralizan y gritan en contra de lo informal y se presentan como legalistas y respetuosos de las normas— nunca se dieron la tarea de construir, como manda la norma, una agrupación política que represente sus propuestas o su idea de país.
Su preocupación es la candidatura y no la construcción de una institucionalidad política. A decir verdad, por fuera del MAS, que al respecto merece un análisis distinto, hay solo tres figuras políticas que han hecho la tarea para estas elecciones porque organizaron un partido, legalizaron sus estatutos y renovaron sus dirigencias: Eva Copa (Morena), Samuel Doria Medina (UN) y Manfred Reyes Villa (Súmate).
El resto de los precandidatos, todos son informales, todos son “chutos”.
(*) Susana Bejarano Auad es politóloga y periodista














































































