Estas elecciones prometen ser una de las contiendas más enrarecidas de los últimos 20 años. Con las posibilidades abiertas para prácticamente cualquier oferta política (y su circunstancial sigla). Y si asumimos que, más que nunca, esta elección tendrá una estética TikTok, alistemos nuestra salud mental para el despliegue de mucho surrealismo pop.
Las candidaturas están afanadas por construir un discurso que pueda seducir a los electores. Si te declaras de derecha la tienes fácil, pues el esquema implica criticar cualquier intervención del Estado en la provisión del bienestar social y satanizar al MAS. Además, para ser más contundente, subraya tu amor por la familia y las mujeres sumisas, además de mostrarte religioso para asegurar tu superioridad moral.
La mayor dificultad se presenta si decides declararte de izquierda. Ahí la tienes dura, pues debes ser muy específico a qué izquierda te refieres: ¿arcista? ¿evista? ¿androniquista?, ¿anarquista?… Pero lo que quiero traer hoy a la conversación es una nueva etiqueta expresada por un amigo masista: “Yo soy de izquierda, pero no soy woke”.
Mi primera reacción fue de asombro: ¿qué aportaba este anglicismo a nuestro ya complejo nacionalismo popular? ¿Qué significado estaba asumiendo esta palabra en nuestra jerga local? Confieso que mi primera reacción fue de molestia, acostumbrada a las diversas formas en que los izquierdistas expresan su antifeminismo, pero luego asumí una postura de auténtica curiosidad antropológica.
En el norte, la llegada de Trump se anunció como el fin de la cultura woke. Para quienes no estén familiarizados con esos debates, woke es un término que significa “estar despierto” y se popularizó en razón de la lucha de las personas negras. Actualmente, su sentido se amplió a la política de la identidad.
Con la lógica del debate de redes sociales se formó el movimiento “antiwoke” como una forma de insulto. Si tenías posturas feministas, sensibilidad a las disidencias sexuales o creías que el racismo era un problema, inmediatamente se te categorizaba con ese título para hacerte sentir ridículo o pasado de moda. Dicho todo esto, ¿qué lleva a mi amigo masista a sentir que este movimiento lo representa?
Hablamos de esto porque, en un mundo hiperconectado, tenemos la tendencia de tomar palabras, frases o ideas del norte global y usarlas en nuestro contexto sin aplicarle un mínimo filtro de sentido común. Y es que cualquier cosa, dicha en inglés, tiene un poco más de atención y prestigio.
Bien intencionada, asumo que desde la izquierda crítica llaman woke a un liberalismo progresista que limita la lucha de clases a políticas de reconocimiento como el uso del lenguaje inclusivo o la aplicación de acciones afirmativas en universidad o empresas. Esto los libera de cuestionar el sistema de poder o el modo de acumulación. Se trata del reinado de lo políticamente correcto para enmascarar las profundas desigualdades de un capitalismo hipócrita. Estoy segura que la política de la identidad en un país como Bolivia, con una herencia colonial que estructura cualquier relación de clase o de género, no se puede trasponer alegremente a la lucha antirracista del norte; por ello, la postura de un “masista antiwoke” me parece una aberración.
En el actual contexto es de esperar que desde las derechas se utilice mucho la etiqueta woke para atacar los avances sociales. Pero si te reconoces de izquierda y aun así necesitas subrayar que la agenda feminista o de las diversidades no te importa, no recurras a un concepto que crees es un insulto. No te enmascares en una etiqueta que no nos ayuda a reflexionar o, al menos, entender tu malestar por el avance de derechos de tus congéneres.





















































































