Miércoles 11 de junio, jornada luctuosa: tres policías y un colegial muerto. Este saldo trágico selló inexorablemente el desenlace de otro de los episodios —tal vez, el más amargo— de ese fratricidio en las entrañas del Movimiento Al Socialismo (MAS). Si bien se viene otra fase, la electoral, que marcará seguramente las consecuencias finales de esa reyerta interna, empero, los dolorosos acontecimientos en Llallagua acarrean consecuencias para el decurso político no solo del MAS, sino para el bloque nacional-popular.
El bloqueo de caminos instruido por el ala evista buscaba incluir en la papeleta electoral al exmandatario Evo Morales como candidato presidencial. Esa movilización social fue el principal recurso de poder que tenía el expresidente, pero, encontró su límite. Esa estrategia de acción colectiva del movimiento popular generó agotamiento en la subjetividad de sus protagonistas. Este dato no es nada despreciable, ya que se despilfarró o, por lo menos, se desgastó una estrategia política que el movimiento popular usó históricamente en su lucha social contra el Estado.
Quizás, ese desgaste de la movilización social tendrá sus efectos negativos sobre el bloque nacional-popular; por ejemplo, si el nuevo gobierno está inclinado a la derecha, seguramente —varios de los candidatos opositores al MAS están anunciando en la actual coyuntura electoral— va a ejecutar una política de ajuste estructural severa; si fuera así, encontrarán a un bloque nacional-popular no solamente desorganizado y desmovilizado, sino su principal recurso de poder desgastado para poder resistir al nuevo embate neoliberal.
Otro de los efectos de ese doloroso 11 de junio fue en el imaginario de los sectores urbanos: al ambiente violento, según ellos, provocado por los evistas sirvió para rearticular aquellos grupos violentos, como la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) e impactó en la propia subjetividad en los sectores conservadores. La idea del “orden” apareció como parte de la narrativa electoral. El argumento: los evistas son violentos. Obviamente, esta mención fue una estocada para la imagen política de Morales, pero, en un juego asociativo, se amplificó al conjunto del bloque nacional-popular como responsables de que Bolivia se convirtiera en un territorio caótico. Así, un efecto inmediato de esos hechos sangrientos en Llallagua fue una encuesta: Andrónico Rodríguez, el candidato de izquierda que se posicionaba en la cima, después del 11 de junio retrocedió al tercer lugar.
El propio Morales, con un dejo irónico reconoció: “Las próximas elecciones va a ganar la derecha”. No fue un mea culpa, sino todo lo contrario; en su autopercepción del expresidente sigue asumiendo que él es el “único candidato potable” del bloque nacional-popular. Al parecer, el expresidente quiere que la derecha gane las elecciones; para él, sería una especie de una profecía autocumplida. En su delirio, sigue pensando que es el único que representa a los sectores populares. Bajo este razonamiento alimentado por su egocentrismo extralimitado, Morales allana el terreno para el retorno de los sectores conservadores al poder gubernamental.
El “proceso de cambio” fue corolario de la lucha popular en el ciclo de protestas de inicios del siglo XXI que posibilitó al MAS acceder al poder y a Morales convertirse en presidente boliviano; posteriormente, el síndrome maligno del poder se apoderó del ajayu del exmandatario: dejó de lado, el proyecto político del bloque nacional-popular para embarcarse en su proyecto personal. Quizás, los muertos en Llallagua representan esa autodestrucción del MAS.

















































































