Alguien dijo: “el pesimismo es reaccionario, es un lujo aristocrático”. A pesar de tan aguda afirmación, no puedo evitar desilusionarme con las últimas declaraciones de la Defensoría del Pueblo. Esa institución ha presentado los índices de conflictividad del 2025. Según las estadísticas, se duplicó la cantidad de conflictos respecto al primer trimestre de 2024 y La Paz lidera esa lista negra.
Como asistimos a la conclusión de un mandato constitucional y el gobierno municipal ingresó nuevamente a la ingobernabilidad, en las últimas semanas los sindicatos, gremios y demás agrupaciones políticas tomaron las calles para reivindicar sus “derechos”. Los sumisos habitantes de esta ciudad, sede de gobierno del estado más desestructurado del cono sur, soportamos “paros contundentes”, bloqueos de “las mil esquinas”, y otras tácticas de “guerra urbana” que han convertido a La Paz en un cuerpo doliente.
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Una de las metáforas que más reitero es la que concibe a la ciudad como un cuerpo humano: sus intrincadas calles como venas, sus edificios como órganos vitales y sus habitantes como células en constante interacción. Si el cuerpo urbano está sano, el flujo sanguíneo forja una ciudad con calidad de vida, próspera, y con un futuro resiliente. Por el contrario, si está endémicamente enferma por bloqueos, paros e ingobernabilidad institucional, por sus calles/venas no circulan personas ni mercancías, ergo: se genera caos, ralentización económica, y muerte. Cada bloqueo del flujo vivificante, generalmente azuzado por la clase política, incrementa los niveles de contaminación y aumenta las enfermedades respiratorias y cardiovasculares como el estrés andino, que, a 3.500 m.s.n.m., es perversamente poliglobúlico.
La clase política es mayoritariamente responsable del estado doliente de nuestra ciudad porque se empeña 24/7 en empujarla a la tumba. Ejemplo: el conflicto entre ejecutivo y legislativo municipales por las tarifas del transporte, una antología del absurdo. Considero que, el encuentro entre un estado desestructurado y una fragmentación política irreconciliable, es letal para cualquier ciudad que albergue poderes del estado. Pero aún, si esa ciudad tiene una población monotemática, con escaso cultivo intelectual, y una ausencia manifiesta de espíritu crítico y autocrítico.
Mientras escuchamos las declaraciones de amor a esta ciudad de la clase política, la ciudadanía se pregunta: ¿existe una cura milagrosa para evitar nuestra muerte urbana? ¿por qué los candidatos, que pueden ser inquilinos por 5 años en el km 0 de ese cuerpo doliente, no proponen algo estructural y acorde al tiempo contemporáneo?
(*) Carlos Villagómez es arquitecto
















































































