Este fin de semana, la ciudad de La Paz vio interrumpida su rutina por la entrada del Señor Jesús del Gran Poder, un evento que no solo crece año tras año, sino que redefine espacios urbanos como escenarios de expresión cultural.
Lo singular en esta edición fue el incremento del número de danzarines, que consolidó a esta fiesta como la manifestación cultural más importante de la ciudad de La Paz y la más atractiva para visitantes de países vecinos.
Allí quedó demostrado que el baile folklórico, en sus diferentes expresiones coreográficas y simbólicas, es el reflejo de la riqueza cultural que habita en La Paz.
Los bailes presentados en esta festividad no solo destacaron por la singularidad de sus movimientos corporales, sino también por la gran energía y algarabía que irradiaron a la población que se apropió de la ciudad a través de la cultura.
Esta festividad significativa para los paceños, redefine temporalmente el paisaje urbano, dotando de múltiples visibilidades a los diversos sectores que son parte del largo recorrido.
Lo atractivo es observar cómo los cuerpos de los bailarines se convierten en medios de expresión cultural, que enaltecen la diversidad que caracteriza a La Paz. No cabe duda de que, a partir de su condición de expresión escenográfica, todo el entorno construido de la ciudad pasa a un segundo plano, mientras el área central se transforma en un escenario vivo.
Así, el Gran Poder rompe con toda visión de ciudad intocable. Por el contrario, reafirma su carácter multifuncional, recordándonos que el espacio urbano pertenece a sus habitantes y que su capacidad de abrirse a diferentes usos y funciones es incuestionable.
Esta realidad contrasta con las visiones de pensadores de la ciudad que nunca imaginaron una ciudad tan llena de vida urbana, la cual invite a reflexionar sobre el impacto de su manifestación cultural. Aunque pueda parecer un error no haber previsto algo así, la realidad de la cultura se impone en La Paz.
Como señalaba Jacques Scherer, la calle es el medio más económico para conjugar unidad y multiplicidad. En este caso, el baile convierte las calles en umbrales de diversas expresiones culturales, enriquecidas por las coreografías de los bailarines. Definitivamente, este fenómeno perdería fuerza en espacios cerrados, donde faltaría el diálogo con el entorno urbano.
Sin embargo, La Paz es una ciudad en la que el baile en espacios de tránsito vehicular también genera polémica, ya que no todos celebran esta apropiación cultural. No cabe duda que, las calles y avenidas de una ciudad contemporánea deben priorizar su funcionalidad urbana. Aunque esta perspectiva es compartida por buena parte de los habitantes, es innegable que el movimiento de los cuerpos, los vibrantes colores de los trajes y la música que resuena entre altos y bajos, despiertan emociones profundas.
De esta manera, la alegría cumple un rol fundamental en el Gran Poder, recordándonos que la ciudad también es identidad y pertenencia.

















































































