Las cosas que usamos, digamos, como las que sirven para mezclar el azúcar con el café, el aparatito pequeño para moler el ajo, el hilo para limpiar los dientes o el aparato para quitarlos, todos, son el producto de procesos de abstracción que a su vez proceden o de la curiosidad o de la necesidad de encontrar soluciones. Soluciones, no problemas. Una de las soluciones para anotar las cuentas y los asuntos de los impuestos, fueron las tablillas de arcilla y de ellas, por supuesto, se desarrolló finalmente, la escritura, como una solución. Una solución para evitar estar congregados alrededor de una historia, en cuclillas, puede haber sido la mesa, que ahora es el objeto alrededor del cual se juntan las gentes a compartir enlaces desde su celular, a otras gentes, que no están en la mesa. Vale decir, una solución antigua, un problema nuevo. A este problema nuevo se le puede añadir otra serie de problemas como consecuencia. El ruido. El ruido que genera un grupo reunido para atender todo el tiempo a su propio dispositivo, además del ruido producido por intermitencias de audio a considerable volumen, que cada quien deja salir, digamos que sin querer. Además del ruido, también, el silencio. El silencio no existe, es una pausa en la atención aural. Se produce cuando para atender a una fuente sonora, se deja de atender a otras. Cuando en una reunión, alrededor de una mesa o de una fogata o de una cancha de tenis o de un cráter de un volcán en erupción, el grupo deja de atender a todos los otros participantes y a su vez, cada quien hace lo propio, se produce un largo y tenso silencio. Un problema. Esto quiere decir, que si a lo largo de siglos la humanidad se ha estado preocupando de conseguir soluciones, en lo que va de este siglo, parecen aparecer nuevos problemas que aparentemente no lo son. Individuales, mentales, tecnológicos, gastronómicos, económicos, emocionales, pasionales y por supuesto, nacionales. Estos últimos, en países que nacieron en estado de aporía, son irresolubles. No hay nada irresoluble, se dice, excepto la muerte. La muerte, paradójicamente no tiene solución y puede ser, al mismo tiempo, la solución. Si el ansiado meteorito cayera en países en condiciones aporísticas, en la plaza principal, asunto arreglado. Se puede recurrir a ejemplos en los que el desastre da lugar a soluciones inesperadas, como la radiación en el territorio de Chernobyl, que habiendo desaparecido al ser humano de sus inmediaciones, dio como lugar a la aparición de especies animales pensadas extintas, al aumento de la población de fauna y flora. Sin lugar a dudas, la radiación parece ser menos peligrosa que la presencia humana. Eh ahí, un caso en el que la solución a un problema, pasa por el desastre.
En el caso del país problema, que da tumbos de desastre en desastre, causados por personas problema, estos, los problemas, se multiplican como si se tratara de una explosión de un proyectil con capacidades de volverse racimo. La familia se reúne alrededor de una mesa a atender cada quien su dispositivo, nadie escucha a nadie. Llega la comida, cada vez más achicada. Se enfría rápido, nadie come. La familia adelgaza pero contrae anemia. No prestan atención a su salud porque además de la falta de atención, el sistema de salud es precario, medieval. La siguiente reunión, los participantes están amarillos, delgados, pálidos. Varios no pudieron siquiera pagar a las telefónicas, lo que causa un problema adicional de abstinencia celular. La solución, un desastre nuevo.
(*) Óscar García es compositor y escritor















































































