Cachín Antezana, filólogo y ensayista, gran pensador boliviano, falleció el 28 de agosto de 2025. De él no puede decirse que no haya sido homenajeado en vida. Al contrario, recibió todos los premios intelectuales existentes. El último apenas un mes antes de su muerte, en el Congreso de Estudios Bolivianos que se realizó en Sucre. Allí fue reconocido junto con otros dos personajes de la cultura nacional: Vicky Ayllón y Godofredo Sandoval.
El encargado de presentarlo antes de que se le entregara el premio fue su amigo y editor, Alfredo Ballerstaedt, quien falló involuntariamente al asegurar que el gesto de la Asociación de Estudios Bolivianos (AEB) no constituía una despedida. Al final, pese a las intenciones, lo fue.
Ballerstaedt se preguntó por qué la diversa obra de Cachín no tenía “hendiduras”, sino más bien “compactación y ensalzamientos”. Y se respondió con una metáfora de Félix Guattari: Porque Antezana no se dejaba atrapar (por los tentáculos de lo previsible, lo prefabricado) y cada una de sus líneas de investigación, “el lenguaje, la literatura, el pensamiento social, los discursos o el fútbol”, eran “líneas de fuga” de una posible “captura”.
Unos minutos más tarde, Cachín Antezana respondía al discurso de Ballerstaedt en los siguientes términos: “Qué líneas de fuga ni qué ocho cuartos”.
De lo que se había dicho de él en esa ocasión, sugirió, lo que contaba era algo que en realidad no se había dicho de él: la voz de Gladys Moreno cantando en el video biográfico que se había exhibido al comenzar el acto de premiación. El amor de Cachín por Gladys Moreno era mayor que cualquier otro. También su gusto por las paradojas y las provocaciones.
Luego el homenajeado continuó: “Esta noche ha sido larga”, señaló a propósito de la premiación de la AEB a tres intelectuales. “Me hizo recuerdo de cuando mi papá no tenía plata y ponía en su cine de Tupiza función triple”. Risas en la sala y también cierta incomodidad: el efecto que suele causar la desinhibición de los viejos.
Fue así como Cachín redujo a una nadería un valioso premio, que seguramente le dio gusto recibir, ya que viajó a Sucre para ello a pesar de que se encontraba algo enfermo (nada como para sospechar lo que se venía). Así era él. Como diría el psicoanálisis, manifestaba su narcisismo a través de la provocada y pensada ocultación del ego.
Al día siguiente, en un almuerzo en el Urbano, el inevitable café de Sucre, Alfredo Ballerstaedt fue objeto de la mofa de los amigos por aquello de los “ocho cuartos”. Entonces Cachín se refirió a las “líneas de fuga” de la siguiente manera: “Tiene que ser un concepto de Paul Celan”. Celan era el poeta que él más amaba. Seguramente Cachín estaba pensando en “Fuga de muerte”, el poema más célebre de Celan, dedicado como muchos de los suyos al Holocausto en el que su familia había perecido. Este es el poema que en 1951 provocó como reacción la famosa boutade del filósofo Theodor Adorno: “Después de Auschwitz, escribir un poema es barbárico”. O la versión que quedó fijada: “Es imposible escribir un poema después de Auschwitz”.
Un ejemplo de un tipo de crítica literaria, severa y terminante, que Antezana nunca ejerció.
Alfredo rechazó la atribución que había hecho Chachín de la noción de “líneas de fuga” e insistió en que había usado un concepto del psicoanalista y teórico Guattari, que cuando hablaba de “fugas” pensaba en geometría y posestructuralismo. Y entonces Cachín replicó: “Lo debe (Guattari) haber tomado de Celan”, con lo que el asunto quedó zanjado.
Un año antes, Alfredo y Mauricio Souza habían publicado “Habitar la lectura. Homenaje a Luis H. Antezana” (Plural Editores), libro en el que 12 intelectuales hacen algo que muy pocos además de Cachín podrían convocar: un elogio multidisciplinario, sin “hendiduras” ni “líneas de fuga” de su obra. Creo que esta capacidad de hacerse amar en un campo más bien desolador como el académico era el resultado de la suma de varias cosas: la estrategia invisibilizadora de su ego, de la que ya hablamos; su carácter despreocupado, que le permitía “perder” mucho tiempo en la tertulia y la amistad, aunque con ello restara más escritos a la posteridad, y la real grandeza de su escritura, que sin duda está entre las más importantes del ensayismo nacional.
Cachín Antezana vivió largo y murió rápido, tras lo cual se produjo un luto colectivo que no se ha visto ni con el deceso de expresidentes y exfutbolistas. ¿Qué más se puede pedir?
Tan solo, quizá, unos pocos versos de Celan, que aquí van: “Grita toquen más dulcemente la muerte/ la muerte es un maestro de Alemania grita/ tañan más sombríamente los violines para que asciendan/ cual humo en el aire para que tengan una tumba en las nubes/ donde no hay opresión”.
(*) Fernando Molina es periodista















































































