Lo primero que vi al abrir los ojos fue la vista cenital de un bosque, como si sobrevolara las copas blancas de muchos árboles y, a lo lejos, el contraste intenso del azul y el naranja. «Estoy soñando», pensé. Me tomó unos segundos darme cuenta de que estaba en un avión, rumbo a Medellín, a uno de los festivales de poesía más grandes del mundo, y que lo que había visto como árboles eran, en realidad, nubes. «Ah, estoy viviendo un sueño», me dije.
Alguien podría preguntar: ¿para qué se reúnen los poetas alrededor del mundo? O, quizás: ¿para qué la poesía, en estos días que transita el mundo? Aunque cada vez hay más festivales poéticos en Bolivia, hasta hace unos años yo misma no sabía que existían y, cuando le cuento a mis amigos que voy a participar en uno, suele ocurrir el siguiente diálogo:
—¿Festival de poesía? ¿Eso existe? ¿Y qué hacen? —Leemos poesía. —¿Ah, sí? ¿Y qué más? —Conversamos acerca de la poesía, a veces hay presentaciones de libros, entre otras cosas. —¿Y hacen «solo» eso? ¿Durante varios días?
Sí, hay cientos de festivales poéticos en el mundo, quizás miles. Según la página del Movimiento Poético Mundial, existen 187 festivales de 150 países que forman parte de esta organización. Solo en Bolivia, este año he asistido a seis festivales, en algunos casos participando en las lecturas y, en otros, asistiendo a los eventos. Desde mi experiencia, son espacios muy valiosos para el encuentro, el diálogo y la celebración de la palabra. Son espacios vitales para comprender y valorar el lugar que tiene la palabra en el mundo.
Los festivales de poesía son una especie de interregno, casi podría decir que son territorios con propia delimitación espaciotemporal; como pequeños países que se fundan y disuelven año tras año. Naciones en las que se habla el lenguaje común de la poesía, en donde el tiempo parece adquirir un ritmo propio, a veces brevísimo por la intensidad de la agenda y de todo lo que se experimenta en cada evento; en otras ocasiones, parecen tender un puente al infinito: ¡a veces, un solo verso puede reverberar a lo largo de una vida! Y, a la vez que poseen un tiempo propio, están profundamente imbricados con el territorio y el momento histórico en que suceden. Cuestionan, conversan y proponen nuevas posibilidades al contexto en el que ocurren.
Cada festival es único, con un espíritu propio definido por su propósito, sus lugares, el equipo de personas que los organiza y los poetas que allí coinciden. Tienen algo de magia, también, y de rito. Concentran un grupo de personas y, con ellas, su pensar, su sentir y su visión del mundo. Ocurren en centros culturales, ferias de libros, teatros y lugares históricos, pero también en plazas públicas, bibliotecas, bares y espacios alternativos.
Son un punto de encuentro donde gente diversa se reúne alrededor de lecturas, conversatorios, talleres y presentaciones de libros, entre otras actividades. Son una celebración viva y colectiva de la palabra. Comparten con la vida, y con artes escénicas como la danza y el teatro, la cualidad de lo irrepetible: la confluencia exacta de voces, espacios y público, de almas que se reúnen en una alquimia que no puede reproducirse.
Conversando con un amigo bromeábamos diciendo que estos viajes merecen un género literario propio: crónicas de viajes de festivales poéticos. Este texto es un intento de ello: relatar desde mi subjetividad la experiencia que viví en este viaje a Medellín.
El Festival Internacional de Poesía de Medellín: la realización de una utopía
El Festival Internacional de Poesía de Medellín, que celebró este año su edición 35, siendo el festival de poesía más antiguo de Latinoamérica, también es conocido por tener una convocatoria masiva. Me habían hablado mucho de su público, inmenso y amoroso, pero lo cierto es que nada de lo que me dijeron me preparó para lo que viví. Recuerdo que una vez, le pregunté a una IA cuáles eran los festivales de poesía más grandes del mundo: el de Medellín encabezaba la lista. También recuerdo que lo anoté en mi agenda con el deseo de conocerlo algún día.
Su historia está profundamente ligada al contexto que lo vio nacer. Surgió en 1991, en una Medellín asediada por la violencia del narcotráfico y complejos conflictos sociales. En ese escenario de dolor, el festival se concibió como un acto para promover la paz; un llamado a la reconciliación y la escucha, a la expansión del amor a través de la fuerza de la palabra.
Medellín me pareció un hermoso testimonio de cómo el arte puede transformar una sociedad. Conocida también como «la ciudad de la eterna primavera», por su clima templado y su paisaje de valles, la ciudad está rodeada por siete cerros tutelares de un verdor que refulge a la vista. Con hermosos parques y árboles altísimos y centenarios —ceibas, yarumos y guayacanes— es una tierra de naturaleza exuberante.
Allí viven más de 2,5 millones de habitantes —se dice que tienen uno de los acentos más bonitos del mundo, y lo confirmo—, entre el rumor del metro, el tranvía, los teleféricos —que llaman metrocable—, los buses, los taxis amarillos y el zumbido de muchas motos.
Medellín, que en algún momento fuera estigmatizada globalmente por el narcotráfico, ha renacido como un foco de economía naranja e innovación social que actualmente atrae turismo de todo el mundo. Festivales como el Internacional de Poesía, bibliotecas y parques en comunas antes marginadas, la explosión de grafitis y arte urbano, y el fenómeno de ritmos como el reggaetón, han reescrito radicalmente la identidad de la ciudad. Hoy, Medellín es un epicentro de creatividad que, en una nueva paradoja, enfrenta desafíos como la gentrificación, quizás una nueva dimensión de esa palabra que tantas veces escuché en conversaciones y lecturas: «desplazamiento».
En esta ciudad se celebró, del 5 al 12 de julio de este año, el Festival Internacional de Poesía de Medellín. Bajo el lema «Poesía para reconstruir el espíritu humano», esta fiesta poética reunió a cerca de 60 poetas de 45 países de los cinco continentes. La solidaridad con Gaza emergió como un tema central, tejido naturalmente en los versos, las conversaciones y el propio espíritu del festival, resonando en su postulado central: «Por una vida que resurgirá, liberada del hierro: Poesía por la Paz».
La bienvenida que el grupo de la organización nos dio en el hotel —e incluso antes, cuando fueron a recibirnos al aeropuerto— fue el primer presagio de la magia de aquellos días. En la habitación nos esperaban regalos: la Revista Prometeo (una antología de todos los poetas participantes del festival), una polera amarilla ámbar, un imán con la palabra Medellín y una tarjeta que decía: «¡Bienvenidos a casa, poetas! Más que un festival, este es un refugio para la palabra, un altar para la belleza que nace del eco de su voz escrita. Esperamos que disfruten de cada momento, que cada lectura sea un descubrimiento y que cada conversación los inspire a seguir tejiendo versos para el mundo».
Esos pequeños gestos, inmensos en su significado, revelaban la dedicación de un equipo de más de 130 personas que trabaja todo el año en la planificación de este festival. Pronto comprendí que aquí, la poesía es un sueño que se realiza con precisión milimétrica, donde la utopía y la logística se dan la mano con total naturalidad.
¿Cómo es que, en un festival que dura una semana entera, con 60 poetas invitados de distintas partes del mundo —que hablan múltiples idiomas— y alrededor de 60 eventos gratuitos en distintos barrios y municipios —algunos en simultáneo—, con cientos o incluso miles de asistentes, todo fluye con la precisión y la armonía de una danza sincrónica?
Cosas así solo se logran y se sostienen con la fuerza del amor y el compromiso, y ese aprendizaje es algo que llevaré siempre conmigo, junto con la alegría de haber compartido esos días con tantas personas maravillosas; con un grupo de poetas tan generosos con su arte y un público tan amoroso, que aún me sigue conmoviendo con sus muestras de cariño.
La poesía como un abrazo colectivo, una onda expansiva
La lectura inaugural fue en el Teatro al Aire Libre Carlos Vieco, en el Cerro Nutibara. Un coliseo para aproximadamente 3.000 personas rodeado de árboles esbeltos. Desde temprano, comenzó a llenarse: familias, amigos, parejas, peregrinos solitarios que subían la colina. Un público diverso, de todas las edades, que guardó un silencio absoluto durante horas. El festival comenzó con la lectura colectiva de «Helenidad», del griego Yannis Ritsos. Escuchamos poemas en español, vietnamita, chino, árabe, inglés, francés, y en lenguas nativas como el emberá de Colombia y el innu de Canadá, entre otras. Por ello, es preciso hacer una mención especial a la labor que realizaron los traductores, así como los intérpretes, actores en su mayoría, que lograron transmitir la energía única de cada poema y cada autor.
Pude sentir que la escucha, tan atenta y respetuosa, es un acto de amor colectivo. Entonces comprendí por qué me habían hablado tanto del público. Después de cada lectura, la gente se acercaba a abrazarnos, a intercambiar libros; a veces nos hacían regalos y una vez, hasta me invitaron un aguardientico.
¿Cómo es que tantas personas comparten un espacio, durante horas y en silencio, para escuchar una tras otra, las lecturas de poesía? Quizás es porque intuyen en la palabra un espacio sagrado y porque saben que ese espacio también es suyo. Los he visto disfrutar cada lectura: rostros tan diversos y, a veces, los mismos; con los ojos cerrados, con lágrimas, con risas, con pequeños gestos que delatan una conmoción súbita, un aleteo interior. Los he visto sumergirse, flotar y habitar en la poesía, y es una de las cosas más hermosas que he visto en la vida.
Otro dato destacado es que este año, por primera vez, el festival se transmitió en vivo por Señal Colombia y Radio Nacional, llevando las actividades del festival a todos los rincones del país. No había dimensionado el alcance que esto podía tener hasta que, tras mi primera lectura, personas de varias ciudades de Colombia me escribieron en redes sociales para comentarme que vieron la transmisión. Fue tan emocionante leer y escuchar la forma en que cada persona recibió la poesía y sus impresiones sobre el festival; en cada uno de esos intercambios podía percibir cuánto valoran este encuentro.
Cada espacio que acogió las lecturas —desde el Teatro Carlos Vieco hasta la Casa Museo Otraparte, el Museo de Arte Moderno de Medellín, la Fundación Casa Teatro El Poblado, La Pascasia, entre muchos otros— aportó su magia singular, tejiendo una red de belleza que se expandió por toda la ciudad.
Escuchar esa polifonía de voces y conocer cada uno de esos espacios me pareció que es algo fundamental para la paz que se está construyendo en Medellín: la cercanía, la apertura para mirar al otro y escucharlo, para apreciar su riqueza única y reconocer lo que se comparte, abren puentes hacia el diálogo y el encuentro. El festival fue así una ventana al mundo —con sus cosmovisiones, historias y geografías distantes— donde hallamos, en la diversidad, un eco común.
Y están también las redes de afectos que se tejen en estos viajes, los reencuentros con poetas conocidos en otros festivales, la posibilidad de abrazar y agradecer a autores cuya obra me ha conmovido y que no conocía aún en persona; las conversaciones que germinan en nuevos proyectos. Todo esto me invita a creer que podemos vivir en un mundo en el que hay espacio para la belleza, la sensibilidad y la dulzura; para la expresión auténtica de cada ser.
Por eso, lo que pasó en Medellín —la magia que aconteció en el 35º Festival Internacional de Poesía de Medellín— no se quedará solo en Medellín, recorrerá el mundo como una onda expansiva de amor que abrazará, con esa misma ternura e intensidad de lo vivido, a cada uno de los territorios en los cinco continentes, a los que regresamos con las maletas llenas de libros y el corazón lleno de gratitud.
Quizás la poesía sea una instancia fundacional en la creación de la realidad: aquello que antecede a lo visible. Hay una alquimia que se produce en la sustancia misma del alma, en cada lectura, en cada poema recibido y en cada verso compartido. En el ámbito individual, la fuerza de la imagen y del símbolo que constituyen la poesía, nos lleva a descubrir nuevos territorios en nuestro interior y a explorar nuevas existencias posibles. A nivel social, la poesía actúa también de un modo muy sutil; a diferencia de la retórica que busca explicar o persuadir, la poesía siembra preguntas, cuestiona las bases mismas de aquello que llamamos realidad. Desde ese lugar, podemos imaginar nuevos futuros. Y quizás por eso es tan poderosa, porque actúa de un modo casi imperceptible.
Y, también, en lo concreto, los festivales de poesía me recuerdan que la poesía se traduce en encuentro, en la escucha como un acto de amor; en el intercambio de libros y de puntos de vista, como una forma de generosidad; en el abrazo, como gesto de fraternidad. Los festivales de poesía quizás existen para eso: para recordarnos que la belleza es un acto de fe colectiva. Que un mundo más pacífico y amoroso es posible, y que lo estamos construyendo con cada acción, con las manos y con la voz.




















































































