El tiempo se acorta cada vez más para llegar a las elecciones de agosto, se percibe una sensación de desesperación en la gente de a pie, que no sabe cómo reaccionar ante la tormenta de anuncios electoreros, los cambios inverosímiles de las duplas de candidatos, los vendedores de humo que no tienen límite para ofrecer el paraíso en cada intervención, la lucha de fracciones políticas de toda laya que están llegando a medir expectativas por la cantidad de gente que puedan llevar a las calles para mostrar su potencial, aun cuando los medios sean cada vez más alejados de una natural y espontánea respuesta de las “masas populares”. Ofrecen juventud, éxito, carisma, experiencia y otros atributos de los candidatos como la clave para aumentar su potencial electorero, prometiendo solucionar el problema crítico de este país; como si las cosas se dieran por antonomasia. Manejar un gobierno hacia horizontes de desarrollo, sacarlo de una crisis o cambiar atávicos comportamientos negativos, será obra de un equipo de gente que maneje una concepción política y económica adecuada a las características actuales del país, a la infraestructura social con que se cuenta, al nivel de educación y de apertura a los cambios tecnológicos y sobre todo a la gerencia de las ventajas del potencial de recursos naturales del país. ¿Habrá una aplicación para cambiar, por ejemplo, la arcaica división política del país, heredad de tiempos coloniales y para un dominio imperial de esos tiempos, y transformarla en una división que se ajuste a las características de los tiempos actuales? ¿Hay un algoritmo que ajuste el comportamiento de la informalidad y la ilegalidad para formalizar estas prácticas tan comunes en el país? ¿Será que la minería informal se tornará empresarial por las cualidades personales de un mesiánico candidato?
Creo que estamos estirando la cuerda a límites intolerables y un acontecimiento democrático tan importante se está convirtiendo en chacota por obra y gracia de aspirantes que solo piensan en el show inmediato, las guirnaldas, los mitines callejeros, la fanfarria y los arrumacos de omnipresentes áulicos del poder y oportunistas de toda laya. Todo puede suceder en el tiempo que queda para llegar al evento del que emergerá el nuevo inquilino de palacio, cualquier resultado será cercano a la sorpresa y el futuro se pinta muy peligroso; todos hicieron promesas de solucionar los problemas del país en días o en meses, ninguno tiene un plan económico de largo aliento para lograrlo ¿Cómo se generará riqueza para distribuirla a un pueblo que espera salir del informalismo con el que sobrevive por décadas? ¿Administrando la pobreza actual que tal parece o generando nueva riqueza para distribuirla? Los actores económicos que saben hacerlo no son actores en tiempos electoreros, están cruzando los dedos esperando un nuevo líder diferente a los que tuvimos en las últimas décadas. Queda el consuelo de que los ciudadanos que van a votar siempre alcanzan la altura moral que da la libertad de elegir, para escoger la opción más adecuada a las circunstancias en las urnas o en las calles. Venimos de una rica historia revolucionaria y democrática, hemos eludido el abismo siempre por obra de la voluntad popular, entelequia que, pese a ser algunas veces manejada por intereses corporativos, siempre ha producido los cambios más importantes; esta vez no será la excepción. Queda todavía tiempo para esperar un cambio de actitud positivo de los diferentes postulantes, que se deje el jolgorio y se acuda a debatir los problemas y hallar las mejores alternativas; el país, el continente y el mundo nos miran como un país que está camino a ser inviable si aquello no ocurre.
Dionisio J. Garzón M.
es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.





















































































