El aprendiz de brujo es el título de un poema de Goethe que fue adaptado y llevado a la pantalla por Disney en 1937. La historia trata de un aprendiz que, sin la capacidad ni el conocimiento en las artes mágicas y sobrenaturales, pone en movimiento una serie de fuerzas que no sabe controlarlas, pero las desencadena y se vuelven en su contra.
En la escena central del poema de Goethe, adaptada por Disney con la música de Paul Dukakis, el aprendiz ordena a la escoba traer agua, entonces, la misma cobra vida y hace el trabajo del aprendiz hasta que éste se duerme, soñando que controló todo con su magia. Cuando todo está inundado y en pleno caos, el aprendiz despierta de su largo sueño, se enfada y llama a la escoba engendro del infierno, toma el hacha y busca hacerla añicos, sin embargo, crea un ejército de escobas que todo lo desordena, creando aún más caos. El aprendiz busca más magia para detenerlas, pero ya es demasiado tarde.
Dejando de lado a Disney, y recurriendo al filósofo Adam Schaff, podemos caracterizar al aprendiz de brujo como un ejemplo del fenómeno de la alienación. Primero, el ser humano crea determinadas cosas (leyes, instituciones) con la finalidad de alcanzar determinados objetivos sociales; segundo, las creaciones se desarrollan autónomamente y en determinado momento se ponen en contra de los objetivos creados e incluso en contra de sus creadores; tercero, estas construcciones se vuelven una fuerza independiente y dominante, cada vez más extraña al ser humano, y en determinado momento se reifican, es decir se objetivizan y se vuelven aparentemente fuerzas naturales, al punto que empezamos a pensar cómo hacerles frente o detenerlas, olvidando que fuimos nosotros los que las creamos.
Vayamos a un ejemplo, en una democracia moderna creamos instituciones para la garantía de los derechos fundamentales, la garantía de la separación y división de poderes, la garantía de llevar a cabo elecciones libres, imparciales y frecuentes. En el mundo ideal estas instituciones —llamémoslas tribunal constitucional, tribunal electoral— tienen la finalidad de garantizar el cumplimiento pleno de los derechos, la Constitución y el desarrollo de una democracia constitucional. Pero algún aprendiz de brujo consideró que debía concentrar más poder y servirse de estas instituciones y, en un determinado momento de letargo, estas instituciones cobraron vida propia y se pusieron en contra de los objetivos y los fines por los cuáles habían sido creadas, entonces un tribunal constitucional puede no garantizar los derechos y permitir la concentración de poder en pocas manos, un tribunal electoral puede amenazar con eliminar partidos políticos y candidaturas, y es entonces cuando empezamos a pensar cómo hacer frente a instituciones que nosotros hemos creado.
En una democracia moderna debería ser la población la que elija a los gobernantes en los márgenes establecidos en una Constitución, pero a veces olvidamos que es posible que nunca fuimos modernos.
Farit Rojas T. es abogado y filósofo.














































































