A medida que Bolivia se aproxima a la segunda vuelta de sus elecciones presidenciales, el debate en torno a los candidatos Tuto Quiroga y Rodrigo Paz pone de relieve una realidad que trasciende las propuestas y promesas de campaña. Ambos presentan planes de gobierno detallados, hojas de ruta que buscan responder a los problemas más agudos del país. Sin embargo, la experiencia histórica boliviana demuestra que estos planes raramente se desarrollan exactamente como fueron planteados. La verdad es siempre parcial, y detrás de esa paradoja está la compleja búsqueda de la gobernabilidad.
El sistema político boliviano es fragmentado y plural, por lo cual ningún candidato posee la “llave” para gobernar en solitario. La necesidad imperiosa de formar alianzas se convierte en la principal condición para alcanzar y mantener el poder. Estas alianzas no son meras transacciones de cargos, sino complejas negociaciones que obligan a redefinir prioridades y a modificar las propuestas originales. Temas álgidos como la economía, la justicia, la educación, la salud y la lucha contra la corrupción se transforman en puntos de negociación donde los planes iniciales necesariamente se adaptan a las visiones y demandas de los socios políticos.
Mirar el bosque, no solo el árbol
Es común que la ciudadanía ponga la atención en promesas puntuales, en propuestas específicas, pero la política exige tener una visión de conjunto: mirar el bosque, no solamente el árbol. Bolivia no es una caja homogénea, sino un entramado de actores, intereses sociales y factores históricos que vuelven imposible una gobernabilidad desde un proyecto cerrado. La construcción del poder implica acumulación de apoyos a través de pactos que necesariamente implican transacciones políticas y conciliaciones.
La historia como maestra
Pensemos en las lecciones del pasado para entender mejor la dinámica actual. El último mandato de Víctor Paz Estenssoro (1985-1989) es emblemático. A su llegada al poder con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), su programa inicial apostaba a un Estado fuerte que recuperara el control y regulación de la economía, procurando un desarrollo con justicia social.
No obstante, la profunda crisis económica heredada y la hiperinflación insostenible lo enfrentaron a una situación insuperable con el programa original. Para lograr gobernabilidad, Paz Estenssoro firmó un “Pacto por la Democracia” con Acción Democrática Nacionalista (ADN), partido del exdictador Hugo Banzer. Este acuerdo implicó una transformación radical: su gobierno implementó el Decreto Supremo 21060, que dio paso al modelo neoliberal en Bolivia, con privatizaciones, apertura a la inversión extranjera y ajustes estructurales severos.
Así, el programa estatalista y revolucionario del inicio fue sustituido por políticas económicas que, si bien estabilizaron el país, provocaron fuertes controversias y resistencias sociales. La gobernabilidad se impuso como la condición que moldeó las políticas públicas, distanciándose del plan original.
Un caso similar puede observarse con Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997), también del MNR. Su gobierno arrancó con la ambiciosa capitalización de empresas públicas, una política que buscaba abrir la economía y fomentar la inversión extranjera mediante la transferencia parcial del patrimonio estatal a inversionistas privados.
Sin embargo, para consolidar su poder, debió pactar con el Movimiento Bolivia Libre (MBL) y la Unidad Cívica Solidaridad (UCS), que le exigieron modular ciertas medidas para incorporar aspectos sociales y políticos no contemplados en su plan inicial. La capitalización, entonces, incorporó clausulas sociales y acuerdos de compensación para evitar un desgaste mayor. Producto de estas negociaciones, el plan original se matizó y adaptó a los nuevos equilibrios políticos, demostrando que la gobernabilidad se construye sobre la base de consensos y concesiones.
Actores y negociaciones
La situación actual no es diferente. Tuto Quiroga y Rodrigo Paz encabezan las listas, pero sus candidaturas son solo un eslabón en una red política amplia que incluye a Samuel Doria Medina, Manfred Reyes Villa y otros actores con presencia parlamentaria.
Cada uno de estos grupos tiene visiones propias sobre la economía, la justicia y otros temas claves. Sus respectivas posiciones serán determinantes a la hora de configurar el futuro programa de gobierno. Más allá de las propuestas iniciales, la verdadera gobernabilidad dependerá de la capacidad de cada candidato para negociar y construir consensos en un sistema político fragmentado.
Tampoco se puede soslayar la influencia persistente del ex presidente Evo Morales y su partido, que continúan siendo actores con fuerza electoral y social considerable, lo cual obligará a todo gobierno a considerar esas fuerzas para evitar fracturas peligrosas.
Estadistas a prueba
Además, el camino que transiten los candidatos y sus acompañantes políticos durante este tiempo rumbo a la segunda vuelta será una pista clave para discernir quiénes tienen la “pasta de estadistas”. En un país marcado por crisis y desafíos estructurales, el liderazgo no se mide solo en capacidad discursiva o en la calidad de programas escritos, sino en la aptitud demostrada para construir acuerdos, manejar contradicciones y establecer políticas de Estado sostenibles.
Solo quienes tengan visión estratégica, pragmatismo y flexibilidad podrán diseñar e implementar respuestas que trasciendan los intereses coyunturales y permitan superar los retos políticos, económicos y sociales de Bolivia. Por ello, más allá de las palabras inaugurales, el verdadero valor del liderazgo se evidenciará en su capacidad para gestionar la complejidad y articular la gobernabilidad.
Reflexión final
En esta segunda vuelta, el votante no está eligiendo un programa inmutable, sino a un líder capaz de adaptarse y gestionar la dura realidad política boliviana. La votación definirá el rumbo formal, pero el gran desafío llegará después: tejer las alianzas necesarias para gobernar y sostener el país en tiempos difíciles.
La responsabilidad del pueblo es no perder de vista que la estabilidad y el progreso dependerán menos de promesas inflexibles y más de la habilidad para construir consensos amplios y duraderos. Demandar transparencia y compromiso en los pactos, así como velar para que éstos respeten los intereses mayores de la nación, debe ser un deber ciudadano constante.
En definitiva, el futuro de Bolivia no estará en las hojas de papel de las campañas, sino en las manos y la mente del próximo presidente, quien deberá demostrar que su liderazgo y su capacidad de estadista son la base para un nuevo tiempo de gobernabilidad.






















































































