No había internet, no había celular que funcione, por supuesto no había televisión, todo había quedado en suspenso, trenes, semáforos, aviones. Entonces la gente se reunió alrededor de una antigua y tradicional radio a transistores para saber qué estaba pasando en el apagón que dejó a España sin energía eléctrica, el 28 de abril de este año.
La radio, la menospreciada en esta era digital, mostró su vigencia y sus posibilidades de seguir informando, acompañando, alertando, a cientos, a millones de personas que de pronto se desorientaron porque su teléfono celular, que suele ser su guía, su contacto con el mundo, no servía, había dejado de funcionar.
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Sin radio nadie hubiera podido seguir las recomendaciones que hacían las autoridades encargadas de la protección a la ciudadanía, no se hubieran enterado del corte a las carreteras, dónde acudir para emergencias, o conocer los mensajes que se emitían para informar sobre las acciones que se estaban tomando durante una situación tan inusual en la que al menos 5 personas perdieron la vida por falta de electricidad.
La radio en gran parte ha desaparecido de los celulares porque los usuarios, al parecer, prefieren el streaming o los potcast, pero esta vez sólo sirvió la vieja compañera, en su forma más pura y tradicional: el aparato a pilas que se puede trasladar al campo o a la ciudad, a la montaña o al mar.
Quienes creemos en la radio como una fuente inagotable de conocimiento, información, imaginación, entretenimiento, nos sentimos reivindicados ante el reconocimiento público de la vigencia de este gran medio de comunicación.
Qué ingratos seríamos si no reconocemos a la radio como la cómplice en lo cotidiano. Qué torpes si declaramos que la radio está obsoleta cuando está tan viva en las calles, el transporte público, las cocinas, en los viajes. Todavía son muy queridas las voces que día a día, año tras año, están en nuestras jornadas.
La radio está muy viva, tiene mucho que contar, que cantar, que informar y quienes la hacen tienen todavía mucho que decir, mucha magia que hacer para el goce de quienes creemos en ella.
(*) Lucía Sauma es periodista















































































