La ideología de la élite boliviana dictaminó secularmente la existencia de razas inferiores y superiores. Desde la década 1880, la justificación de esta creencia dejó de ser la aristotélica colonial y fue sustituida por el social-darwinismo. El gran fundador de este “racismo científico” fue Gabriel René Moreno, con libros como Nicomedes Antelo (1880) y, sobre todo, Catálogo del archivo de Mojos (1888). Y se puede decir que el último exponente en Bolivia de este tipo de racismo, que justifica sus prejuicios con esquemas supuestamente naturalistas sobre la inferioridad y superioridad de las razas, fue Arthur Posnansky. Justo antes de que esta corriente desapareciera con la Segunda Guerra Mundial, este austriaco afincado en el país publicó Qué es la raza (1943), donde resume algunas de sus ideas más idiosincráticas.
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Una de las ciencias que Posnansky cultivaba era la antropología. Corría pareja a la otra disciplina de la que se lo puede considerar un pionero en Bolivia, la arqueología. Posnansky no tenía formación en ninguno de estos campos, en los cuales era un autodidacta. Esto no es extraño. Los comienzos de ambas ciencias se debieron, en todos los países, a aficionados talentosos. La mayoría de ellos, sin embargo, no aplicaba los procedimientos ni los razonamientos propiamente científicos y combinaba algunas observaciones acertadas con intuiciones no muy bien probadas y muchas especulaciones fantasiosas. Posnansky no fue la excepción. Lo peculiar de su caso es que hizo esto hasta bastante tarde, los años 40 del siglo XX, aprovechándose de que en Bolivia la actividad científica era muy incipiente entonces.
En este momento, la ciencia propiamente dicha había llegado a conclusiones muy distintas de las suyas, especialmente en los Estados Unidos. En cambio, las ideas raciales que defendía eran aceptables para la opinión lega, no científica, de la época.
Para Posnansky, la antropología era un estudio cuantitativo y descriptivo de las razas humanas. Él definía una raza como un grupo humano con características físicas y psíquicas que se podían estudiar por medio de la antropometría y de la observación directa. No tenía escrúpulos para remontar hasta un pasado milenario las inferencias que obtenía de su frecuentación de los pueblos que estudiaba.
Le interesaban sobre todo las características físicas: el núcleo de su práctica consistía en la medición de los cráneos, las narices, los paladares y las mandíbulas de los indígenas de la cuenca lacustre de Bolivia y el Perú, para lo cual usaba aparatos curiosos como el “cubuscraneóforo”. Este método se le antojaba el súmmum de la cientificidad.
Su definición de la raza como una serie fija de características sobre todo físicas le impedía coincidir con la teoría racial que durante los 30 y los primeros años 40 imperaba en Alemania y Austria. A él no le parecía que los judíos fueran una raza en el sentido propiamente dicho, es decir, científico; en su opinión formaban una “confesión religiosa” dentro de la que se presentaban varias razas distintas.
Hasta aquí, podríamos decir que, como todo científico, buscaba describir la realidad, aunque lo hiciera de manera mecánica y primitiva. Medir las poblaciones humanas con el propósito de clasificarlas y establecer sus diferencias y relaciones era un método que calzaba bien con la edad positivista.
Pero Posnansky fue bastante más allá. Con sus estudios de los indígenas bolivianos, ‘descubrió’ dos razas que llegó a definir como “puras”. Consideraba que la lucha y complementación de estas dos razas en el pasado se debió a la diferencia que había entre ellas, siendo una superior y la otra inferior. Y suponía que estuvieron detrás de la mayor parte de las vicisitudes paleo-históricas de los Andes.
Estas ideas dependían únicamente del prejuicio racista. La raza superior era la “kholla” mientras que la raza inferior era la “aruwak”. La primera era, entre otros rasgos, branquicéfala, es decir, de cráneo corto y elevado; y también tenía leptorrhinia o nariz angosta y alargada. Posnansky decía explícitamente que se parecía a la raza germana y otras razas de líderes y “mandones”, como él las llamaba. Ergo, era superior.
La raza “aruwak”, en cambio, era dolicocéfala o de cráneo alargado y tenía platirrhinia, es decir, nariz ñata y ancha. La comparaba con la raza mongólica que predominaba en Rusia, que en el momento de la publicación de Qué es la raza se hallaba en guerra con los países germanos. Posnansky atribuía las victorias iniciales de estos países a su superioridad racial, así como explicaba el empantanamiento de la Operación Barbarroja o invasión alemana a Rusia por un factor externo e incontrolable para el ser humano, el invierno nórdico. Por supuesto, no preveía que en 1945 la “raza inferior” ocuparía Berlín y haría flamear su bandera sobre la Cancillería Alemana, mostrando, entre otras cosas, la inanidad de la ciencia racista.
Aunque Posnansky intentaba exponer sus observaciones de manera aparentemente desprejuiciada, su preferencia por las altas frentes y las narices distinguidas de los individuos que llamaba “khollas”, que le recordaban a su propia raza germánica, resultaba indudable.
En un libro anterior al que estamos comentando, llamado Antropología y sociología de las razas interandinas y de las regiones adyacentes, publicado en 1937, Posnansky mostraba que la mujer ‘aruwak’ no cumplía las proporciones corporales ideales o armónicas de una mujer europea. Sus categorías estaban definidas, entonces, por sus gustos eurocentristas.
(*) Fernando Molina es periodista
















































































