Gramsci diferenciaba entre “ideologías de intelectuales” e “ideologías de masas”. En su pensamiento, no se trata de ideologías en el sentido marxista clásico, es decir, de sueños que buscan evadir y esconder la realidad, sino de concepciones del mundo que se apoyan en las ciencias, aunque sin confundirse con ellas, y guían las luchas culturales por y desde el poder. Están emparentadas, entonces, con las filosofías, situadas en un nivel elevado; y con el sentido común, ubicado en un nivel básico de la elaboración racional de las sociedades.
Las ideologías de intelectuales pueden ser muchas, tantas como grupos, cenáculos o incluso intelectuales individuales con teorías propias haya. El ejemplo de hoy es el liberal-libertarismo. Las ideologías de masas, en cambio, son pocas; son las que han logrado impregnarse en la vida cotidiana, en la educación formal e informal, en las expectativas sociales, en la lucha política, en las instituciones culturales, etc.
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Estas ideologías trascienden a sus pensadores, aunque, como hemos dicho, suelan apelar una y otra vez a fuentes científicas para darse legitimidad. Son ideologías que generalmente tienen una larga trayectoria, que se han reproducido a lo largo del tiempo y a través de los cambios generales, que se han presentado de más de una forma en la historia, que son repetitivas y también móviles. No es fácil saber dónde sufrirán su próxima reencarnación y cómo será esta.
También son las que cuentan con éxitos observables, es decir, las que han pasado del reino de las ideas en el que nacieron al reino de la realidad, y han sido capaces de modelar esta última. Aún más, puede decirse que si el rasgo característico de toda ideología es estar bajo la tutela del signo pi, la letra griega inicial de “praxis”, solo las ideologías de masas son verdaderamente dignas de esta advocación.
En Bolivia la ideología de masas más reconocida y estudiada es la del nacionalismo revolucionario (NR), que se manifiesta de manera diagnóstica y prescriptiva –las ideologías tienen siempre estos dos alcances– desde los años 30 del siglo XX.
Primero fue una ideología de intelectuales y luego se convirtió en una de masas. Esta es la evolución a la que siempre aspiran las ideologías políticas. Autores como Tristán Marof, Carlos Montenegro, Augusto Cuadros Quiroga, José Fellman Velarde, René Zavaleta, Juan Albarracín, Guillermo Bedregal y otros han proporcionado bases teóricas al nacionalismo revolucionario, el que, sin embargo, ha vivido principalmente fuera de los textos de estos, en la praxis de varias generaciones que ha transformado fundamentalmente al país.
Las ideologías de intelectuales, en la medida en que están desconectadas de la realidad, no sufren alteración ni merma, por lo menos no de manera necesaria, a raíz de los ciclos históricos, las crisis económicas y políticas, los procesos reformistas y los cambios en el humor y la predisposición de la población. En cambio, estos fenómenos afectan severamente a las ideologías de masas, presionan sobre ellas y las ponen a prueba. O, mejor, estas ideologías operan a través de tales fenómenos.
Algunas corrientes, como el nacionalismo revolucionario, logran sobrevivir mediante su trasposición a otras similares, aunque aggiornadas y readaptadas a los nuevos contextos. Es el caso de la reencarnación de esta ideología –que había decaído y aparentemente muerto en el periodo neoliberal (1985-2003), que a su vez era una reencarnación del liberalismo de principios del siglo XX– en la concepción que puso en acto el Movimiento al Socialismo (MAS) desde fines del siglo XX. O quizá el verbo más correcto sea “reciclar”; en efecto, las ideologías de masas se reciclan, lo que quiere decir que conservan algo al mismo tiempo que cambian dentro de una problemática nueva.
La ideología nacional-popular indianista del MAS estuvo más desguarnecida que el NR de teóricos que intentaran darle una forma nítida; quizá solo Álvaro García Linera, en los textos que escribió desde la Vicepresidencia; los hermanos Bautista, en cuanto a la cuestión indianista, y Luis Arce en el campo económico, con el libro que publicó cuando era ministro de Economía. Fue una sistematización, como se ve, revestida de carácter oficial, es decir, realizada desde el Estado. También la del nacionalismo revolucionario clásico tuvo en parte este rasgo: Fellman, Zavaleta, Bedregal y otros escribieron sobre ella y la desarrollaron mientras recibían sueldos gubernamentales. Ocurre que las ideologías de masas cuentan pronto con el respaldo del poder o, mejor dicho, que se constituyen en y por el poder: no son otra cosa que una dimensión de la hegemonía. Dicho derechamente: toda hegemonía estatal implica una ideología con efectos de masa.
El NR fue la ideología estatal en el periodo 1943-1946, aunque de manera disputada, y luego lo fue con un dominio que primero resultó total y luego decreciente y controvertido durante el periodo 1952-1985. El neoliberalismo fue una ideología de masas en la segunda mitad de los 80 y durante los años 90. Después, se redujo a una ideología de intelectuales, lo que muestra que puede haber regresiones. Sin embargo, en este caso esta fue parcial, pues el neoliberalismo se incorporó al cruceñismo o, mejor dicho, conformó una alianza con este.
El plurinacionalismo del MAS ha sido la ideología predominante –muy fuerte al principio y debilitada después– desde principios del siglo XXI hasta 2023; se articuló y plasmó en su forma más acabada y de tipo estatal desde enero de 2006, cuando Evo Morales ascendió al poder, hasta su caída en 2019. En 2023 perdió su capacidad hegemónica, porque falló su gran promesa, que era mantener las rentas extractivas en Bolivia.
De modo que hoy está en retirada, pero no por eso han desaparecido las ideologías de masas en Bolivia. Ahí está, intacto, el cruceñismo, que en la historia se remonta tan lejos o más lejos que el NR. El cruceñismo sufre sin duda una restricción espacial, pues está focalizado en Santa Cruz, pero puede aumentar su alcance cuando actúa dentro del complejo ideológico neoliberalismo (de masas) + cruceñismo. Esta ideología tendrá gran importancia en las próximas elecciones.
(*) Fernando Molina es periodista















































































