I. El país que vive en campaña: Bolivia y las memorias del oro sucio
Me tocó crecer escuchando nombres que envejecían en cada boleta electoral. Manfred. Tuto. Doria Medina. Nombres que no se van porque nunca se fueron. Como si Bolivia estuviera atrapada en un disco rayado que repite el coro sin avanzar en la canción. A veces me pregunto si el país realmente eligió, o si solo aplaudió a quienes sabían gritar más fuerte.
Es año electoral otra vez, y como cada vez, el país empieza a vibrar con esa fiebre vieja que llamamos política. Los carteles ya se preparan. Las palabras grandes —“renovación”, “progreso”, “esperanza”— se imprimen sin pudor, sin contexto, sin historia. Y, al fondo, como sombras que vuelven cuando huelen poder, reaparecen los que juraron retirarse. Los que se fueron a esperar su momento en el silencio cómodo de una embajada, de una empresa, de un exilio autoimpuesto.
Y esta vez, entre ellos, aparece un nuevo rostro viejo: Marcelo Claure. El empresario que “cree en Bolivia”, pero desde un Wi-Fi importado. El que habla de transformación como si esta nación fuera un startup mal dirigido. Su apoyo no es al pueblo, sino a la posibilidad. Como todos los demás, ha entendido que en Bolivia el poder no es una responsabilidad: es un botín.
Yo lo he visto. He estado en esas mesas. He escuchado cómo se reparten futuros, cómo se fabrican partidos como si fueran productos de mercado. Hablan de candidaturas como si hablaran de fusiones. No hay épica. No hay pueblo. Solo cálculo.
Este es el país donde el poder se vuelve fiebre. Una fiebre que hace sudar a los que siempre lo desearon, y vomitar a los que aún creen en la ética. No hay proyecto de país, solo proyectos personales. Bolivia se ha convertido en un espejo roto, donde cada político se ve como el salvador y cada ciudadano como un voto a conquistar, no como un destino a servir.
Pero esta fiebre no nace sola. Tiene caldo de cultivo: la falta de memoria, la fragilidad democrática y, sobre todo, la crisis educativa. Porque lo que más duele no es que vuelvan los de siempre, sino que el país no haya formado todavía a los que deberían reemplazarlos. Nadie puede salvar a Bolivia si Bolivia no ha aprendido a salvarse de sí misma.
Hay generaciones enteras que no saben quién fue Zavaleta, que creen que la democracia empezó con un tuit y que se gobierna con carisma en TikTok. Esa no es culpa de los jóvenes. Es culpa de un sistema que prefirió callar su historia antes que enseñar a pensarla.
Y en ese silencio, los caudillos crecen. Se reciclan. Se multiplican. Y el país sigue girando en el mismo eje torcido que repite el mito del mesías político.
El poder, en Bolivia, no se construye con ideas: se hereda como un apellido. Y así, cada elección se convierte en una disputa de memorias fracturadas, donde el pasado pesa más que el futuro.
II. Cuando el poder no duele, es porque no se ama al país
Siempre he creído que el poder, cuando es legítimo, debe doler. Debe pesar como la tumba de los caídos en Senkata, como los gritos de las madres en El Alto, como los hospitales vacíos donde la salud fue una promesa rota. El poder debe doler porque viene de la gente, no del ego. Quien busca el poder sin que le duela Bolivia, no merece gobernarla.
Pero los aspirantes abundan. Los programas de gobierno se fotocopian. Los debates se escapan. Y lo único que crece es la maquinaria electoral. En esta democracia fragmentada, los órganos del Estado ya no son instituciones: son herramientas de supervivencia partidaria.
El judicial se arrodilla. El legislativo grita sin escuchar. El ejecutivo administra sombras. Y el Órgano Electoral, que debería ser sagrado, arrastra el descrédito de 2019 como una herida que nunca cerró. ¿Qué podemos esperar de un país donde las instituciones no reflejan la ética, sino el acomodo?
Mientras tanto, los verdaderos servidores públicos —los que madrugan en aulas rurales, los que curan sin salario, los que investigan sin presupuesto— no tienen partido, ni propaganda, ni micrófono. Son los invisibles del sistema, los que no buscan poder porque ya sirven, y a quienes nadie entrevista porque no dan likes.
Esos son los verdaderos patriotas. Los que merecen escribir la próxima Constitución.
Y sin embargo, seguimos atrapados en el círculo de los que vuelven cuando huelen poder. Hombres que usan a Bolivia como escalera, no como patria. Que invierten en encuestas, no en ideas. Que aprenden a decir “pueblo” como se aprende un idioma extranjero.
El problema no es que tengamos elecciones. El problema es que votamos como si no hubiéramos aprendido nada. El poder se ha convertido en fiebre porque el país ha normalizado el delirio. Y el resultado es una política sin alma, una democracia sin pedagogía, y un pueblo que mira desde lejos, como quien ve un incendio sin saber si correr o sentarse a llorar.
La democracia no puede sostenerse solo en el acto de votar. Necesita cultura cívica, necesita ciudadanía crítica, necesita instituciones éticamente robustas. Y nada de eso se construye en una campaña: se forja en la escuela, en la prensa libre, en los movimientos sociales honestos.
III. El oro no vale si el país se quema
La fiebre del oro político no solo destruye instituciones. Destruye generaciones. Porque el joven que hoy ve que se gana poder sin ética, será mañana el adulto que lo busque sin escrúpulo. Y eso es lo que no podemos permitir.
El poder, en Bolivia, debe dejar de ser un privilegio. Debe convertirse en una deuda. En una promesa viva con la historia. En un ejercicio que se hace con dolor, con verdad, con memoria. Gobernar no es un premio: es un acto de entrega.
Y mientras eso no suceda, mientras el poder no duela en el alma de quien lo ejerce, seguiremos repitiendo esta tragedia cíclica. Esta farsa luminosa. Este oro sucio que quema más que lo que vale.
Bolivia merece más que candidatos: merece líderes. Merece más que campañas: merece caminos. Merece más que promesas: merece justicia.
Y eso solo llegará cuando el poder deje de ser una fiebre y se convierta en servicio. Cuando cada político sepa que ocupar un cargo no es tocar el cielo, sino arrodillarse ante un pueblo que ha sufrido demasiado como para seguir soportando farsas.






















































































