Cuando uno —gringo o gitano, como describía Luis Mendizabal Santa Cruz a propósito de la belleza del Carnaval de Oruro— conoce a un orureño o a una orureña la pregunta de rigor es ¿en qué fraternidad bailas?
No es que sea la generalidad, pero que fraternidad tienen, claro que sí: morenadas, diabladas, tobas, caporales, tinkus, llameradas, kullawadas…
Avisa el ajetreo de las calles y comercios de Oruro que el viejo antruejo está cerca. Lo develan una perla, un hilo o una cinta de colores casi difíciles de encontrar mientras pasan las horas para el Sábado de Peregrinación o el sonido de las bandas en todos los rincones de ciudad, que repiten una y otra vez una canción que, por impericia o distracción, rompe con el pentagrama original.
Arriba, en las faldas del cerro Pie de Gallo, la Virgen de la Candelaria, que es la misma Virgen del Socavón, Mama Candila o la K’acha Mocita, espera la peregrinación multitudinaria de sus devotos.
El Carnaval de Oruro es cuestión de fe, también de historia, mitos y tradiciones orales. Por eso apasiona, por eso es diferente a otras manifestaciones culturales de aquí, allá o acullá. Ésa es su inmensa riqueza; por eso es Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
Las máscaras de diablos, morenos o ch’unchus esconden no solo la fe católica, sino también leyendas; la misma historia de los mineros del Sábado de Carnaval, días después de La Candelaria, cuando comenzaron a peregrinar hacia el santuario en la colonial ciudad Real Villa San Felipe de Austria.
Esconden la rendición de los mortales en sus pecados, sus dolores y sus esperanzas, para que, de hinojos ante la Santa Madre, en las novenas o en el primer y el último convites, y el mismo día de la peregrinación, sus almas sean redimidas. Así, durante tres años seguidos, y más.
Si bien la fe es su impulso, su ímpetu por conservar las tradiciones y los rituales le da sentido al sincretismo de la celebración, coincidente con los calendarios gregoriano y agrícola, en tiempo y espacio… con la yuxstaposición de las deidades andinas y las figuras católicas del bien y del mal: Huari-Tío-Satanás-Diablo-Arcángel San Miguel y Aurora (Ñust’a)-Pachamama-Virgen de la Candelaria.
Sus atuendos y sus plegarias delatan al devoto. Llevan consigo la leyenda del semidiós Huari, que para contener la fe de los fieles de la Aurora mandó a exterminar al pueblo uru con las bestias víbora, sapo o lagarto, que la espada de la Ñust’a los dejó respectivamente petrificados en Chiripujio y San Pedro, y decapitado en Cala Cala. Y las hormigas, convertidas en inmensos arenales.
En la antigua ciudad, se supone que el Chiru Chiru era primer devoto. Su osadía de ladronzuelo lo llevó al borde de la muerte. Malherido, “una compasiva dama, de rutilante porte y afables maneras, que sostenía un niño”, le salvó la vida, cuenta José Víctor Zaconeta.
Esa mujer era la misma Santa Madre.
Nina Nina (se llamaba Anselmo Belarmino) tuvo una similar historia. Merodeaba la tienda de Sebastián Choquiamo, en Conchupata, hasta llevarse a la hija, Lorenza. Y la noche del Sábado de Carnaval del “año de gracia” de 1879 fue descubierto casi muerto; había recibido una brutal golpiza de parte del padre celoso. El presbítero Emeterio Villarroel cuenda en el folletín Candelizas de la milagrosa Virgen del Socavón que, al propiciarle la extremaunción el párroco Carlos Borromeo Mantilla, el hombrecillo confesó que era devoto de la santa.
Ni qué decir de la música, que restituye la fe, la historia y los mitos, y las danzas. Cada una de éstas tiene su esencia; evocan la historia brutal de la Colonia y las formas de redención de los pueblos. Serán copiadas, pero nunca tendrán su espíritu.
Es la intimidad del Carnaval de Oruro.















































































