¿Por qué el nuevo mural del Banco Central de Wilson Zambrana gusta a algunos y a muchos no? ¿Por qué la alta sociedad paceña no construye sus casas en estilo cholet? ¿Por qué Alfredo La Placa no es conocido ni valorado por los habitantes del área rural?
En cualquier sociedad, tanto del norte como del sur, la validación de las obras artísticas es enmarañada, y muchas veces arbitraria. Para destrabar esos líos, las partes constitutivas de la institucionalidad artística occidental (historiadores, críticos, museos, mercado, etc.) se encargan de filtrar y entronizar a obras y autores estableciendo un ranking histórico de gustos y obras artísticas que representen a las naciones en la historia universal. Por el momento, es un andamiaje institucional sometido al poder político y simbólico del capitalismo global.
Rehuyendo cautamente el debate sobre la hegemonía global del arte occidental, me interesa el futuro de los artistas en un estado plurinacional. Si para las sociedades con un único horizonte cultural la representación artística es inextricable, para un creador boliviano, que debe representar y sintetizar simbólicamente treinta y tantas culturas, es la ecuación —ética y estética— más capciosa que te puedas imaginar. ¿Cómo simbolizar con una obra el imaginario de grupos sociales ideológicamente antagónicos, étnicamente diversos, y culturalmente heterogéneos? Emerge entonces el dilema: ¿seguimos los patrones artísticos occidentales “en la lógica globalizadora de la massmediatización cultural (Nelly Richard)” o erramos hasta encontrar nuestro sendero “en los pliegues de la resistencia opaca que desuniforman la gramática del mercado (García Canclini)”.
Pero, mientras nos debatimos en ese dilema, la ausencia de pensamientos penetrantes y lúcidos sobre lo pluricultural ha originado el sectarismo en las políticas artísticas estatales. Sin un horizonte cultural y artístico definido se cometieron desvaríos que terminaron en el compadrerío de siempre y en la promoción de correligionarios mediocres. La retahíla de esas políticas estatales discriminadoras ocurrió tanto en el proceso de cambio como en los gobiernos neoliberales.
El nuevo estadio sociocultural reclama a nuestros artistas la tarea de reconfigurar un escena, ética y estética, que permita escribir la nueva historiografía del arte boliviano sobre los paradigmas de la diversidad, la multiplicidad, la incertidumbre, y las fluctuaciones propias de una sociedad contemporánea. Concluyo con un recordatorio: ellos y ellas deberán seguir con su pasión artística sin el apoyo estatal, y sometidos a las ínfulas de desvergonzados políticos y empresarios que no llegan a los talones de José Vasconcelos.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto
















































































