Víctor Ortiz Barrientos cumple cien años la próxima semana. Nació un 23 de diciembre de 1925 en Uyuni, el año que Uyuni fue una de las siete asociaciones fundadoras de la Federación Boliviana de Fútbol. Su nieto homónimo y su hija (Rossío Ortiz Álvarez) han querido darle el mejor regalo del mundo: una camiseta firmada por todo el plantel del Tigre y una visita especial al vestuario minutos antes de un partido oficial. Así lo hicieron el domingo pasado en la previa del choque The Strongest versus Wilstermann.
Ortiz fue jugador stronguista durante tres temporadas tras pasar por varios equipos de su natal Uyuni; su garra como espigado y férreo puntero derecho lo llevaron por el lado gualdinegro de la vida. Su memoria centenaria nos devuelve a los años cuarenta y cincuenta; sus ojos ven las tapadas de Vicente Arraya, las patadas de Carlos Di Lorenzo, los testarazos de Serapio “Cabecita de Oro” Vega, el cintillo de capitán del inolvidable Max “Chino” Ramírez…
De profesión telegrafista en la Diter (Dirección de Telecomunicaciones Rurales), don Víctor nunca se cansó de mandar telegramas que brotaban del corazón: “The Strongest ganó partido. Stop. Otra vez campeón. Stop”. Cuando le pido una palabra que defina toda una vida, todo un siglo de stronguismo, me responde con brillo en la mirada. “¿Pueden ser cuatro? Huarikasaya, k’alatakaya, hurra, hurra”.
















































































