¿A quién le corresponde frenar la especulación en los precios de los alimentos? ¿Quién debe evitar que los medicamentos o la ayuda médica pase sin impedimento de los bloqueos? Parecería que las autoridades encargadas del control de la economía y la libre circulación están esperando que sean los ciudadanos quienes se enfrenten a los irracionales bloqueadores y pongan orden. Estos días hemos observado una especie de parsimonia en quienes deben velar por el bienestar de la población.
Claramente este no es un pedido de represión o de violencia en el uso de la fuerza pública. Más bien es el ruego, a quienes corresponda, para que hagan uso del poder que el pueblo les ha otorgado como sus gobernantes, para que usen su capacidad de análisis frente a la situación en la que está el país y responsablemente reconozcan las causas de la crisis para luego hacerse cargo de tomar medidas a corto, mediano y largo plazo para dar solución al desastre que estamos viviendo.
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Para quienes vivimos la crisis económica de los 80, pensábamos que no volveríamos a vivir algo así. Las filas para conseguir un litro de aceite, anotarse para obtener la bolsa de arroz. Ver estantes vacíos en las farmacias. Realizar filas inmensas de cuadras y cuadras, de horas y horas frente a las gasolineras. Ser víctimas de las casas de cambio para conseguir dólares o soles o reales, a precios desmesurados. La verdad es que no es justo para nadie.
Peor aún, no es justo que jueguen con la población pretendiendo engañarla asegurando que todo está solucionado y que “este domingo o el lunes…” se regularizará la venta de gasolina y diésel. Llegado el momento no hay mejor pretexto que los bloqueos para no cumplir la promesa. Olvidan que los ciudadanos recordamos perfectamente otros lunes donde no se cumplieron las promesas y entonces hubo otros pretextos como el mal clima, la marea, etc. La verdad que Bolivia no tiene dinero para pagar los hidrocarburos subvencionados.
Quizás la mejor manera de encarar un problema es afrontarlo, sin mentiras, sin engaños, sin pretextos y hacer lo que hay que hacer a pesar que su costo sea muy alto para quienes detentan el poder, porque las voces de la calle hablan de hambre. Las autoridades y quienes tienen recursos económicos más que suficientes no han escuchado esas voces y piensan que es exagerado el pedido de comida.
Sería bueno que ministros, diputados y senadores salgan de sus cómodas oficinas vayan a caminar las calles, miren lo que sucede frente a las tiendas de Emapa, vayan a las 3 de la mañana, cuenten las cuadras de las movilidades haciendo fila frente a las gasolineras. Vayan con barbijo, disfrazados de personas normales, olvídense de hacer campaña y pónganse a trabajar para que la gente no se muera de hambre, frío o por falta de medicinas. Vayan a las calles.
(*) Lucía Sauma es periodista













































































