La conquista del voto universal fue uno de los logros sociales más trascendentales de la historia de Bolivia. Hasta antes de julio de 1952, los bolivianos no teníamos los mismos derechos políticos. Solo unas minorías calificadas podían sufragar en elecciones. Las mujeres, los indígenas y los analfabetos estaban excluidos de ser electos, además que no podían escoger a sus representantes, algo que podría considerarse como esencial en una sociedad democrática, pero la nuestra estaba acartonada.
Desde la instalación del sufragio universal, el voto ha sido la manera natural de cómo las clases más desatendidas y humildes del país se han hecho escuchar frente a las élites políticas y acomodadas, sin por ello renunciar a otras medidas de acción y protesta. El sufragio se convirtió en el principal canal de interlocución entre clases sociales, aunque de manera intermitente porque solo se activaba en épocas electorales, cuando los políticos salían a “cazar” votos entre los sectores populares. El resto del tiempo, gobernaban para sí mismos.
Con el paso de los años, ayllus y comunidades aprendieron a no entregar su voto a cambio de un kilo de arroz, una bolsa de cemento o una lámina de calamina como sucedía en los tiempos de Víctor Paz Estensoro y René Barrientos Ortuño. La madurez política de los movimientos indígenas les permitió comprender que el voto era su principal arma de supervivencia política y social, siempre y cuando actuaran unidos. A pesar de que el sufragio a nivel individual parecía insignificante a simple vista, su fuerza se multiplicaba cuando se ejercía de manera colectiva y estratégica, haciendo realidad el lema inscrito en nuestra moneda: “La unión hace la fuerza”.
Esa unidad, sin embargo, duró poco. Hoy, el campo popular vive una fragmentación que nos recuerda los tiempos de Túpac Katari. La diferencia es que ya no son caballos españoles los que tiran de sus extremidades, sino los jinetes del individualismo, el oportunismo, la codicia y el prebendalismo. Algunos líderes políticos, dirigentes y asambleístas no supieron comprender la dimensión histórica de las luchas sociales y terminaron debilitando un proyecto común de décadas. La ausencia de un liderazgo unificador derivó en fracturas orgánicas que amenazan con el fraccionamiento del voto ciudadano en las próximas elecciones como estocada final, para dar muerte al proyecto político más importante que tuvo este país.
A ello se suma la manipulación del proceso electoral desde el propio Órgano Judicial: persecuciones políticas, inhabilitación de siglas y la eliminación de las elecciones primarias a conveniencia. Estos hechos no deben caer en el olvido, pero tampoco es momento de sembrar más odio o revanchismo. Es momento de mirar al frente y actuar. Mientras el movimiento popular se desgasta en una pelea interna, los sectores conservadores ya instalaron su narrativa de victoria, apoyados en encuestas obcecadas, medios de comunicación afines y analistas que distorsionan la realidad para inducir el voto a lo que ellos creen que será un triunfo apabullante a su favor.
La crisis se profundiza porque una parte del propio frente popular ha decidido impulsar una campaña por el voto nulo. Aunque esta postura se presenta como un acto de rechazo y repudio al actual sistema político viciado, en la práctica podría convertirse en un error estratégico de enormes consecuencias porque, en vez de castigar a los políticos, podría terminar castigando al pueblo al cual se busca proteger, porque se convierte en una estrategia funcional a los intereses de la derecha racista y blasfema facilitando su retorno al gobierno. Aquella que, de volver al poder, desmontará los avances en inclusión social construidos durante más de una década por ellos mismos. Arce destrozó el modelo económico. No necesitamos repetir la misma destrucción con el Estado plurinacional.
En el ámbito legislativo, el voto nulo podría otorgar a la derecha los dos tercios en la Asamblea, poniendo en riesgo la continuidad del Estado Plurinacional al abrir la puerta a reformas constitucionales que eliminen la wiphala como símbolo patrio, privaticen las empresas estratégicas y los fondos de pensiones, y conviertan el agua en un negocio. En otras palabras, sería dar rienda suelta para la entrega de nuestros recursos naturales a manos extranjeras.
Votar nulo es apostar por la ingobernabilidad y el caos bajo la apariencia de un acto democrático. Las medidas que el país necesita para estabilizarse requieren del respaldo popular y de un apoyo legislativo sólido. A 73 años del voto universal, la mejor manera de conmemorar su conquista es ejerciéndolo con conciencia y sabiduría.
No debemos votar nulo. Hacerlo sería cortar nuestro principal instrumento de defensa. Sería silenciar la voz de los humildes. Asistamos a las urnas sin miedo. Con la convicción de que nuestro voto sigue siendo la herramienta más poderosa para defender lo que nos pertenece.
Omar Rilver Velasco
es habitante del Kollasuyo, Yatiri económico y promotor del Vivir Bien.

















































































