“Es como un dedo que apunta a la luna. No te concentres en el dedo o te perderás toda esa gloria celestial”, Bruce Lee, Striking Thoughts
Una experiencia sui generis estuvo abierta al público de la ciudad de El Alto en el último trimestre del año pasado. Situada en la zona Ciudad Satélite, esta infraestructura que en otro tiempo fue un tanque de agua elevado, se convirtió desde hace un par de años en el Museo de Arte Antonio Paredes Candia, dotado de varias salas a lo largo de cuatro pisos, incluyendo un espacio para biblioteca, y con una colección llamativa de pinturas, esculturas y bienes culturales. En este lugar se realizó la exposición de pinturas “De batalla”, del artista argentino Matías Paradela (La Plata, 1989).
La muestra, distribuida en dos salas, hizo confrontar la presencia física de relucientes garrafas de GLP intervenidas –posadas sobre pedestales– junto a representaciones pictóricas de garrafas; estas pinturas al óleo, sin ser abstractas, se evaden a cualquier deseo de reflejar la realidad, ya que el afán del artista no corresponde a la pintura figurativa, y sí en cambio a hacer proliferar las posibles sensaciones y significados que despierta una garrafa en el imaginario colectivo de los bolivianos.

La garrafa en escena
El tanque de gas, comúnmente conocido en Bolivia como garrafa, forma parte del sistema habitual de distribución de gas licuado de petróleo. Este tipo de vasija metálica con cierre hermético y de color amarillento, casi mostaza o a veces café, se utiliza para contener gases a presión o líquidos muy volátiles. Para el artista Paradela, la presencia tan fuerte de la garrafa en la vida cotidiana, fue un detalle que no le pasó inadvertido, cuando se vino a vivir de Buenos Aires a Bolivia el año 2013. Desde un principio le llamó la atención, y él mismo comentó que en Argentina la vida de una garrafa es mucho más anodina, menos vista.
Paradela recuerda que el 2020, durante la pandemia, se vio obligado a comprar una garrafa para tener gas, aunque al principio se había resistido un poco, ya que allá en Buenos Aires lo que se acostumbra usar en todas partes es la instalación de gas domiciliario.
“La garrafa es bastante menos común en Argentina, probablemente sea más de la vida del campo. Por eso me pareció extraño ver las garrafas en La Paz, yo lo tenía relacionado más con una cuestión de emergencia, o una situación particular. Allá las usas generalmente cuando algo no está bien. Entendí que aquí se vuelve una cuestión más cultural, porque ya funciona así. El Keiko (González) por ejemplo tiene la instalación en su casa, pero sigue usando la garrafa, para no hacer adaptar su cocina. Es algo super arraigado de aquí”.

La garrafa es un objeto funcional, frágil a pesar de su dureza, que acompaña los quehaceres de muchas familias bolivianas, pero que poco o nada se luce en el plano estético. Mayormente sucia, manchada, pasea en los camiones de distribución, con el pitido tradicional por las calles, movilizando a los vecinos de los lugares por donde pasa. Tratada como mero contenedor del gas licuado, puesta en la cocina, su existencia es poco valorada a nivel visual.
Por otro lado, Paradela se refiere también a las bondades de la garrafa, las cuales fue descubriendo en su mismo uso.
“No es tan inconveniente como parece el artefacto. Primero cuestionaba cuánto podría durar, pero luego vi que dura un montón, más de lo que imaginas. Se vuelve práctico, porque sabes cuánto vas a gastar, es como un gas prepago. Te va avisando, no te deja en cero de buenas a primeras. Y su fisicalidad es bien agresiva en algunas cosas, por ejemplo, al momento de abrirla, es bien dura. También tiene esta cosa de invasión a tu casa, con ese aspecto de objeto extraño. Mi esposa le tiene miedo por el hecho de que puede explotar. La garrafa tiene esa dualidad que me atrae mucho. […]. Es muy propio de Bolivia, no lo he visto en otro lado”.

La estrategia pictórica de la garrafa
Como buen artista contemporáneo, Paradela se apropia del signo de la garrafa para situarse en una zona de ambigüedad semántica, pero a la vez jugando con la carga política y simbólica del objeto, que en Bolivia recuerda eventos como la guerra del gas que se vivió a inicios de este siglo. No se entromete demasiado ahí Paradela, en el fondo su asunto es la pintura, no la política. Estos artefactos amarillentos los toma como disparadores de sensaciones, él pinta cuadros coloridos donde parece haber dibujado a las garrafas con la mano de un niño. No deja de ser un ejercicio juguetón y que también es consciente de la dimensión comercial del cuadro de pintura, en su faceta decorativa de ambientes.
Como hemos dicho, el asunto central de Paradela es la pintura. Incluso cuando opera con la garrafa misma como objeto y la coloca dentro de sus exposiciones, lo hace pensando en la materialidad de la pintura. No aborda el hecho de colocar una garrafa dentro de un museo en tanto que readymade, ya que la perspectiva idealista, o desobjetualizante, no le interesa, al contrario, él se posa en el objeto, lo resalta, le saca brillo, y lo interviene con diseños de su propia mano, casi como tatuando una piel. Desnaturaliza a la garrafa, será entonces objeto de contemplación estética, será soporte, pero también será, por analogía, una especie de símbolo muy decidor en su dualidad, como los tiempos que corren, situaciones de fragilidad absoluta combinadas con imágenes de la más silvestre cotidianeidad, la sensación de que todo se puede ir al diablo más temprano que tarde, pero que al mismo tiempo se contiene, como una bomba de tiempo muy cerca, en medio de nuestras vidas.
Habiendo migrado de su país natal, actualmente en posición de “residente-extranjero” y además en calidad de “permanente–por cinco años”, él lo cuenta así de manera graciosa mostrando su carnet, Paradela reflexiona en esta exposición acerca del estar en tránsito, sentirse un fluido, o en sus palabras, “un espectro sin cuerpo que busca reclamar su propio territorio” , como una de las razones por las que ha pintado repetidamente esta serie de pinturas sobre garrafas.

Lo que quisiéramos agregar es que Matías Paradela no pinta garrafas, sino que ante todo pinta; el fin de su pintura no es la representación de un objeto tal como existe en la realidad, sino la necesidad de captar una sensación existencial contemporánea que lo atraviesa. Paradela no pinta garrafas, sino que pinta con la sensación de las garrafas. ¿Y qué sensación será esta? Tal vez la de la inestabilidad, la continua posibilidad de que todo cambie en un estallido.
Epílogo: no te concentres en el dedo
Si tomamos nota de las figuras de dragones que suele pintar en sus garrafas, habiendo titulado una de ellas “Operación Dragón”, veremos la clara alusión a uno de los referentes de la cultura pop que Paradela utiliza, nos referimos a Bruce Lee (1940-1973), artista marcial, actor y divulgador de la filosofía oriental. Para cerrar este texto, recordaremos palabras de Lee hablándole a un estudiante en dicha película: “no te concentres en el dedo que apunta a la Luna, o te perderás de toda esa gloria celestial”. Pasa algo similar con las garrafas en la pintura de Paradela, la garrafa es el dedo que apunta a otra cosa, un fondo rico en sensaciones y posibles conversaciones.
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