Hollywood ha presentado dos grandes producciones sobre arquitectos: Megalópolis de Ford Coppola y El Brutalista de Brady Corbe. Las comentaré en mi condición bipolar, como arquitecto en ejercicio y como aficionado al buen cine.
Vea: La nueva Guerra Fría
Megalópolis acaba de ganar el premio Razzie 2025 que corona la peor película del cine berreta; y El Brutalista ganó sólo tres de 10 nominaciones al Oscar. Tanta plata y lobby no pudieron con el cine independiente. El largometraje de Corbet es aburrido, inconexo y melosamente dramático: un atormentado judío, de buen corazón, llega a EEUU para triunfar como arquitecto/sirviente del gran capital. Fue filmada en formato VistaVisión, la técnica ideal para fotografiar arquitectura porque permite abarcar grandes espacios sin las distorsiones del gran angular. Pero, esa súper técnica, sirvió para fotografiar la mediocre arquitectura que el arquitecto László Tóht diseñó y construyó para un pretencioso magnate llamado Lee Van Buren. La maqueta del enorme centro religioso y cultural es un bodoque desproporcionado. En la película, se ve una construcción con ambientes sosos y triviales, carentes del material protagónico del estilo arquitectónico llamado Brutalismo: el hormigón armado. El hormigón aparente, que no tiene revoques ni pinturitas, fue usado por arquitectos célebres como Le Corbusier, Marcel Breuer u Oscar Niemeyer. Actualmente, Tadao Ando, un galardonado arquitecto japonés, lo usa en todas las superficies, obligando a los propietarios a vivir en bunkers o tanques de agua. Sus casas son de un hormigón gris, áspero y brutalmente frío. La tortura incluye la prohibición de colgar adornos en los muros que rompan el aura artística original; o sea, un cruel suplicio oriental.
Pero László, el dizque arquitecto brutalista, no sólo hace edificios horribles. Es también un ser estoico, con una esposa lisiada, que logra triunfar a pesar de la soberbia de su mecenas Van Buren. Pero, los guiones berretas siempre nos guardan perlas: el cerdo millonario no solo presiona al arqui con sus caprichos, sino que lo viola empujándolo en unos parajes oscuros de Roma. La perversidad capitalista según Corbet.
Moraleja: las megalomanías arquitectónicas no son garantía, per se, de buen cine (ni tampoco de buena vida). Después de interminables 3 horas y 35 minutos pensaba que para hacer una propaganda pro israelí en un momento de enorme repudio universal, no era buena idea usar un arquitecto brutalista. Hubiera sido preferible un veterinario que, dado el animalismo activista por los peluditos, hubiera cosechado más lágrimas condescendientes para el objetivo propagandístico de esa mediocre producción del cine hollywoodense.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto















































































