Luego de dos décadas de «democracia de alta intensidad» —como calificó Boaventura de Souza al proceso político boliviano— estamos cerrando el ciclo del «Proceso de cambio», casualmente con igual años que el ciclo neoliberal (1985-2005). En agosto de este año, el país, lo mismo que en diciembre del 2005, tendrá que definir con votos por dónde y con quiénes seguir y asumir el cambio porque, frente a una crisis, esa es la ilusión colectiva. La diferencia con las elecciones de hace veinte años es que hoy no hay mayorías, sino una consolidada dispersión.
El pasado 19 de mayo —último día de inscripción de candidatos para las elecciones generales del próximo 17 de agosto— fue un día tenso y complicado, sin contar con la multitudinaria marcha evista del previo viernes 16, que a pesar de su contundencia no podía inscribir candidato por falta de sigla. Lo sucedido confirma la penosa, aunque lógica, certidumbre de que tendremos un proceso electoral complicado y caótico, a la altura de la crisis política, económica e institucional que vivimos.
Cuando una etapa histórica concluye, inicia otra —ley de la vida— y los cambios de época tienen un intermedio que impide distinguir entre lo que queda, se va o viene y los peligros que acechan. Como decía Gramsci, en un cambio de época «el viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en este claroscuro nacen los monstruos». Ante estos claroscuros nos protegemos con la indiferencia al correteo político, nuestra proverbial resiliencia cultural y el trabajo diario de comunidades, empresas y trabajadores asalariados o por cuenta propia que, aguantando el alza de los precios, la especulación y la inflación que merodea, aísla a los políticos en su burbuja y sostiene al país. Felizmente, nuestros monstruos tiran de medianos a enanos, aunque ellos quisieran ser más torpes y destructivos.
Es difícil no estar preocupados, pensando en las acciones de los políticos. Observando los vicepresidenciables propuestos por la variopinta oposición, salta a la vista el menosprecio del esencial concepto político de la renovación. Lo que es, claramente, un doble despropósito porque tenemos un electorado especialmente joven: 40% del padrón electoral. Lo mismo que cuando presentan un candidato joven y hacen gala de que sea un desarrollador de tecnología, pero el joven no sabe qué es la AGETIC (Agencia de Gobierno Electrónico y Tecnologías de Información y Comunicación). Ni hablar de género o mujeres en las candidaturas. Además de listas negras para las pocas mujeres jóvenes destacadas, las dejaron de lado; aunque luego, persuadidos del error, colocan mujeres encabezando las listas parlamentarias. En cuanto a campesinos o indígenas de candidatos a Vice o senadores o diputados, simplemente no aparecen, no los conocen y no los ven necesarios, con alguna excepción. En otra candidatura de vice, sin renovación, pero de buen perfil técnico, el candidato es un tecnócrata especialista en financiamiento internacional del desarrollo y experiencia en el ajuste de la economía que hará falta hacer. Se anota el punto, pero surge la pregunta: ¿Si este es el perfil del Vice, para qué quieres al candidato a presidente? Para peor, ese candidato a Vice tendría que presidir la Asamblea Legislativa Plurinacional, un cargo esencialmente político. Raspando el fondo del turril y solo para ilustrar el cuadro penoso, están las indecencias del PDC. Un partido que hace más de medio siglo tuvo de referencia al Concilio Vaticano II, el avance social más importante de la iglesia católica y de donde se desprendió lo principal del MIR, está a punto de estafar por vender la sigla. Para cerrar, un candidato a Vice, quizá demasiado joven, apenas proclamado salta de lista y de cargo por comodidad. Y, para la anécdota, el candidato libertario-financiero que por falta de solvencia fiscal no pudo ser inscrito.
En la vereda contraria, la del MAS y sus variantes, la situación no es menos complicada, aunque con menos elementos distorsivos porque la matriz política es una sola y hay menos opciones. Lo primero y que hace la principal diferencia —a costa de fracturas insuperables y graves insultos— es la renovación política generacional que va por delante y apunta lejos. Tres jóvenes, dos varones y una mujer, van de presidenciables y una mujer de vice, y que además de jóvenes tienen experiencia en la política y la gestión estatal. Es un verdadero quiebre y recambio que se lleva por delante a toda la generación que lideró las dos décadas de gobierno del MAS, con Evo por delante. Obviamente, la cuestión central gira en torno al liderazgo histórico de Evo Morales y, en consecuencia, es un proceso duro y conflictivo. El liderazgo de Morales empezó su debacle a partir del Referéndum 2016 convocado por su gobierno, la burla de los resultados en las urnas y, sobre todo, la insuperable incapacidad para asimilar el error histórico de su postulación el 2019. Esta cerrazón le impidió asimilar la distancia que el gobierno de Arce Catacora necesitaba establecer para viabilizar su gestión. La misma actitud que impidió pensar la crisis política del MAS autocríticamente a la altura del trágico 2019 y sacar las conclusiones que era asumir el fin de un ciclo político. Como si no fuera suficiente —los errores se encadenan— el mayor equívoco fue no encarar la crisis del proceso y de su instrumento político con los cuadros jóvenes imprescindibles para generar otro ciclo y asimilar las experiencias. El tema es más complejo, pero permite entender el brusco corte generacional.
En cuanto a los otros elementos políticos sobre el devenir de la implosión del MAS, no hay mayores diferencias respecto de las candidaturas de la oposición. Lo más notorio, la crítica al «dedazo» —término utilizado en referencia al PRI mexicano que así gobernó casi 7 décadas— que es la decisión vertical y el favoritismo por candidatos y puestos en las listas. Las denuncias y los reclamos están en el MAS encabezado por Eduardo del Castillo y en la Alianza Popular encabezada por Andrónico Rodríguez. Lo paradójico es que esta expresión estuvo dedicada a las decisiones sobre candidaturas de Evo Morales y que, en casos emblemáticos, dieron lugar a las primeras fracturas internas y las actuales representaciones políticas. Fue el caso de Eva Copa cuando debió ser la candidata oficialista a la alcaldía de El Alto pero que el dedazo no permitió o, el de Damián Condori, cuando disputó la candidatura con el preferido de Morales y que, finalmente, lo convirtió en el actual gobernador de Chuquisaca. Falta escudriñar con más detalle las listas, aunque destaca la presencia de candidato a senador del presidente Luis Arce Catacora, que no es, precisamente, una novedad respecto del futuro político de un expresidente: lo hizo Pepe Mujica, Álvaro Uribe e, incluso, Evo Morales lo intentó el 2020. Pero las listas —lo mismo para todas— darán lugar a muchos comentarios, reclamos y no pocas sorpresas. Algunos nombres saldrán, inevitablemente, de las negociaciones políticas y en otros, porque a falta de estructuras básicas de partidos políticos tenemos entornos y clientelas que confunden política con nombres.
Hasta acá una lectura puntual de lo político y la coyuntura electoral, pero falta explicar el paso del pantano electoral a las arenas movedizas que nos tiene al borde del desastre. Hay que ser categóricos: los tantos esfuerzos por hacer fracasar las elecciones parecen una conspiración bien hilvanada, pero, felizmente, no lo son. Ya hay 20 demandas judiciales que buscan cancelar siglas, eliminar candidatos, etcétera, con unos freelances de estrellas que, en este campeonato de arrogación —término del derecho romano y emparentado al de usurpación— han pensado que ante el desorden institucional pueden hacer negocios. En este enredo hay que admitir que falta una mejor definición constitucional que impida las intromisiones desde lo judicial y que son permitidas por jueces y tribunales atentos a las maniobras. Felizmente, el Tribunal Supremo de Justicia y el Tribunal Constitucional han expresado su respaldo firme al calendario electoral y se han comprometido a mandar a respetar —como no podría ser de otra manera— por parte de jueces y tribunales, la autoridad única del Tribunal Supremo Electoral en materia electoral.
Sin embargo, hay que tomar precauciones de los periodistas que venden el espectáculo de forma interesada, lo mismo que de los gentiles comentaristas que se expiden sobre cualquier tema, especialmente jurídico, con una soltura que no la tienen y hacen de jueces de lo institucional. Finalmente, aparte de la marginalidad política que despotrica contra el circo electoral y que en cualquier sistema político existe porque son parte del síntoma, hay que estar prevenidos de los que a falta de ideas levantan pesadillas de monumentales fraudes.
El 17 de agosto debe haber elecciones generales y todos debemos contribuir con lo que tengamos a mano, así sea solo una papeleta electoral. Enfrentar la crisis compleja y seria que vivimos pasa por elegir autoridades, darles legitimidad y que los políticos hagan su trabajo de sacar el país adelante, en democracia. Salud.






















































































