La forma como se concibió y construyó la crisis, el andamiaje que sostiene la narrativa de la crisis, no pone el acento en lo económico, sino en el sujeto ideológica y étnicamente identificado, pero como condena; por ello, estamos en esta crisis volviendo y arribando a un tiempo donde la visión dualista sobre la vida se imponga nuevamente como sentido común: el bien está arriba del mal en la tierra; odas a los vencedores, condena a los vencidos/sepultados; los buenos contra los que representan lo malo; la civilización armoniosa contra las hordas incivilizadas; campesinos que desean vivir en paz contra los indígenas violentos; una izquierda moderna contra los radicales insurrectos; reingresamos a tiempos pasados en el presente, la forma para validar este dualismo que nos impusieron desde la invasión es con la sanción moral, ética, religiosa, cultural desplegada mediática y masivamente contra quienes osaron alterar el orden establecido.
Pero, para no presentarse como indolentes, las élites aspirantes a ser propietarios nuevamente del Estado reconocen que el capitalismo no es un sistema ‘perfecto’, que necesita cambios; pero esos cambios no tienen que alterar el orden, sino ‘incluir’ a los excluidos y darles derechos que antes les fueron negados sin afectar los privilegios existentes.
En tiempos electorales izarán las banderas de la democracia en nombre de la libertad, de la paz, del desarrollo, del libre mercado, de la propiedad privada como bienes comunes; ya no satanizarán a la Pachamama, por el contrario, bendecirán sus apuestas civilizatorias con q’oa, se pondrán poncho y ch’ulu; ya no quemarán la wiphala, le despojarán de su sentido anticolonial para volverlo en una bandera folklórica de los ‘indiecitos’.
El tiempo electoral es el medio no para posesionar consignas de los binomios presidenciales, sino para imponer un sentido común de condena al cuarto de siglo en el gobierno que estuvo liderado por los indios insurrectos radicales y anticoloniales.
Pero no podrán enterrar en el olvido lo que creen que es el pasado negativo, lo que dio origen a este cuarto de siglo de transformaciones que marcó indefinidamente nuestra historia; no es el ser humano como individuo liberal despersonalizado sin identidad, sino es el ser humano colectivo, comunitaria y sindicalmente organizado, que tiene historia en el presente y que también representa historia como horizonte indefinido.
El paso inmediato que requieren las élites aspirantes es devolverle a la democracia la ciudadanía liberal colonial; todos tenemos las mismas obligaciones y valemos por igual porque somos individuos, esa suma de más 11 millones de individuos de los nueve departamentos conforma el pueblo; ése es el sentido positivo de pueblo y sociedad ideal, donde nos identificamos por el nombre presidiendo de la identidad.
Los millones de hombres y mujeres que a lo largo de siglos lucharon para que se reconozca su condición de nación y pueblo como sentido identitario y de pertenencia, transformando la vieja la república, pero no negándolo, lograron constitucionalizar en la primera y única Asamblea Constituyente elegida por sufragio universal, el nuevo sentido de nación y pueblo: “La nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en su conjunto constituyen el pueblo boliviano” (art. 3 CPE) no es un concepto inclusivo, sino una definición de nación y pueblo que no excluye e integra; es decir, nadie es propietario de nuestra patria para incluir, nadie individual ni colectivamente debe ser excluido; por el contrario, debemos complementarnos, ésa es la casa común donde el derecho no es enunciativo ni privilegio selectivo, sino deviene de tu origen de nacimiento e identidad; consecuentemente, redefiniendo la estatalidad, es plurinacional, y la forma como concurrimos en la sociedad plural no es dualista, sino holística y complementaria.
El estado de ánimo adverso de las sociedades urbanas, que no es nuevo, tampoco es espontáneo contra lo que representa lo indígena anticolonial; es el tiempo propicio que necesitan las élites que añoran la pasarela hollywoodense para imponerse como libertarios y sancionar a los insurrectos. Este estado de situación no sería posible sin la complicidad manifiesta y activa de los que tienen temporalmente la titularía del poder político.
La constitucionalización y construcción del Estado Plurinacional nunca fue el ideal ‘perfecto’ ni el sujeto colectivo el actor romantizado, los desafíos no son solo aspiraciones sino las contradicciones y disputas propias de un Estado y sociedad en transición indefinida.

















































































