La política exterior de un país no es simplemente un ejercicio protocolar, ni debe limitarse a representar símbolos o afinidades ideológicas. En tiempos de profundas transformaciones globales y crisis internas, se convierte en una herramienta vital para generar oportunidades, atraer inversiones, abrir mercados y posicionar estratégicamente al país en el escenario internacional. Bolivia, en vísperas de un nuevo gobierno, enfrenta el desafío ineludible de replantear su política exterior económica y alinearla con un proyecto de desarrollo nacional inclusivo y sostenible.
Durante los últimos años, la política exterior boliviana ha estado marcada por vaivenes ideológicos, giros abruptos y un enfoque que, en ocasiones, priorizó el aislamiento selectivo por encima del diálogo estratégico, lo cual redujo las posibilidades de aprovechar la dinámica del comercio global, las nuevas cadenas de suministro, los avances tecnológicos y las oportunidades de cooperación internacional. En el próximo ciclo gubernamental, será indispensable asumir “una mirada pragmática” que ponga al centro los intereses económicos del país, sin renunciar a los principios que rigen la soberanía y el respeto mutuo entre naciones.
El primer gran desafío es superar la visión ideologizada de las relaciones exteriores, por lo tanto, debería ser pragmática, multidireccional y abierta a la cooperación con todos los bloques económicos y políticos, sin exclusiones automáticas, lo cual no significa renunciar a valores históricos, sino más bien, priorizar el bienestar de la población mediante una política que atraiga inversiones, fomente nuestras exportaciones y conecte al país con el mundo.
En ese marco, Bolivia necesita construir una diplomacia económica profesional y proactiva. Nuestras embajadas y consulados deben transformarse en agencias de promoción de inversiones, de exportación de bienes, servicios y del turismo. Nuestros representantes diplomáticos deben ejercer la “diplomacia comercial” como base sólida de su misión, conociendo la realidad económica del país, hablando el lenguaje de los negocios y con plenas capacidades para identificar oportunidades concretas en los países donde operan.
El segundo gran desafío está en la región. Sudamérica atraviesa también un proceso de redefinición geopolítica, con nuevas dinámicas en la CAN, el Mercosur y la Alianza del Pacífico. Bolivia no puede permanecer como un actor pasivo o periférico. Es fundamental que el próximo gobierno recupere protagonismo regional, impulsando proyectos de infraestructura de integración como los Corredores Bioceánicos o Interoceánicos, mejorando la conexión con puertos del Pacífico y el Atlántico, y promoviendo acuerdos fronterizos que faciliten el comercio, la logística y la circulación de personas.
Al mismo tiempo, es necesario fortalecer los vínculos con los países vecinos como Brasil, Argentina, Uruguay, Perú, Chile y Paraguay, a través de una administración eficiente de agendas económicas concretas y con resultados. Esto incluye interconexión energética, cooperación minera, corredores logísticos, acuerdos aduaneros y políticas comunes para enfrentar el cambio climático.
Bolivia necesita con urgencia atraer inversión extranjera directa (IED) en sectores estratégicos como energía, litio, agricultura, manufactura, biotecnología y turismo. Para lograrlo, no basta con discursos o decretos. Se requiere una política exterior que promueva activamente el país como un destino atractivo, confiable y competitivo.
El nuevo gobierno deberá garantizar seguridad jurídica, marcos regulatorios estables, y fortalecer acuerdos bilaterales de promoción y protección de inversiones. Asimismo, será vital reactivar o negociar tratados para evitar la doble tributación y facilitar la repatriación de capitales. La institucionalidad boliviana también debe mostrar señales de madurez democrática y estabilidad macroeconómica para consolidar la confianza internacional.
Es imperante pensar en institucionalizar el diálogo público privado en el ámbito de la política exterior económica. Se necesita mayor coordinación entre la Cancillería, el Ministerio de Economía, el de Planificación, el de Desarrollo Productivo y el sector privado, que podría ser resuelto mediante la creación de un “Consejo Nacional de Política Exterior Económica” que integre visiones públicas, privadas – empresariales y académicas para la formulación de estrategias y políticas públicas efectivas en el ámbito.
El próximo gobierno boliviano no puede darse el lujo de relegar la política exterior a un segundo plano. Bolivia es rico en recursos, ubicación geográfica estratégica, talento humano y potencial productivo. “Lo que hace falta es voluntad política, institucionalidad fuerte y una política exterior que sepa posicionar al país donde merece estar: en el corazón del desarrollo sudamericano”.
(*) Gustavo Jáuregui Gonzáles es asesor empresarial, especialista en gerencia de organizaciones empresariales














































































