Tras varios intentos fallidos de arranque de campaña —en este proceso en el que las fechas oficiales se han vuelto casi un mero formalismo—, el pasado fin de semana algunos sucesos mediatizados marcaron un quiebre. Finalmente, la carrera electoral entró en fase visible y la ciudadanía empezó a recibir señales de contenido por parte de la oferta electoral, envueltas —como siempre— en estrategias de marketing que apelan al voto emocional o, con menos frecuencia, al racional.
Hay cierto consenso: estas elecciones mantienen la chispa de futuro encendida y, en muchos casos, una sensación de posible viraje frente al agotamiento del presente. Pero mientras se pide contenido para salir de la crisis, buena parte de la conversación pública sigue girando en torno a las personas. Es el reflejo de la política emocional y también el síntoma de una polarización que, nos guste o no, sigue habitando nuestras formas de ver la política. No es nuevo, pero en un momento que exige claridad y acción, puede ser costoso.
En medio de un mar de malestares, animadversiones, vendettas y vómitos públicos, las olas golpean con más fuerza a las pocas mujeres que llegaron a las primeras filas de las candidaturas. Esto porque osaron ejercer con paso firme su derecho político a ser opción electoral. Tampoco es nuevo, menos raro en una sociedad donde la participación política de las mujeres sigue siendo interiorizada como una amenaza para el patriarcado, incluso —o especialmente— en tiempos regresivos y antiderechos.
A ellas se las ataca por estar, por llegar, por contestar, por posicionarse, por no responder a expectativas ajenas. Y todo con una lupa siempre más grande que la que se aplica al resto de una clase política históricamente masculina. No es anecdótico, no es accidental. Se ha estudiado y develado ampliamente: es una forma de silenciamiento y de castigo. Es el modo en que el sistema busca domesticar a las que se atreven y a las que están viendo ese atrevimiento.
Pero más allá de ese patrón, que se repite con precisión milimétrica, hay algo más grave que nos concierne a todos y todas: si como electores optamos por seguir en la ruta del ruido, la desinformación, el escarnio y el odio como forma de hacer política, entonces lo que vamos a tener es una elección donde triunfe el rechazo. Y una democracia que se sostiene solo en el rechazo es una democracia en (mayor) riesgo de deterioro.
No es solo intuición. Según la encuesta Delphi de la Fundación Friedrich Ebert Stiftung (FES), realizada en julio de 2025, la tercera preocupación más fuerte de la ciudadanía en torno al proceso electoral es “la desinformación y la guerra sucia”. Y no es un fenómeno aislado. De acuerdo con el último informe de International IDEA, la desinformación y los discursos de odio son hoy la mayor amenaza para los procesos electorales a nivel mundial, presentes en el 92 % de los países que acudieron a urnas recientemente.
Está claro, apoyar a un candidato específico no resolverá la crisis sistémica. Además, es evidente que la oferta electoral paupérrima y que el sistema de partidos atraviesa una de sus peores horas. No hay épica posible en esta elección, pero sí hay esperanza en que el inicio de la salida del hueco es por ahí. Y si sabiéndolo optamos por quedarnos en el rincón del rechazo, el repudio y el pesimismo, los resultados de las urnas solo extenderán y amplificarán este triste tiempo político que, más temprano que tarde, necesitamos superar.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka
















































































