Cuando llegué a La Paz, “la Pérez” era un típico lugar paceño con la Cabeza de Zepita imponente, la calzada de piedra Comanche y las caseritas de siempre. Cuando llegué a La Paz, no había teleférico ni PumaKatari, menos la Casa Grande del Pueblo. Cuando llegué a La Paz, imaginaba aún los aparapitas y las imágenes paceñas de Jaime Saenz.
Cuando llegué a La Paz, no tenía amigos, salvo los que comencé a cosechar en el oficio o en las trasnochadas de la cobertura del viejo Congreso Nacional, desde cuando me vi en la plaza Villarroel con Gustavo Guzmán, quien me llevó luego a los galpones de la antigua Vascal, en Villa Fátima, donde ejercí por largos años el periodismo que ahora me llevó al galpón de La Razón.
Cuando llegué a La Paz, no imaginaba las distancias y el costo del radiotaxi; tomé uno en la Plaza del Estudiante y me llevó al Goethe de la Aspiazu. Años después, cuando la marraqueta resultó mi patrimonio, morí de risa al haber recorrido poco más de 200 metros y haber pagado un pasaje de ida y vuelta entre Oruro y La Paz.
Cuando llegué a La Paz, Víctor Hugo Viscarra nos solazaba aún con sus historias de debajo el puente, los tugurios y las cantinas, y José ‘Jach’a’ Flores aún estaba en la plenitud de su carrera profesional y la flor de sus canciones. Sin embargo, fue por poco tiempo más; me tocó contar su vida cuando lo sepultaron en Oruro al son de morenadas y el llanto general.
Cuando llegué a La Paz no encontraba más que las sopitas de la Tejada Sorzano al salir de la Redacción; junto a mi amigo Arturo nos hicimos asiduos comensales de los chicharrones de Doña Pacesa y también de las empanaditas de “los Cambas”. Con mi amigo Guimer nos hicimos “cenadores”. Más tarde comencé a frecuentar los fricasés Taraco, los sándwiches de Las Cholas, los patos de Lipari, los honguitos de la plaza Abaroa o las tertulias bohemias en el viejo Café Ciudad. Eso sí, nunca pudo convencerme un wallaqi, debo admitirlo, aunque, media vida más en esta fotogénica ciudad, mi inconsciente estómago ya me reclama.
Cuando llegué a La Paz, hijo del “doctor” Sajama, a 90 kilómetros de mi pueblo Turco, me encontré a metros con el Illimani y el Mururata, como para acariciar su nieve. Un día, mis amigos Helen, Andrés y Mavi y yo descubrimos el Huayna Potosí, y luego, con Viviana, nos acercamos al Illimani desde Coni. No me canso de que el coloso pose para mí desde cualquier ángulo.
Cuando llegué a La Paz, apenas balbuceaba el periodismo escrito. Asenté mi potencial entre libros y tertulias con Cé, don Jorge, Amanda, Rafael, el otro Rafael, Óscar, Al-Azar, Gustavo, Claudio, Malkya y Liliana, entre otros. Y cuando me invitaron a escribir esta columna, mi vecina en la página de opinión era Claudia; nos leíamos siempre y terminó siendo 14 años mi jefa entrañable en La Razón.
Cuando llegué a La Paz, gobernaban el país Hugo Banzer, el dictador elegido, como decía Martín Sivak. Luego lo sucedió Gonzalo Sánchez de Lozada. De éste recuerdo la trifulca policial-militar en la que un policía matón me devolvió la vida al mandarme a culatazo limpio a mi casa desde la plaza Murillo, la escena de la masacre.
Cuando llegué a La Paz, no imaginaba ser adoptado tan gratamente por las calles empinadas de la ciudad, por los amigos y colegas, y por las caseritas. No imaginaba echar raíces de mi familia en la vecindad de la Muela del Diablo, el valle de las Ánimas o la Cumbre. No imaginaba hacer mío el tango Illimani o ir a los clásicos entre The Strongest y Bolívar. Saben, soy devoto de San José, pero disfruto siempre su rivalidad.
Cuando llegué a La Paz, encontré una ciudad con sus florcitas, lindas cholitas... ¡Gracias!
*Rubén Atahuichi es periodista
















































































