El pasado 1 de abril el departamento de Potosí fue agasajado con un feriado departamental, cuyo motivo fue la rememoración de la batalla de Tumusla, suceso que aniquiló la fuerza realista que resistía la capitulación española en la batalla de Ayacucho. El protagonista principal fue el coronel Carlos Medinaceli Lizarazu quien se había sublevado a la autoridad del Gral. Pedro Antonio de Olañeta Marquiegui, para pasarse a las fuerzas patrióticas. La fuerza realista fue diezmada y su comandante cayó en la batalla el 1 de abril de 1825.
El buen propósito del gobierno actual quedó pálido ante la apatía, por desconocimiento de la población del departamento de este hecho histórico, más allá de los actos realizados en la tierra chicheña. El contraste fue mayor en la capital, la Villa Imperial de Potosí, donde por tradición el 1 de abril se recuerda la posesión de las tierras del Sumaj Orcko por las fuerzas españolas; con este motivo se realizaron desfiles cívicos y estudiantiles, los que coronaron con un Te Deum en la catedral. Ni una palabra sobre la batalla de Tumusla, con la excepción de las inquietudes del historiador y periodista Juan José Toro.
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Rememorar es un llamado a la memoria y una reafirmación de esperanzas. Potosí es un departamento minero. La explotación de la plata en el Alto Perú se basó en el saqueo de un recurso natural y la explotación inmisericorde de los indígenas; la creación de nuevos emprendimientos productivos estaba ligada a garantizar la explotación minera, los obrajes y las haciendas no tenían otro sentido. Así desaparecieron los bosques altiplánicos de queñua, tola y yareta que se utilizaron para fundir y acuñar la plata, crisis energética que llevó a trasladar inmensas cargas de mineral (en bruto) a los puertos del Pacífico, para lo que se construyeron los ferrocarriles. El ciclo de la plata terminó cuando el mercado internacional decidió hacer del oro el único metal para las transacciones, mientras el papel moneda también ganaba terreno. De esa época quedaron los socavones vacíos y las poblaciones diezmadas de Porco, Cerro Rico, Portugalete, Huanchaca, Colquechaca, San Antonio de Lípez, etc. Tanto dieron que se quedaron sin nada.
El advenimiento del nuevo siglo marcó la demanda del estaño; se amplió el ferrocarril, se inició la generación de energía eléctrica, se mecanizó la producción minera; del metal del diablo emergió la riqueza de Patiño, haciéndose el cuarto millonario del mundo. La derrota del Chaco movió la conciencia nacional, que llevó a la nacionalización de las minas. Estos recursos se dedicaron a la marcha al oriente, siendo el occidente el proveedor de divisas para estos objetivos. La lucha de mineros y la intelectualidad progresista llevaron a que se instalara los hornos de fundición de estaño, enterrando los mitos de su inviabilidad. El ejemplo cundió y se instalaron las fundiciones de Karachipampa (plomo y plata), Telamayu (bismuto), La Palca (estaño), impulso que quedó frustrado con la caída, circunstancial, del precio del estaño y la destrucción de las empresas estatales.
Actualmente, el cambio de la matriz energética en el mundo impone la necesidad de la explotación del litio. Bolivia tiene uno de los reservorios más grandes del mundo. El proceso de cambio inició las labores de exploración, investigación y pilotaje, para dar paso a la producción industrial, con miras a la fabricación de baterías, tarea que implica en paralelo la construcción de 40 emprendimientos productivos. El golpe del 2019 cortó bruscamente su avance y a su reinicio el gobierno se olvidó de la industrialización y anatematizó el proyecto en marcha, para volver a la extracción masiva por empresas extranjeras: cinco años perdidos.
Los recursos naturales que poseemos son nuestro capital, según la forma en que lo explotemos —racionalmente—, lo usemos —industrialicemos—, lo invirtamos —diversifiquemos—, estaremos entrando al camino del desarrollo. Hoy, nuestras materias primas siguen beneficiando a las metrópolis; el desarrollo debe llevarnos a una alimentación y producción soberana que beneficie realmente al departamento y al país. Que Tumusla y los muertos en este camino tengan la seguridad de no haber arado en el desierto.
(*) José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero















































































