Mensaje: no tenemos idea de lo que estamos haciendo. Promesa: pero lo vamos a hacer mejor que los otros. Aunque el calendario electoral finalmente estableció que las campañas podían comenzar formalmente el pasado 19 de mayo, la realidad está yendo por otro lado. Empujadas más bien por los síntomas de la época, las campañas precoces empezaron hace meses, sobre todo desde los sectores de oposición, con una anticipada (y descarnada) pugna en torno a la idea de Unidad. Pero, por el otro lado y paradójicamente, desde el inicio del periodo legal de las mismas, lo que ha sucedido no ha sido una intensificación, sino más bien una ralentización de este proceso comunicacional y propagandístico. Así, en el momento en que la comunicación política debería asumir el protagonismo, ha irrumpido la incertidumbre política: sobre los partidos, sobre las candidaturas y sobre el proceso mismo.
Esta no es otra cosa que una más de las anomalías que definen el actual periodo electoral. La campaña, que por definición debería transmitir certezas —un mensaje claro, un equipo reconocible, una promesa de futuro—, hoy está abocada en comunicar incertidumbre; esto sucede actual pero no únicamente, en los bloques del denominado sector popular y que emergen mayoritariamente de lo que fue el oficialismo. Lo que desde ahí se percibe no es una estrategia comunicacional, sino una demostración involuntaria de la incapacidad del sistema político de partidos de concretar una papeleta electoral para agosto, a estas alturas el objeto más tangible de la existencia de competitividad y pluralidad en este proceso.
En las campañas de la incertidumbre, el vacío de propuestas o —digamos ya— de caudillos finalmente (al estilo boliviano) y de eslóganes ha sido reemplazado por crisis partidarias, debilidades institucionales, suprapoderes autoproclamados, veladas proscripciones y normalizada guerra sucia de baja intensidad. Son campañas (ojalá momentáneamente) sin mensaje, sin candidatos consolidados, sin promesas de futuro, sin horizonte.
Frente a la imposibilidad de articular un mensaje (en el sentido más tradicional de la palabra) algunos actores están optando por lo que funcionó en el pasado: hacer campaña en los territorios que no se ven, allí donde persisten formas de organización política poco visibles en medios y redes. Y otros, por la “campaña” en clave de sabotaje, operando por detrás de las candidaturas y del proceso electoral. Esta película ya la hemos visto en más de una ocasión. O funciona desde la operación propagandística territorial en zonas rurales o espacios comunitarios que escapan a la atención centralizada o lo hace desde el boicot y la guerra sucia; hoy en clave de desinformación, pronto en la de acusaciones y trapitos sucios.
Al final, el problema de fondo es que, si bien las campañas siempre han tenido una dimensión emocional y simbólica, hoy están atrapadas en un limbo utilitario y descarnado; en un sistema desprovisto de mística y repleto de fisuras. Hasta la fecha, salvando alguna que otra campaña construida a base de tiempo, constancia y recursos, la generalidad es que la ciudadanía se encuentra frente a una contienda sin caras totalmente definidas, sin propuestas estructuradas, sin debates significativos, sin premisas, sin promesas. Mientras tanto, el sabotaje, la desinformación y el ruido llenan los vacíos que deja la política.
Este primer paneo nos permite entender que estas no son solo campañas debilitadas: son campañas que están dejando de cumplir su función democrática. Porque cuando una campaña no persuade, no propone, no moviliza, no convence y no encanta: lo que genera es más desafección, de esa que ya sobra (y esa sí se ve bastante) en la política nuestra de cada día.
Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka





















































































