A solo 20 días de las elecciones, las y los bolivianos compartimos una certeza: llegaremos al 17 de agosto (17A). No es algo menor. Y es que, desde antes de la convocatoria, los jinetes de las profecías autocumplidas daban por descontado que no habría votación, que los autoprorrogados harían lo suyo, que Arce se atornillaría en el cargo, que una crisis en el TSE postergaría los comicios, en fin, que estábamos más cerca de la convulsión/colapso que de las urnas.
Sí, señorías, llegaremos a la jornada electoral. Y esperamos que sea participativa, pacífica, ordenada. Al final del recorrido, la ciudadanía siempre redime la fragilidad de las instituciones y las miserias de los políticos (y de sus operadores mediáticos). Tendremos que evaluar la integridad del proceso: ¿califican como elecciones plurales y competitivas cuando el sistema operó la proscripción de un actor relevante? Habrá votación, pues, y un resultado hoy incierto.
La pregunta es qué sigue después. La respuesta puede ser cronológica, de coyuntura o de agenda. Luego del 17A, viene el 18A: el día posterior a los comicios, como todos los lunes, tocará ir a trabajar, a estudiar, a enfrentar la cotidianidad. “Porque antes que nada / y a pesar de todo / hay que sobrevivir”, canta Serrat. Hacemos votos para que nadie declare “fraude monumental” (sic) y vaya a quemar tribunales electorales.
Pero ese mismo lunes habrá que enfrentar algunos desafíos de coyuntura, que en rigor abonan retos de gobernabilidad. Menciono cuatro. El primero, claro, es sostener sin impugnaciones la legitimidad de la elección y de su resultado. El segundo es garantizar la segunda vuelta del 19 de octubre en condiciones razonables de contexto. El tercer reto: tejer puentes y acuerdos en la nueva ALP para construir una mayoría decisoria (no solo aritmética). Y el cuarto, compensar con políticas públicas la débil legitimidad de origen del Gobierno electo.
Hay dos premisas para una transición cierta desde la posesión el 8 de noviembre: que la residual administración del presidente Arce gestione sin colapso la crisis económica, y que no tengamos un escenario de conflictividad social con revuelta. Nos esperan escombros: hay que evitar que sean cenizas.
¿Y los desafíos de agenda? Ahí está, en el cortísimo plazo, el paquete de medidas que todos anticipan para afrontar los números rojos en la economía. Y, más temprano que tarde, habitan las muy esquivas reformas para encarar la debacle institucional. Parece demasiado pedir el trazado de un proyecto de país. Pero al menos tendríamos que pasar del tiempo de las cosas diminutas al tiempo de las cosas necesarias. Hay vida después del 17A.
FadoCracia anuladora
- ¿Qué pasaría si un domingo de elecciones, los ciudadanos concurrieran masivamente a las urnas y más del 70% votara en blanco? Sería el colapso del sistema. 2. De tal ejercicio cívico y sus efectos se ocupa Saramago en su magnífico Ensayo sobre la lucidez. Es síntoma de desencanto democrático cuando una parte de la población no se siente representada por ninguna opción en competencia. 3. A esa expresión de protesta apuesta hoy el evismo, entre rabia y amenazas, con la consigna de anular el voto. 4. ¿Qué pasaría si en estos comicios el voto nulo fuera abundante? Legalmente cuenta para la estadística, pero habría un boquete de legitimidad. 5. En nuestra democracia, la anulación del voto es un derecho, pero no ha sido decisoria (en promedio, en nueve elecciones entre 1985 y 2020, alcanzó apenas el 3,7%). 6. Un dirigente jura que esta vez superará el 45%. Parece delirante. El mismo Evo se atribuye la suma del 32% de blancos, nulos e indecisos que aparece en alguna encuesta. 7. Bastaría que el 20% votara nulo, por encima o compitiendo con la votación de los principales candidatos, para que, siendo válida, tengamos una elección fallida. Urnas.
José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.
















































































